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Antonio Maestre, periodista: “En mi pandilla éramos como una escuadrilla de camisas negras”

En su nuevo ensayo, ‘Me crie como un fascista’ (Seix Barral), explora cómo la socialización de los jóvenes varones en las pandillas facilita su radicalización en la ultraderecha

El periodista Antonio Maestre retratado el 25 de marzo de 2026 en el café Barbieri de Lavapiés (Madrid).INMA FLORES

Antonio Maestre (Getafe, Madrid, 46 años), periodista y tertuliano, quería escribir sobre cómo los jóvenes varones se radicalizan en la extrema derecha a través de emociones como el miedo, el odio, la incertidumbre, en contraste con las habituales explicaciones centradas en la dificultad material. Y resulta que el propio autor estaba pasando por un difícil proceso emocional: “Me había roto”, cuenta.

Su continua exposición pública había recibido como respuesta una presión, tanto en redes sociales como en la calle (con alguna agresión fascista), que no pudo soportar. “Yo pensaba que podía con todo. Era lo que le decía a mi familia... Pero no podía”. Llegó la depresión, que contrarrestó con terapia, antidepresivos, ansiolíticos y crossfit. Perdió 18 kilos. Su nuevo ensayo no es un testimonio personal, pero parte de ahí para tratar de entender un proceso colectivo. Se publica este miércoles y se titula Me crie como un fascista (Seix Barral).

Pregunta. ¿Se crio usted como un fascista?

Respuesta. Sí. En mi pandilla éramos como una escuadrilla de camisas negras. Nos relacionábamos a través de la humillación, el abuso sobre el que se mostraba débil, la violencia por la violencia. Pero una violencia muy violenta: un amigo disparó a otro en el pie con una escopeta de perdigones.

P. ¿Qué genera eso?

R. Esas dinámicas de socialización masculina generan un aprendizaje patriarcal. Y creo que eso explica los procesos de radicalización política. Si no te rebelas ante esa educación es fácil arraigarte a los discursos de extrema derecha. Por eso crece entre los chavales: les dicen que su manera de comportarse es la correcta.

P. ¿Se sale?

R. Sí, pero es un proceso doloroso que implica desaprender lo que hemos aprendido para la supervivencia. Cito a la escritora Rosario Villajos cuando dice que los hombres nos desarrollamos molestando. Y es que es tal cual: o eres el sometido, el que sostiene las dinámicas de estatus dentro del grupo, o bien eres uno de los que practican la humillación. O de los que se quedan en segundo plano para no ser víctima de ella.

P. Siempre intentamos buscar la justificación a por qué los chavales se hacen fachas. La falta de futuro, de referentes, la economía, etc.

R. Yo creo que no hay que ser condescendiente: algunos eligen la opción más fácil para conservar sus privilegios. Y tienen alternativa. Basta con activar la empatía. Es una decisión que toma cada uno. Se dice que la situación económica es mala, pero peor era antes si eras de clase trabajadora. Siempre ha habido problema de la vivienda. Yo no me pude ir de casa hasta los 35 años. ¡35 años! Así que la economía no basta para explicar el fenómeno.

P. Pero entonces, ¿por qué antes no había tanto fascismo juvenil?

R. Por la coyuntura sociopolítica. Sí había partidos neonazis que se nutrían de jóvenes de clase trabajadora (aunque luego mandara un burguesito de Derecho). Pero no había un discurso hegemónico, como ahora, capaz de prender en todos los estratos. Y no había redes sociales. Pero decir que es un fenómeno natural, o que es culpa de la izquierda, es funcional el discurso de la extrema derecha.

P. ¿Usted cómo se politizó?

R. Mi caso fue muy, muy tardío. Ni siquiera en la universidad, que iba a cosas del Sindicato de Estudiantes y me parecían muy politizadas, hablando de comunismo, de superestructura... No sabía de qué estaban hablado. Fue después, un proceso muy lento, de lectura y de querer entender las cosas que me habían pasado y cómo se relacionaban con el hecho de ser de clase trabajadora. Había una razón política detrás.

P. Rosalía dice que no se considera “moralmente perfecta” para formar parte de ningún -ismo. Hay miedo a ser de izquierda, o feminista, por tener que pasar un examen.

R. Hay comportamientos en la izquierda que son funcionales al discurso reaccionario. Por ejemplo, machacar al que diverge de la posición que supuestamente hay que tener. La izquierda ha cometido un error gravísimo que es buscar la pureza y, sobre todo, humillar. Buscar la destrucción personal de aquel que a veces no dice las cosas como quieres que las diga. Eso ha generado un pánico moral a la hora de expresarse.

P. ¿Los hombres deben acercarse al feminismo?

R. En el libro hablo de cómo los hombres generamos el machismo, pero también de cómo el machismo destruye a los hombres: la educación patriarcal nos impide expresar las emociones, pedir ayuda, incrementa las tasas de suicidio… Y hablo de cómo el feminismo te ayuda a liberarte. Aunque a veces, por ser hombres, se rechaza a los chavales que se acercan, se les expulsa del debate... creo que eso choca con lo que se intenta transmitir.

P. Usted estaba atenazado por lo patriarcal…

R. Yo estaba educado para no pedir ayuda. Y hasta que no me rompí mentalmente no comprendí que tenía que hacerlo.

P. ¿Cómo se rompió?

R. Durante mucho tiempo, por mi trabajo, he sido objeto de ataques de todo tipo. A veces me dolía más, a veces menos, pero pensaba que era capaz de sobrellevarlo. Incluso llevaba con orgullo eso de “da igual lo que hagas, que no me vas a hacer daño”. Pero me iba mellando. Pero llegó el momento en que, tras un ataque coordinado en redes, muy personal, ya no pude llevarlo. No entendía tanta saña.

P. ¿Qué sentía?

R. Un dolor que no podía sobrellevar. Tenía miedo a salir a la calle, sufría agorafobia en lugares muy concurridos, tenía miedo a que empezaran a acosarme. Con la psicóloga empecé a hablar por primera vez en mi vida.

P. Usted arrebató el micrófono al agitador ultra Vito Quiles y lo lanzó al infinito.

R. Fue por aquella época. En aquel momento pensaba que estaba haciendo lo correcto. Tuve respuestas negativas, pero también positivas. De pronto, aquello parecía lo mejor que había hecho en mi vida. Luego me di cuenta de que hice mal. Me salió aquel aprendizaje de barrio: si vienes a molestarme, voy a reaccionar. Estaba validando un comportamiento agresivo, violento, ese rol patriarcal del que estaba huyendo.

P. La bronca política en redes sociales muchas veces no tiene nada que ver con la política.

R. La discusión política en redes es más parecida a la crónica rosa que a la política real. No hay nada político ahí. Yo ahora comparto mis cosas, pero no miro los comentarios, no lo retroalimento. Es una manera de cuidarme.

P. He entrevistado a varios tertulianos: a ninguno le gustan las tertulias.

R. Hay de todo: he participado en tertulias tremendamente tóxicas, ahora participo en tertulias que respetan las posiciones. Pero las tertulias, por su formato, permiten adentrarse poco en el debate público.

P. Usted es un tertuliano de largo recorrido, una presencia familiar.

R. Llevo 12 años en ello. Lo que he aprendido no es tanto lo que hay que decir, sino lo que no hay que decir. Hay charcos en los que no te puedes meter, no porque nadie te censure, sino porque en el tiempo disponible no vas a poder explicarlos. Así puedes intentar decir algo, quedarte colgado, y que eso te lamine para siempre.

P. ¿Qué pasa con la izquierda hoy?

R. Creo que está sometida a unas dinámicas tóxicas de relaciones entre los líderes. Aunque sepamos que la ley electoral castiga la fragmentación, al final no van juntos porque se odian. Eso lo explica todo y es que no va a salir nada bueno, incluso aunque se unan. Es, también, algo emocional.

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