Adiós a los pescados voladores de Lavapiés: cierra la mítica pescadería de la calle Esgrima
Fernando, su propietario, se jubila tras 52 años y su familia venderá el edificio en cuyo bajo se instaló el negocio antes de la Guerra Civil


Más de medio siglo tocando a diario el frío con las manos hacen que se quede a vivir dentro de ellas. Fernando Alonso (64 años, Molinaferrera, León), muestra las suyas con un orgullo del que se le escapa una sonrisa a medio camino entre la timidez y la picardía. “Cuando dejas de trabajar se bajan un poquito, se quedan un poco más ligerillas, pero tampoco te creas que mucho…”, explica en un descanso de su jornada.
-Quién va ahora, rápidamente. ¿Nadie?- preguntan desde el mostrador
-Seis sardinas y un gallo- contesta una señora.
Son las 12 de la mañana de un sábado de enero y la pescadería de la calle Esgrima está llena de clientes. A este mismo local llegó Fernando hace 52 años, cuando tenía 11. “Mis padres se vinieron un año antes y yo me quedé en el pueblo con mis abuelos. Íbamos al colegio y, cuando salíamos, a cuidar el ganado. Teníamos un burro y una vaca. Pero como me portaba regular me mandaron a Madrid. Recuerdo que bajaba a la calle y me volvía loco. No conocía a nadie ni nada. Tanta gente… ¡en el pueblo no había nadie! Yo me preguntaba: y esta gente, ¿cuándo trabaja?”.




“Un tío abuelo mío que estaba de empleado aquí ya antes de la Guerra Civil compró el negocio. Luego vino mi hermano y estuvo trabajando con él, y cuando se jubiló llegó mi padre, que fue aprendiendo poco a poco el oficio. Yo trabajaba por las mañanas y por las tardes iba a estudiar al colegio Santillana. Al principio echaba una mano, llevaba pedidos, limpiaba cosas… y luego ya me quedé”. La familia de Fernando se enmarca en la tradición de los arrieros maragatos, que durante siglos transportaron alimentos desde Galicia hasta Madrid y que, con la llegada del ferrocarril y la desaparición de su modo de vida, comenzaron a establecerse con pescaderías en la capital. En la década de los 70 aún se mantenía el acuerdo de que los chicos jóvenes venían a Madrid a trabajar en las pescaderías pero pasaban los meses de junio, julio y agosto ayudando en la casa familiar del pueblo.
-¿Queda rodaballo?-
-¡Síii!-
-Dame uno gordo-
-¿Qué lo quieres, para rebozar o para la plancha?

El hermano de Fernando se fue a la mili y, al volver, se instaló por su cuenta. Fernando se quedó al frente del negocio junto a su padre. “Fuimos cogiendo chicos y hoy somos doce empleados”, explica. En este más de medio siglo, los apenas veinte metros cuadrados recogidos entre paredes de granito gris y rojo en los que atienden al público se convirtieron en un espectáculo para los sentidos. Cinco personas responden a los dos turnos que se forman. Lo hacen desde un mostrador en forma de L desde el que dominan los pescados semienterrados en hielo. Del techo cuelgan cuatro balanzas y tres mangueras extensibles. También las bolsas y los papeles que envuelven el pescado. Frente al mostrador principal, está el de marisco. En medio, la clientela. Hay momentos en los que las conversaciones se cruzan y los pescados vuelan por los aires de un puesto a otro.
-¡Dame dos lubinas de 8,99, grandes!- gritan desde un lado
Y las lubinas grandes de 8,99, envueltas en papel gris, vuelan en esa dirección.
- ¡El tíquet del dos. Con tarjeta. Para Soli. Que me tiene contento… ¡Te voy a empezar a llamar Soledad- le dicen a una clienta.
-¿Tenemos dos sepias pequeñas?-
-Sí-
-Dámelas-
Y las sepias vuelan para allá.
-Estoy flipando- dice un señor mientras observa cómo Fernando prepara un gallo y hace pausas para lanzar otros pescados a sus compañeros.
Para que todo este espectáculo tenga lugar, hace falta una rutina diaria que comienza muy pronto. Fernando se despierta cada día a las 2:45 de la mañana. Se come un bollo mientras baja las escaleras. Sube a su furgoneta y conduce desde su casa, en Baztán, hasta Mercamadrid. Llega y visita sus puestos habituales. Va comprando y deja las adquisiciones en cuatro puntos. A las cinco de la mañana toma café con un primo suyo que también es pescadero. Comentan cómo les ha ido el mercado. Recoge las compras. Después lo encinta y lo carga todo en la furgoneta con la ayuda de un toro. Al principio bajaba con su hermano. Ahora lo hace solo. “Para comprar, te guías por el ojo. Vas aprendiendo. Algunas veces, cuando me quedé solo, me tocó hasta llorar, porque me equivocaba o me engañaban. Lloraba de rabia”, rememora. “Y soy muy de costumbres, si un día empiezo por un puesto diferente, me desubico”.

Llega a la calle Esgrima, coloca el pescado. Desayuna un café y una porra. Trabaja hasta las 15:30. Hace un alto para comer el menú del día en un restaurante del barrio. A las 16:30 está colocando de nuevo el pescado. A lo largo del día, se fuma cinco puritos. Llega a su casa a las once. “Ceno un poquito, me lavo y a dormir. Lo de madrugar y dormir poco nunca me importó”, dice con sorna.
-¿Cuánto queda de bacalao?-, pregunta un cliente
-¡Bacalao quedan dos lomitos! Bueno, dos lomos y medio. Le digo lo que pesa. 1,7.
-Venga-, se anima el cliente.
-¡No quedan lomos de bacalao!-, grita el pescadero.
Porque otro de los talentos de la gente que trabaja en la pescadería de la calle Esgrima es su capacidad para vender el producto. “Vas aprendiendo con el tiempo. Viene un chavalito joven y sabes que comprará poco. Una ama de casa comprará más. Les aconsejas, les dices cómo pueden prepararlo. Pero cada vez se compra más al día y creo que cada vez se valora menos el pescado, que a la gente joven le gusta menos…” dice Fernando.
Su puesto siempre ha estado junto a la única ventana del local. Allí, con sus dos cuchillos, sus tijeras y su escamador, coloca al alcance de la mano los pescados que más se venden -merluza, salmón, gallo o lubina dorada-. Cuando el cliente pide, inicia un movimiento de manos hipnótico. “Hay piezas que te hacen ilusión. Por ejemplo el otro día una señora se llevó un besugo y una pescadilla que ya les había echado yo el ojo y le recomendé que se las llevará porque le iban a salir muy bien”, dice.
Después de medio siglo en el puesto de la ventana, Fernando encara sus últimas semanas en la pescadería. Se jubila el 29 de abril. “Pero la tienda la voy a cerrar antes, seguramente el 31 de marzo. El local y el edificio -de dos plantas- son de la familia, el plan es venderlos”, asegura. Alofer -el nombre de la empresa, que viene de las primera letras de su apellido y su nombre- llegó a tener seis pescaderías en la ciudad -“las hemos ido vendiendo o alquilando, era mucho jaleo”, explica Fernando. Algunos empleados de la de la calle Esgrima-hay una mezcla de españoles, ecuatorianos o marroquíes, algunos con más de 20 años en la pescadería- ya han iniciado las gestiones para buscar un local cercano y establecerse por su cuenta. “La clientela ya la tenemos”, comentan.

Fernando es padre de dos hijos, pero ninguno de ellos quiere seguir con el negocio. “Mi hijo estuvo un tiempo aquí, pero no quiero que lleve la vida que llevo yo. Yo no sé lo que es ir a buscarle al colegio o ir a su graduación. Es que tenía que estar aquí… Quitando una operación que tuve jodida, no sé lo que es faltar un día a mi trabajo. Es sacrificado al máximo. He tenido empleados que han durado horas. Tuve una vez un chico que me decía el padre, cógeme al chico, cógeme al chico… y después de descargar el camión por la mañana preguntó: esto, ¿qué es?, ¿para hoy o para toda la semana? Le dije que para un día. Cuando me di vuelta ya no estaba. Se había ido”, cuenta.
-¡El salmón ha bajado 4 euros el kilo!- anuncia Héctor, pescadero ecuatoriano de 49 años.
-¿Y eso por qué?- pregunta un cliente
-Eso como el Euribor, que sube y baja- dice mientras deja sin cabeza, sin tripa y sin cola 22 sardinas.
-A mí me llaman Rayo Mcqueen- dice cuando termina la operación.
La cola llega ya hasta la calle. En las paredes exteriores se anuncian las ofertas. Hoy, el kilo de salmonete está a 11,99 euros; el de rape, a 19,99.
Momento para preguntarle a Fernando por dos mitos en torno al pescado:
-¿Qué hay del pescado y los lunes?-
- Los lunes son como cualquier día de la semana. Ten en cuenta que el pescado que viene de Europa viene los lunes y los jueves. Un tráiler no se llena todos los días en Inglaterra. Viene dos días a la semana.
-¿Y lo de que el mejor pescado está en Madrid?
-Es que la gente no se lo cree, pero desde aquí se distribuye a las provincias.
-¿Crees que vas a echar de menos la pescadería?
-Al principio sí, pero tengo muchos hobbies. Me encanta el campo, caminar, los animales... Tengo gallinas, cuatro perros y nueve burros. Y si algún día un primo o alguien me pide que vaya a echarle una mano, pues voy y se la echo.
Dice Fernando antes de devolver sus manos al hielo para sacar dos lenguados.
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