Marcos y Manuel se matriculan en el primer instituto público de Aravaca y seis años después se gradúan sin haber podido pisar sus clases
Los estudiantes del IES Ana Frank peregrinan por otros colegios a la espera de que acaben las obras del edificio del suyo. Ahora que está terminado, la Comunidad de Madrid no da fecha de apertura


Marcos Benito y Manuel Gil se graduaron de Bachillerato el verano pasado sin haber pisado nunca su instituto. Nunca caminaron por los pasillos, ni hicieron deporte en el gimnasio, ni se sentaron en el patio a conversar con sus amigos. Sus recuerdos de primero de la ESO a segundo de Bachillerato transcurren entre aulas cedidas en colegios ajenos y compañeros que los miraban como “apestados” por ser de ese instituto fantasma que se llama Ana Frank, el único público del barrio Aravaca, que por ahora solo es un grupo de estudiantes y profesores que peregrinan por edificios prestados a espera de que la Comunidad de Madrid inaugure el suyo propio.
El verano de 2019, tanto Marcos como Manuel quisieron apuntarse como alumnos de este recién creado instituto de un barrio de rentas altas de casi 30.000 habitantes que después de 40 años de quejas vecinales tenían el primero de enseñanza pública. Por aquella fecha, la Comunidad de Madrid puso el nombre y dio personalidad jurídica al nuevo centro, y prometió que en poco tiempo construirían el edificio. Mientras, los primeros 38 alumnos se quedaron dando clases en las aulas del CEIP Rosa Luxemburgo, un colegio de la zona.
Como aquellos dos adolescentes de 12 años ―que hoy ya son jóvenes de 18―, muchos de los matriculados se sentían relativamente cómodos con la propuesta porque ya habían hecho la Primaria en ese colegio público. Tiempo después, debido a los destrozos de la borrasca Filomena en el Rosa Luxemburgo, los alumnos y profesores del Ana Frank se trasladaron al IES Ortega y Gasset, ubicado en Moncloa. Marcos dice que, desde su experiencia, ahí comenzaron “los encontronazos” y la convivencia se fue degradando.
“Cuando bajábamos al patio, si estaban los del Ortega y Gasset, nosotros teníamos que irnos. Si ellos estaban en el aula de música, nosotros no podíamos entrar. Tenían siempre la prioridad”, cuenta Manuel. Candela Dlin, otra de las estudiantes de la primera promoción con la que ha hablado este diario, asegura que eran los “apestados” y que algunos estudiantes les lanzaban papeles a través de las ventanas y les gritaban improperios.
A pesar de todo, en cada curso se apuntaron nuevos estudiantes que hacían crecer el centro bajo las promesas de la Comunidad de Madrid de que al edificio le quedaba poco, pero con la misma frecuencia se iban otros tantos cansados de tener la incertidumbre de que cerraran las aulas por falta de alumnos. “En segundo [de la ESO] nos decían que el instituto estaría para tercero. En tercero, que para cuarto, y yo solo me quedaba porque ahí estaban todos mis amigos”, cuenta Manuel. Cuando la primera promoción llegó a último año de Bachillerato solo quedaban 12 personas, un tercio de las que comenzaron.
Hay que sumarle la distancia y el tiempo que les costaba ir hasta la otra punta del distrito para llegar al Ortega y Gasset, a cinco kilómetros de distancia, aunque ni siquiera ahí pudieron quedarse. Desde hace tres cursos se encuentran en las instalaciones de la Escuela Oficial de Idiomas de Valdezarza, en el distrito Fuencarral-El Pardo, que está el doble de lejos.
La Comunidad de Madrid puso un servicio de autobuses escolares, una “ruta”, para trasladar a los estudiantes desde las diferentes ubicaciones por las que ha pasado el Ana Frank. “Si llegabas cinco minutos tarde al punto de recogida perdías el autobús y tenías que irte una hora en transporte público”, dice Manuel. Esta situación, que iba a ser provisional, se convirtió en lo normal tras los sucesivos retrasos y justificaciones de la Comunidad de Madrid para construir el instituto.
A pesar de los problemas de la convivencia y el transporte, los estudiantes aseguran que siempre se puede sacar algo positivo: en lo académico todo funcionaba bien, sobre todo por tener tan pocos alumnos por clase. Marcos dice que asumió “muy pronto” que lo importante no era el lugar, sino los profesores y la oportunidad de recibir una preparación casi personalizada. Ahora que ya está en la universidad estudiando un grado de Matemáticas e Informática, compara su experiencia con la de entonces: “Tengo 50 compañeros y no conozco a nadie”.
Para Manuel, la experiencia en ese sentido fue “un lujo”, porque era el único alumno en la clase de Biología y Química de segundo de Bachillerato. “Podía hacer todas las preguntas que quisiera al profesor sin que me diera vergüenza. Hay gente que paga por eso”. Dice que, sin dudas, eso fue lo que lo llevó a decidirse por la carrera de Biología.
Sin fecha para la apertura
La oferta de institutos en Aravaca es amplia: hay al menos cinco que imparten tanto Enseñanza Secundaria como Bachillerato. Sin embargo, todos forman parte de la red concertada o privada. Las familias que no tienen la posibilidad de matricular a sus hijos en uno de aquellos, o que prefieren la pública no tienen otras soluciones que apuntarse al Ana Frank o desplazarse hasta Pozuelo de Alarcón.
Sonia Fernández no ha vivido en otro sitio más que en Aravaca y dice que “toda su generación” tuvo que educarse en Pozuelo a partir de la ESO. Con su hijo estuvo a punto de repetir la historia, pero justo cuando empezaba la Primaria arrancó el proyecto del instituto público. “Pensaba que, claro, para la Secundaria iba a estar el edificio nuevo”. Resulta que el hijo de Sonia ya tiene 12 años y, sí, es alumno del IES Ana Frank desde este curso, pero también uno más de los alumnos desplazados en la Comunidad de Madrid por falta de edificio propio.
La Administración regional no ofrece datos específicos de cuántos estudiantes desplazados hay actualmente. Para el inicio del curso 2023-2024, el sindicato Comisiones Obreras calculaba que había al menos 2.000 alumnos de 10 centros diferentes, entre colegios e institutos, en esta situación. Actualmente, según la secretaria de Enseñanza de CC OO, Aida San Millán, además del Ana Frank están el IES Torcuato Fernández Miranda, en Arroyomolinos, y el IES Satafi, de Getafe, que tiene varias aulas desplazadas.
“Nos dijeron el verano pasado que el edificio estaría terminado en septiembre para comenzar el curso. Después nos dijeron que había un retraso, y que hasta las Navidades. Y lo último fue que el 19 de enero”, explica. Pero nadie ha puesto un pie en las nuevas instalaciones. Lo más llamativo para las familias es que del otro lado de la valla de la parcela donde se ha levantado el edificio que acogerá al IES Ana Frank definitivamente se ven las obras aparentemente terminadas, pero las familias siguen sin noticias de cuándo abrirá sus puertas.

Fabiana Aguilar es la presidenta del AMPA del instituto. Su hija mayor fue de aquellas que se apuntó a la primera promoción, pero terminó yéndose a otro sitio a mitad de ciclo, y ahora tiene otra hija que está en Segundo de la ESO con la esperanza de poder quedarse. “Primero hubo problemas con la parcela donde iba a construirse porque era propiedad del ayuntamiento y no de la Comunidad de Madrid. En 2023, la Comunidad licita de nuevo el proyecto y empieza desde cero, que para 2025 ya debía estar terminado”, detalla.
Unas 200 familias se inscribieron para comenzar este curso en el instituto al ver que la obra avanzaba bien. Lo más frustrante para los vecinos es que “aparentemente” el edificio ya está completo, pero hasta el momento solo se está haciendo uso parcial de los gimnasios para las extraescolares mientras los estudiantes siguen en la EOI de Valdezarza, un edificio que, según los padres consultados, “se cae a pedazos”. Saben también, por la directora del centro ―que ha preferido no dar declaraciones, al igual que el resto de profesores―, que la mudanza ya está casi lista.
La Comunidad de Madrid ha confirmado a este diario que “los trabajos en el IES Ana Frank ya están completamente terminados, incluidos elementos como cartelería exterior, mobiliario o laboratorios”. Sin embargo, señala, “tan solo está pendiente de completar el trámite necesario para la puesta en servicio del suministro de energía eléctrica del edificio” y que “se está acelerando al máximo posible con la empresa suministradora, para que los alumnos puedan acudir con normalidad al nuevo instituto”.
Iberdrola, encargada del suministro eléctrico del edificio, asegura a EL PAÍS que no hay “ningún problema con el suministro” y que los trabajos se están desarrollando desde febrero de 2025 según lo previsto.
Las familias consideran que la excusa de la Comunidad de Madrid “no se sostiene”, según se lee en un comunicado que han hecho público para convocar a una manifestación en la tarde de este viernes a las puertas del nuevo edificio. Ya han esperado lo suficiente, aseguran, y la única justificación que le ven a esta demora “son las ganas de degradar la educación pública”, según las palabras de la presidenta del AMPA. “Nos cansamos de que nos digan instituto fantasma. Tenemos una promoción completa graduada y lo que queremos es una fecha ya”.
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