Suma, el club de los latinos privilegiados en Madrid
Esta red privada con más de 7.000 miembros construye sistemas de apoyo para esquivar la burocracia y los abusos y para dejarse conocer

En uno de los grupos de WhatsApp de Suma Comunidad, llamado Colombianos en Madrid, hay 525 miembros. A diario, el chat se llena de mensajes breves y directos: preguntas sobre cómo alquilar un local para montar un negocio, recomendaciones de gestores para declarar impuestos, direcciones donde comprar desayunos colombianos o dudas prácticas sobre cómo empadronarse en la capital. Las consultas se responden casi en tiempo real, y en la última semana han convertido el grupo en una oficina improvisada para muchos de quienes intentan orientarse en la ciudad desde fuera del sistema.
Isabel Ramírez, colombiana de 30 años, llegó a Madrid hace casi dos para trabajar como analista sénior en una multinacional del sector alimentario. Tras una primera etapa de instalación provisional, tuvo que enfrentarse a los trámites habituales de cualquier recién llegado: regularizar su situación, abrir una cuenta bancaria, entender el sistema fiscal y encontrar vivienda a precio más o menos razonable. Llegó al grupo a través de una amiga y empezó a apoyarse en las referencias que circulaban por el chat. “Intentaba no equivocarme con los trámites legales y fiscales y dejar de sentir que lo estaba haciendo todo sola, a base de ensayo y error”, explica. “Sin una red así, todo habría sido más lento, más caro y mucho más solitario”.
Ramírez es una de las más de 7.000 personas que, en los últimos años, han intentado formar parte de Suma, una red privada dirigida a lo que sus creadores definen como “migrantes latinoamericanos cualificados”, es decir, personas recién llegadas de Latinoamérica con un cierto poder adquisitivo y que desarrollan su carrera laboral en profesiones liberales. Que nadie espere, por tanto, algo distinto a analistas financieros, abogados o emprendedores. “No es una ONG ni un servicio público de acogida”, explican desde la plataforma, que funciona más bien, ahondan, como un club de acceso restringido que permite a determinados perfiles con estudios, experiencia profesional y cierta capacidad económica reducir fricciones y esquivar parte de las mayores dificultades del proceso migratorio.
La iniciativa todavía se encuentra en fase de pruebas y en busca de financiación y socios. Por ahora, tratan de levantar lo que en el mundo del emprendimiento se conoce como ronda presemilla, es decir, una apuesta que se produce antes de poner en marcha el producto propiamente dicho. Su objetivo es conseguir unos 400.000 euros iniciales para, detallan, seguir consolidando el producto y el ecosistema de servicios en las principales ciudades donde ya cuentan con una comunidad, es decir, Madrid, Barcelona, Londres, Lisboa, Milán, Roma y Berlín, y escalar el modelo a más ciudades europeas mientras hacen crecer el equipo.

Una vez Suma se ponga a funcionar a pleno rendimiento, el coste de una membresía prémium rondará los 10 euros al mes. A cambio, los suscriptores recibirán ventajas a la hora de contratar los servicios de empresas como Bolt (uno de los principales competidores de Uber y Cabify en cuanto a la contratación de servicios de movilidad), Huspy (empresa inmobiliaria), Fever (empresa de ocio y experiencias), Healthy Poke y Home Burger, entre otras.
En la práctica, Suma actúa ya en realidad como un sistema de atajos para quien puede pagarlo y formar parte de su selecto club. No promete regularizar papeles ni resolver expedientes administrativos, pero filtra información, contactos y servicios ya utilizados por otros miembros. El resultado para muchos de sus usuarios es menos tiempo perdido, menos errores y menor exposición a abusos frecuentes en ámbitos como la vivienda, la extranjería o la fiscalidad. Su base siguen siendo los grupos de WhatsApp, organizados por país y ciudad, donde las recomendaciones circulan desde la experiencia directa.
Esto se añade, por supuesto, a la posibilidad de conocer gente. La idea de los promotores de la plataforma es que con el tiempo abunden los encuentros presenciales y los eventos de pequeño formato orientados sobre todo a eso que ahora recibe el nombre de networking pero que no deja de ser el dejarse conocer por el mundillo, lo de toda la vida. “No están diseñados para cubrir necesidades básicas, sino para acelerar procesos: ampliar contactos, detectar oportunidades laborales o evitar decisiones costosas por desconocimiento”, relatan desde Suma. El uso de la red varía según el momento vital de cada persona, pero hay un patrón que se repite: compartir información para no tener que aprender a base de golpes.
Detrás de la iniciativa está Martín Rodríguez, colombiano de 33 años que llegó a Madrid en septiembre de 2020 para cursar un máster, en plena pandemia. “La ciudad estaba medio abierta y medio cerrada, y yo estaba completamente perdido”, recuerda. La universidad resolvía lo académico, pero no lo cotidiano. Encontrar piso se convirtió en una carrera de obstáculos: contratos difíciles de entender, requisitos imposibles, fianzas elevadas y una sensación constante de estar pagando de más por desconocimiento. Cuando terminó los estudios y decidió quedarse, apareció otro frente: visados, permisos, plazos y una maraña de información poco clara y salpicada de intermediarios poco fiables. “Era muy fácil caer en sobrecostes o directamente en estafas”, resume.
Esa experiencia se repitió durante los dos años siguientes, cuando decidió trabajar como nómada digital y vivió en casi una veintena de países. En cada ciudad se encontraba con los mismos problemas: regularizar la situación, encontrar alojamiento, contratar seguros y entender qué era un precio razonable. “Siempre ibas a ciegas. No sabías si el enlace donde dejabas tu pasaporte era legítimo o si el abogado era bueno o simplemente el primero que había pagado publicidad”, explica. De ese recorrido nació la idea de crear grupos de WhatsApp por ciudad y nacionalidad para compartir contactos ya contrastados. El experimento creció rápido y acabó derivando en Suma.

La comunidad, que empezó siendo mayoritariamente colombiana, se amplió después a venezolanos, mexicanos, peruanos y argentinos en Madrid. Diego Silva llegó a la capital en septiembre de 2023, después de haber vivido más de dos décadas en Ciudad de México. Nacido en Venezuela, aterrizó en España con experiencia profesional y el impulso de empezar una nueva etapa, pero sin una red local que le permitiera moverse con soltura. “Venía con recorrido, pero sin contactos aquí, y eso pesa mucho más de lo que parece”, explica. Como a muchos migrantes, lo que más le costó no fue encontrar trabajo o entender la ciudad, sino construir una red de confianza desde cero: saber a quién llamar, con quién hablar, por dónde empezar. Integrarse no fue solo un reto administrativo, sino también relacional. “Adaptarte a una ciudad nueva es mucho más duro cuando no tienes acceso a personas que ya han recorrido ese camino”, resume. La migración, dice, no se mide solo en papeles, sino en el tiempo que tarda uno en dejar de sentirse ajeno.
A Uriel Morales, mexicano de 35 años y originario de Guadalajara, le ocurrió algo parecido. Lleva casi dos años en Madrid y trabaja en el sector energético. Cuando llegó, ya tenía resuelto lo básico, es decir, vivienda, trabajo, trámites, pero seguía sintiéndose desubicado. “Puedes llevar tiempo aquí y estar medio perdido”, dice. Lo más difícil, de nuevo, no fue instalarse, sino encontrar “a su gente”: personas con referencias comunes, con quienes poder preguntar sin pudor desde una gestoría fiable hasta dónde comer unos buenos tacos. “Madrid está chido, pero si llegas solo, hacer amistades y armar una vida lleva tiempo”, explica. Para ambos, migrar ha sido un proceso largo, lleno de ajustes invisibles, un camino en el que contar con una red no elimina las dificultades, pero sí acorta el trayecto entre llegar y empezar, por fin, a sentirse en casa.
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