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La lucha contra la despoblación en Aragón también se libra en el bar

Una cuarta parte de los municipios aragoneses no tienen bar, un síntoma de declive rural. Inmigrantes de Argentina, Colombia o Cuba llegan a pueblos solitarios atraídos por las ofertas de los alcaldes para abrir locales

Dentro de su ínfima escala demográfica, Almochuel espera un baby boom. Un crecimiento del 100% de su población infantil: de uno a dos niños. La razón será el nacimiento, previsto para final de mes, del segundo hijo de Darío Ferreyra y Florencia Goggiano, una pareja de argentinos que darán un hermano a Amodeo, de 7 años, y un habitante más a este pueblo de 22 almas a una hora de Zaragoza. Este acontecimiento demográfico no cae del cielo. Es fruto de una medida anti-despoblación, pero que no responde a las ideas que suelen acudir a la cabeza al pensar en medidas para frenar el declive demográfico.

¿Qué medida? Abrir un bar.

La idea fue del alcalde, Ángel Gascón, de 74 años, independiente. Con el dinero del IBI de unas placas solares, el Ayuntamiento adecentó como bar con tienda un antiguo corral de ganado e hizo una oferta: la familia que se hiciera cargo tendría vivienda gratis y un puesto de alguacil. Darío y Flor, que vivían en Valencia, lo intentaron y ganaron. Así que pusieron rumbo a Almochuel. La inauguración fue en septiembre. Desde entonces, ahí está la pareja de foráneos, poniendo cafés, cervezas y comidas, despachando en la tienda.

“Es un sitio tranquilo. Y la gente nos trata excelente. El nene es el único del pueblo, sí, pero está con otros niños en el colegio, en un pueblo cercano. Y ahora viene otro en camino”, cuenta con timidez desde la barra Ferreyra, de 36 años. Una y otra vez, se muestra agradecido. Sabe que el bar no daría para vivir a una familia si no fuera por el Ayuntamiento, que cubre el déficit de un negocio inviable sin ayuda.

Pero el alcalde lo hace por la supervivencia de su pueblo. Lo ve como un servicio público. “La gente habla de despoblación sin saber. Esto no es un capricho. La gente tiene que encontrarse”, dice Gascón, sentado a media mañana a una mesa del local, llamado Aguasvivas. Un grupito de parroquianos, la mayoría hombres mayores, bromean con la visita del periodista: que si a ver qué escribes, que si no te irás a meter con el alcalde. Hasta que Miguel Alcaine, de 65 años, minero jubilado, se pone serio y dice para que conste: “Una cosa así te cambia un pueblo, eh”.

Hospitales, colegios, bares

Es casi automático: si se habla de Aragón, se habla de despoblación. Lógico. Más de la mitad de sus 1,36 millones de habitantes viven en Zaragoza. Su densidad de población no llega a los 29 habitantes por kilómetro cuadrado, cuando en toda España supera los 97. De sus 731 municipios, tienen menos de 500 habitantes 543, todo según datos del INE. Otro automatismo: si se habla de despoblación, se habla de déficit de servicios públicos. Suelen citarse transporte, colegios, ambulatorios. Lo básico. Pero hay otro: el déficit de bares. Más inadvertido, también es relevante. Donde falta, no se añora solo una ración, un refresco o un vino. Se añora un centro neurálgico, una plaza de interior. Con bar, es más fácil que quien vive allí salga de casa, que quien reside fuera pero tiene vivienda vaya el fin de semana, que el maestro de la escuela de la zona elija mudarse allí.

Un total 176 pueblos aragoneses, casi la cuarta parte, no tenían bar en 2023, y 355, cerca de la mitad, solo tenían uno, según una estimación de Analistas Financieros Internacionales (AFI) a partir del número autónomos en el sector. En 2022, un estudio de la Asociación de Directoras y Gerentes de Servicios Sociales cifraba en casi 16.000 los aragoneses que vivían en pueblos sin bar. Son números que ilustran escasez de espacios para “sentirse comunidad”, en palabras del escritor Sergio del Molino, de 46 años, que vive en Zaragoza y es autor de La España vacía (Alfaguara, 2022). “El drama de muchos pueblos es que a las cinco, aunque tengan colegio, la comunidad se diluye. El bar es lo único que puede evitarlo. Un bar tiene su esencia, sus historias. A la serie Doctor en Alaska le quitas el bar y no tiene historias que contar”, desarrolla el ensayista, que atribuye a un cierto “puritanismo”, según el cual los bares son espacios “frívolos” que giran en torno al alcohol, el hecho de que este asunto ocupe un lugar marginal en el debate sobre despoblación.

Los puntos de vista próximos a Del Molino abundan entre quienes conocen la letra pequeña de la vida aragonesa. Como Daniel Sorando, profesor de Sociología en la Universidad de Zaragoza, que afirma: “Aunque suene raro, un bar es básico para la lucha del Aragón disperso contra el declive. De forma diferente a los servicios esenciales, forma parte del Estado del bienestar necesario para retener población”. “Los bares no son un lujo, son un lugar para encontrarse, para tomar algo, pero además pueden servir como colmado o dar servicio de paquetería... En muchas ocasiones, se podría decir que son el centro de pueblo, por eso los ayuntamientos pequeños dan todas las facilidades para que alguien los gestione, aunque no siempre es posible”, explica Elena Giral, coordinadora del proyecto Pueblos Vivos.

Espiral de cierres

“Un pueblo que pierde el bar recibe la puntilla”, observa Gustavo García, trabajador social, que investigó el tema para el informe de la Asociación de Directoras y Gerentes, y que sostiene que la supervivencia de los bares es más fácil si adoptan el formato de “multiservicio”, con el que venden productos y prestan servicios que de otro modo los lugareños no tendrían a mano. Según el Gobierno de Aragón, hay 183 bares multiservicio, un tipo de establecimiento para el que existen ayudas de la Administración regional y las diputaciones, además del apoyo que les dan los ayuntamientos. La mayoría, 110, están en Teruel.

Uno de ellos es Multiservicio Vinaceite, en el pueblo del mismo nombre, de 176 habitantes. Además de bar, tiene servicio de biblioteca. Cerca de la hora de almorzar, está ambientado. Ciertamente, tiene más tirón la barra que los libros. Aunque el trabajo se le acumula entre clientes y proveedores, Luis Emilio Tamayo, colombiano de 53 años, que gestiona el bar por 240 euros al mes más IVA tras ganar un concurso municipal, se toma unos minutos. “Abrimos en octubre y la gente está respondiendo, menos mal”, afirma. Junto a él llevan el establecimiento su mujer y su hija, que ha venido para ayudar en el arranque, pero en breve se marchará. Él se queda. “Colombia tira, pero económicamente aquí uno puede ir mejor”, afirma.

Para que el bar funcione, el Ayuntamiento aportará unos 20.000 euros al año, asumiendo gastos de luz, agua y mantenimiento. “Merece la pena. Cerró la panadería y la carpintería, los que llevan el ultramarinos y la carnicería están a punto de jubilarse y no tienen relevo. El tiempo que hemos estado sin bar, un mes y medio, era un pueblo fantasma”, afirma el agricultor Luis Javier Ezquerra, alcalde por el PSOE, de 45 años, que ahora tiene entre ceja y ceja que abra una residencia de mayores. “Nuestro reto es darle vida al pueblo”, apunta. En una mesa próxima, Josefina Montañés, de 75 años, apura un café frente a su amiga María Jesús ignorando el televisor, donde Donald Trump suelta una bravata sobre Groenlandia. “Venimos todas las mañanas. Si no me encuentro con una, me encuentro con otra”, sonríe.

En la pedanía de Valcarca, de unos 150 habitantes, Anileidy Gómez, cubana de 40 años, lleva cinco al frente de bar. Antes trabajaba de cocinera en Binaced, principal núcleo del Ayuntamiento al que pertenece Valcarca, pero cuando se enteró de que había salido a licitación el bar, probó suerte. Desde entonces gestiona el establecimiento, pagando al año 400 euros más IVA y el 50% de la luz. Del otro 50%, el agua y el servicio de basura, entre otros gastos, se hace cargo el erario municipal, explica por teléfono. ¿Salen las cuentas? “A mí, trabajando mucho, mucho, me salen. En invierno es muy tranquilo, pero en verano se anima. Hay faena”, cuenta Gómez, que se gana la vida para ella misma y su hija de 11 años gracias, entre otros platos, al celebrado bocata Valcarkino, que da nombre a un bar que es parada de cazadores.

Los que conocen el mundillo coinciden en que es frecuente que sean extranjeros, sobre todo latinos, los que compiten por estas ofertas. Tiene sentido, reflexiona el escritor Sergio del Molino. “Son trabajos que es raro que coja un español. Se suelen presentar inmigrantes y no es su primera opción. No hay muchos atractivos para ocupar estos bares. Aunque tengas el bar, necesitas unas oportunidades que están en la ciudad”, explica.

Pueblos sin bar

Al preguntar aquí y allá por pueblos sin bar, afloran numerosos nombres. “Hay muchos, por desgracia”, dice una clienta en Vinaceite, que ha oído que en Jatiel (Teruel, 48 habitantes) cerró el suyo en verano. Así es. A diferencia de Almochuel o Vinaceite, Jatiel carece de ese punto de encuentro entre el tintineo de las cucharillas y el ruido de la máquina de café. El Ayuntamiento tiene abierta una licitación para reabrirlo, pero de momento “no lo coge nadie”, cuenta con un cigarro en la mano Juan Manuel Bravo, responsable de seguridad de empresas de la zona, de 62 años, al que azares de la vida han llevado de Sevilla a Jatiel. Bravo admite que esa carencia da un plus de “soledad” al lugar, pero le quita hierro. “Si me apetece tomarme algo fuera me voy a Castelnou. Y si no, me lo tomo en casa”, dice.

Aunque echa de menos su ciudad —en la charla se le escapa un “miarma”, que es raro por estos pagos—, también valora la tranquila belleza de un pueblo enclavado entre melocotoneros y olivos donde se despierta “con el canto de los pájaros”. Al menos hasta que su hijo termine la carrera, Bravo seguirá en Jatiel, trabajando para pagarla. Luego decidirá qué hacer. Mientras tanto, no perdona su regreso a Sevilla cada Semana Santa. Ahí sí encontrará bullicio y bares abiertos.

En Samper del Salz (Zaragoza, 79 habitantes), el bar cerró en marzo. El Ayuntamiento ya sacó su gestión a licitación una vez, pero quedó desierto. Ahora su alcalde, Alberto Gómez (PP), prepara otro intento. Al que se lo quede —detalla por teléfono—, le dará un techo gratis y la gestión del bar de la piscina en verano. “A ver si hay suerte”, desliza. Mucho más tiempo sin bar lleva Paúles de Sarsa, de menos de 20 habitantes, pedanía de Aínsa (Huesca). “Hará diez o doce años” que soltó el bar —bar privado, en este caso— el francés que lo llevaba y no ha habido relevo, cuenta por teléfono Milagros Solanilla, de 47 años, que conduce el camión de la basura en la comarca de Sobrarbe. Por más que haya pueblos a tiro de piedra —como Arcusa, a 5 kilómetros—, carecer de bar es un fastidio, sobre todo en los meses fríos, relata. “En un bar estás en casa de todos sin estar en casa de nadie”, resume, en una frase que podría estamparse como reclamo detrás de cualquier barra, junto al clásico “hoy no se fía, mañana sí”.

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