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El pederasta que se ocultaba tras una batería

Las víctimas de un profesor de música condenado lamentan la inactividad de Mossos y del sistema judicial y sospechan que podrían existir vídeos de los abusos

Un momento del juicio al profesor de batería que abusó de alumnos, en 2023.

Adrià, Isaac, Aniol, Roger, Àlex, Jordi, Pol, Maxym y Andreu son sólo algunas de las víctimas de abusos sexuales de Jordi Brull Bonet, el depredador de menores de Quart. La punta del iceberg. Aprovechó su pasión musical por la batería para idear el sótano de los horrores —un antro en penumbra, sin ventanas, con espejos, un sillón, un sofá, y fotos de alumnos en las paredes—, en el que les daba clase mañanas, tardes y fines de semana. Dijo haber tenido unos 400 alumnos. Ha sido condenado a 26 años y medio de cárcel por abusos durante años a cinco menores —entre 10 y 15 años— y a un adulto. Ha habido más denuncias. La apertura del perfil de Instragram del grupo de víctimas, “Stop Abusos. Bateristas unidos para romper el silencio”, ahora —cas_jordi.brull— , hizo que decenas de hombres de todas las edades escribieran para visibilizar sus abusos. Otros lo hicieron en persona. Calculan unos sesenta casos, pero están convencidos: “El número real llega a tres cifras”.

Jordi Brull (Salt, 1955) estudió música y acompañó a músicos internacionales del jazz en La cova del Drac de Barcelona. Durante 16 años fue batería de la conocida orquesta Janio Martí (1962-2001), que tocaba en fiestas mayores y tuvo a Nina de cantante. Esa relativa fama le abrió las puertas a ser profesor de pequeños de Quart, Girona, Cassà, Vilobí d’Onyar, Sant Julià de Ramis y Figueres, entre otras poblaciones, cuya ilusión era la batería. Lo aprovechó durante décadas, primero en sus casas y luego perfeccionó su sótano. Establecía un fuerte vínculo con ellos. Era amigo, un padre, les daba cariño, regalos, clases gratis, les dejaba beber y fumar, les escuchaba y se confesaba enamorado. Eran su preferido, el mejor alumno y con mejor futuro. Y aunque no querían su contacto, les convenció de que era lo normal. Cada uno se creía solo, el único a quien le pasaba. Normalizaron la táctica del depredador. Ahora, en un durísimo proceso personal, lo aceptan, era un abuso psicológico para llegar al sexual.

El primer año en el que les constan abusos es 1980. La víctima tenía 11 años y Brull, 25. Conocen varios casos por década hasta 2020. En marzo de 2019 la valentía de Adrià (de quien abusó 11 años) e Isaac les llevó a exteriorizar y denunciar lo vivido. Y empezó el triste y lamentable viacrucis que sufrieron, con la inactividad de policía, sistema judicial y fiscalía, que contrasta con su tesón inquebrantable. La jueza de Instrucción 2 de Girona consideró los hechos prescritos para Adrià y los archivó para Isaac. Pero su tesón y el de su abogado, Benet Salellas, hizo que recurrieran y se reabrió el caso. Gracias a ello, otros jóvenes lograron reconocerse como víctimas y sumaron denuncias. La juez intentó solo investigar la primera, lo que restaba fuerza probatoria, pero Salellas recurrió a la Audiencia.

El 14 de febrero de 2023 finalmente llegaba el juicio y con él un punto y aparte para las víctimas. Pero se suspendió por la huelga de los letrados de la Administración de Justicia y Salellas solicitó la prisión provisional para Brull. La Fiscalía, que le pedía 43 años de cárcel por un delito de abuso sexual con acceso carnal, otro de abuso sexual y tres de abuso sexual continuado con acceso carnal, con relación de superioridad, no sólo no la solicitó, sino que se opuso a ella. Notablemente enfadado, el abogado lo criticó: “Nuestra insistencia y esfuerzo para llegar a juicio ha sido monumental; hasta ese momento la Fiscalía no tuvo un papel proactivo”.

La Audiencia condenó a Brull como pederasta de manual que “aprovechó su superioridad, no solo por la desproporcionada diferencia de entre 32 y 47 años más que ellos, sino porque en él depositaron sus esperanzas de futuro”. Siempre negó los abusos, pero al final del juicio, “al ver la carga de prueba”, ensayó una “vía de escape” y confesó parcialmente los hechos, pero “hubo consentimiento”, dijo. Reconoció años de tocamientos y masturbaciones a cuatro de ellos —eliminó las felaciones y penetraciones de las que se le acusaba que habrían supuesto mayor pena— y, casualmente, negó haber hecho nada al único que por ley no podía consentir. Este cambio para el tribunal “confirmó que sí hubo relaciones de índole sexual” y, como las víctimas eran mucho más verosímiles, su “confesión” se consideró un “contraindicio”. Estaba “calculada al milímetro para evitar consecuencias penales de lo reconocido” y para la Sala fue “una casualidad demasiado afortunada”. Vio “falta absoluta de voluntad de reparar el incalculable daño que les causó”. Fue cruel.

Sospechas de vídeos

Recientemente, las víctimas han empezado a sospechar que grabó los abusos. En un encuentro, uno de ellos explicó que Brull le mostraba “imágenes” en una cámara. Era fugaz y no identificó al menor, sí el sofá. Roger recordó haber pensado: “¿Qué debía guardar en la decena de discos duros, grandes, de los antiguos, del sótano?”. Àlex tuvo varias veces la sensación de que le grababa y buscó la cámara, sin éxito. Se plantean tomar medidas y lamentan que la desidia de los Mossos, que no registraron el sótano ni buscaron pruebas de los abusos, haya facilitado al depredador deshacerse de posibles imágenes clave. Para Salellas, “el momento de la denuncia y de las primeras diligencias es muy importante. A veces mossos, Fiscalía y el juzgado no dan importancia a ese primer momento”, critica. Las víctimas mostraron la denuncia a la mujer de Brull. Están convencidas: “Ella lo sabía”. “Al menos dos veces entró y estábamos con los pantalones bajados”, apuntan.

Para Save the children, el abuso sexual infantil es una de las formas más graves de violencia —causa graves daños y traumas—, y de las más ocultas. En un 98% de los casos, el agresor es hombre y en un 80% conocido. En 2023 en España hubo 9.185 denuncias; representan un 15%, la gran mayoría no se llegan a denunciar. Su detección es muy compleja por el silencio que las rodea por las estrategias del agresor en un entorno familiar o cercano, y la indefensión de víctimas de corta edad.

Denunciar pese a la prescripción

Para señalar a los pederastas y acabar con el tabú que, como dice Isaac, “da fuerza a los abusadores”, hacen un llamamiento para que quien haya sufrido a Brull “le denuncie aunque haya prescrito y sepa que no está solo y tendrá apoyo a todos los niveles”. Quieren que salga a la luz el alcance real de vidas arrasadas por el monstruo de las baquetas. La prescripción, en delitos de pederastia, es aliada de depredadores y encubridores. Por sus efectos, las víctimas suelen tardar décadas en procesar, verbalizar y denunciar, es más fácil negar que asumir, afrontarlo y gestionarlo. Una campaña ciudadana ha recogido 566.000 firmas para que no prescriban y el Congreso está debatiendo una proposición de ley. Quince Estados de la UE ya lo han aprobado.

Los padres sienten que “ha sido una agresión de este enfermo a sus familias. Ha provocado mucho dolor y un irreparable sentimiento de impotencia que nos ha hecho sentir responsables de no ser capaces de ver qué pasaba, de no cumplir el deber de protección de nuestros hijos y de no haberles dado en su momento el necesario apoyo para parar los abusos y sanar su estado físico y emocional”.

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