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Subirse a la máquina del tiempo de H. G. Wells y mirar tras la estantería de ‘Interstellar’

Una exposición en Barcelona analiza muy evocadoramente el fenómeno temporal desde la ciencia y la cultura

La máquina del tiempo en la exposición del Centre MartorellPEP HERRERO

“Montado en esta máquina”, dijo el Viajero a través del Tiempo, “me propongo explorar el tiempo”. Y ahí estaba la máquina. Envuelta en una misteriosa penumbra que no era la del laboratorio del protagonista de la inolvidable novela de H. G. Wells (La máquina del tiempo, que dio pie a la película de 1960 El tiempo en sus manos), sino la de la evocadora muestra La invención del tiempo que puede visitarse en el Centro Martorell de Exposiciones (antiguo Museo de Geología), en el parque de la Ciutadella de Barcelona.

Más allá de que está el mundo para reflexionar sobre el tiempo (perdido) y los horarios de los trenes, encontrarte con la mismísima máquina del tiempo un jueves en un museo es una experiencia que te deja boquiabierto. Y además, puedes subirte. Te instalas con temor reverente en el asiento, pones cara de Rod Taylor, y la mano se te escapa a la palanca de control. El corazón se acelera al accionarla. ¿Adónde vamos?, ¿pasado o futuro?, ¿el reinado de los dinosaurios o el final de la Tierra? Estremece pensar en que si como el viajero del tiempo te arrastran la máquina los siniestros Morlocks igual a la vuelta vas a parar al vecino Hivernacle.

Y por si fuera poca la maravilla, un poco más allá de la máquina está otro objeto para introducirte en las grietas del espacio-tiempo: la icónica estantería de libros de la película Interstellar, de Christopher Nolan, detrás de la que se encuentra el teseracto, el hipercubo desde el que el cosmonauta estelar Cooper —perdido en un agujero negro— accede a la habitación de su hija Murph para comunicarle el secreto del universo y los datos cuánticos para salvar a la humanidad. ¿Alguien da más?

Si es un privilegio subirse a la máquina del tiempo y asomarse a la librería cósmica (que diría Sagan) de Intererestellar, no lo es menos el que a una visita al Martorell y la exposición te acompañe el director del Museo de Ciencias Naturales de Barcelona (NAT), del que forma parte el centro de la Ciutadella, Carles Lalueza-Fox. El director es un hombre de ciencias duras (es un prestigioso genetista), lo que va muy bien para que te desmenuce los conceptos más complejos del recorrido, pero a la vez es un gran aficionado a la literatura fantástica, con un insólito -para un genetista, o quizá si bien se piensa no tanto- interés por H. P. Lovecraft. La exposición La invención del tiempo, comisariada por el físico y biólogo Ricard Solé y que incluye un amplio programa de actividades paralelas, tiene como objetivo invitar a repensar el tiempo desde la ciencia, la cultura y la condición humana en la consideración, dice el comisario, de que esa cuarta dimensión es importante para nuestras vidas además de un problema científico de primer orden.

Carles Lalueza-Fox

Al llegar al Martorell, Lalueza ya está esperando con actitud del conejo de Alicia, no vayamos a perder el tiempo, precisamente. Nos adentramos enseguida por una especie de túnel oscuro en el que se despliega un preámbulo de la exposición, que trata de ser a la vez emocional y muy didáctica a la hora de explicar temas complejos como la idea del tiempo como un constructo o conceptos de la física al respecto. Asistimos en el arranque al inicio del universo y del tiempo, el big bang, nada menos. Al salir de la introducción te encuentras cronogramas y objetos que invitan a reflexionar sobre la escala temporal, como un pequeño meteorito, una condrita, anterior a la formación de la Tierra, libros de geología de Lyell, de Darwin sobre la evolución, o fósiles de trilobites. Del techo cuelga como un móvil un árbol genético de la vida: los humanos y los vertebrados todos estamos en un pequeño extremo, en las últimas ramitas. En una vitrina puede verse la mandíbula del famoso mamut de Sarrià, como se conoce al ejemplar hallado en 1922 a trozos (un total del 50 % del esqueleto) en la avenida Pearson de Pedralbes (era sin duda un mamut bienestante) y que Lalueza explica que tiene el propósito de restaurar y reconstruir. “Sería un símbolo de Barcelona tan icónico como Copito de Nieve”, se ilusiona. Bueno, CosmoCaixa ya tiene uno. “Si pero es de Siberia, un lanudo de 40.000 años, y este es de aquí, un Mammuthus meridionalis, de un millón de años, una joya”. El mamut de Pedralbes va a ser, instalado en una gran sala de exposiciones en la planta baja, uno de los atractivos del vecino Castell dels Tres Dragons, otro de los edificios patrimoniales del Museo de Ciencias Naturales en el parque de la Ciutadella y cuyo proyecto de interior, a cargo del estudio JAAS, ha ganado el concurso convocado por el Ayuntamiento.

Soñando en mamuts —¿asistiremos a una guerra de proboscídeos en Barcelona?—, llegamos a una instalación con semillas, Germination point, presentadas como verdaderas “cápsulas del tiempo”. Y llegamos al tiempo de nuestra especie. En la pared, moldes de cráneos de homínidos muestran la evolución humana, mientras una reproducción de la placa de Blanchard, de hace 25.000 años, refiere cómo en el auriñaciense alguien marcó las fases lunares a lo largo de 69 días. Otra referencia a a la percepción del tiempo en la prehistoria es una vitrina en la que se exhibe la manera en que se creaban herramientas de piedra: el proceso evidencia la capacidad de planificación, destaca el director del NAT.

Pasamos a una sección sobre “el tiempo del cerebro”, el tiempo percibido y el cómo y por qué imaginamos, con un apartado dedicado a la pérdida de memoria (en el que ha colaborado la Fundación Pasqual Maragall) con tomografías que muestran el deterioro por Alzheimer. Al perder la memoria, explica la exposición, se pierde la capacidad de imaginar el tiempo. Otro aspecto de la relación de nuestro cerebro con el tiempo es la conciencia de la muerte, lo que lleva en el recorrido a una reflexión sobre el envejecimiento y a presentar vidas cortas como las de las efímeras o casi inmortales como las de determinadas medusas. El esqueleto del popular elefante del zoo barcelonés Avi (en realidad una hembra), muestra un caso intermedio y alude a la proverbial memoria de la especie.

La exposición continúa en la segunda de las salas del Martorell y nos adentramos más profundamente en el tiempo como constructo social y cultural. Se explica muy oportunamente la relación de la medición del tiempo y la estandarización de los horarios con los trenes: a la llegada del ferrocarril en EE UU a finales del XIX había decenas de husos horarios y las compañías ferroviarias los unificaron en cuatro para evitar el caos. El recorrido continúa con la exhibición de relojes (cuya historia se detalla desde las clepsidras de Babilonia hasta el de pared de Vinçon), máquinas de fichar, calendarios, péndulos. Cuesta que no te entre prisa. Se presta atención a las formas de medir la antigüedad de las cosas, Carbono 14, dendrocronología, termoluminiscencia. Nos detenemos ante un mineral radiactivo que ilustra la datación por radioactividad y junto al que un contador Geiger emite un alarmante chasquido continuo. “Está por debajo del nivel de peligro”, tranquiliza Lalueza. Un panel muestra el cometa Halley como regular visitante predecido gracias a la aplicación a la astronomía de las leyes de Newton (volverá en 2061), y una maqueta de la sonda Giotto lanzada a estudiarlo en 1985.

Tras dejar atrás al inquietante diablo de Laplace, nos adentramos en el apartado sobre la relatividad del tiempo (no la de Adif sino la de la Teoría de la Relatividad General de Einstein). Resulta algo intimidatorio ver una pared cubierta de fórmulas. “Cualquier estudiante de primero de Física lo entiende”, trata de animar Lalueza. Las matemáticas, las paradojas y los agujeros negros y de gusano nos conducen hasta la reproducción de la estantería de libros de Interstellar. Es imposible no asomarse a ver qué se cuece detrás de ese puente físico y emocional y si estará por ahí tu hija. Entre los títulos en los anaqueles —hay que imaginar lo que se habrán divertido los organizadores escogiéndolos (en la biblioteca original de la película Nolan colocó los libros que usó para el filme) — figuran Una breve historia del tiempo, de Hawking, Agujeros negros y tiempo curvo, de Kip Thorne, El misterio del mundo cuántico, de Damour y Burniat, o la propia La máquina del tiempo de H. G. Wells. Con un guiño, Lalueza te invita a fijarte en un libro en uno de los estantes, el Necronomicón, una travesura lovecraftiana del director, “pero que no deja de ser una concepción del tiempo diferente”, justifica.

Resulta especialmente emocionante que, según cómo miras a través de la estantería, detrás puedes ver la máquina del tiempo. Corremos hacia allí. Es una réplica extraordinaria de la de la película de George Pal, que materializaba maravillosamente la somera descripción de la novela (armazón metálico, con elementos de marfil, de níquel, de cuarzo y de cristal de roca, y un asiento para el viajero, un panel y una palanca para partir hacia el futuro o el pasado). “Solo hay tres, la original, la que se hizo para un episodio de The Big Bang Theory en la que Leonard la compra por Internet creyendo que es una maqueta y lo que le envían es la máquina a tamaño natural, y esta, que hemos hecho construir a un experto en efectos especiales”. La descripción de Penny en la serie es muy injusta: “Parece algo que conduciría Elton John en los Everglades”. Cabe solo un viajero, así que nos subimos por turnos (está permitido). ¿A dónde iría Lalueza? “Ir adelante provoca miedo a lo desconocido. Probablemente iría hacia atrás, a mi época favorita que es la de la Ilustración, conocer a Voltaire, Diderot Rosseau, vestir aquellas pelucas… ¿Y tú? “A conocer a Cleopatra, a ver un T. Rex y el fin de los dinosaurios, tratando de no pisar nada.

Una somera bibliografía apoya la exhibición de la máquina, que ilustra la información acerca de la posibilidad real de viajar en el tiempo: la novela de Wells, otra vez, 22/11/63, la de Stephen King sobre el viaje en el tiempo para impedir que maten a JFK, El fin de la eternidad, de Asimov… El recorrido, con citas evocadoras de científicos y artistas, prosigue con apartados sobre la teoría del caos, el problema de los tres cuerpos, una vitrina con una cápsula del tiempo de 1975 (un cartel de Tiburón, una casete de Cecilia, “Franco ha muerto” en los titulares del Diario de Barcelona). Al final una cúpula oscura replantea preguntas: ¿Existe el tiempo?, ¿es igual para todos?, ¿será solo una ilusión?, ¿recordar es viajar en el tiempo?, ¿y si hubiera solo presente? “Hemos querido hacer algo diferente”, recapitula Lalueza a la salida; “demostrar que desde un museo de historia natural podemos hacer cosas en las fronteras del conocimiento”.

El director se despide y es la ocasión para regresar, remontando la corriente temporal, hasta la máquina del tiempo, volverse a subir, y partir de nuevo. “Temo no poder transmitir las peculiares sensaciones del viaje a través del tiempo. Son sumamente desagradables… Vi alzarse edificios vagos y bellos, y pasar como sueños…”.

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