La paleontóloga Riley Black muestra en un libro dramático y conmovedor cómo el fin de los dinosaurios fue nuestro principio
La famosa científica, divulgadora y activista transgénero, describe minuciosamente y con hálito literario la caída del asteroide, la extinción de los ‘lagartos terribles’ y el alba de una nueva vida


Los dinosaurios no vieron venir el asteroide que los extinguió. Una de las preguntas que todos nos hacemos, qué hubiéramos visto de estar presentes aquel infausto día del Cretácico final, hace 66 millones de años, cuando impactó contra nuestro planeta el asteroide que acabó con una gran parte de la vida en la Tierra, la contesta con extraordinario realismo y dramatismo la paleontóloga estadounidense transgénero —ella encuentra relevante mencionarlo— Riley Black en su libro Los últimos días de los dinosaurios (Capitán Swing, 2025). Entre lo más sorprendente, que ni nosotros ni un dinosaurio habríamos podido ver el asteroide en el cielo, dada la velocidad a la que llegó. Adiós, pues, a la impactante (y valga la palabra) imagen que ha poblado nuestros sueños y tantas representaciones de aquel momento terrible, la del T. Rex alzando la poderosa cabeza, abriendo las fauces y rugiendo retador hacia el firmamento en el que brilla el ojo de la destrucción del bólido asesino que se abatió sobre el mundo.
No se lo pudo ver acercarse. Fue un instante, un instante terrible. “El asteroide, de más de 11 kilómetros de longitud, se había aproximado al punto de impacto desde el noreste a tal velocidad que los dinosaurios y los demás animales del mundo cretácico —o nosotros de haber estado— no habrían podido ver nada en el cielo antes del choque”, explica a este diario con contagiosa intensidad Riley Black (Salt Lake City, Utah, 42 años), que a su prestigio científico une el haber sido la paleontóloga de cabecera de Jurassic World, y que subraya que los descubrimientos de los últimos años nos permiten tener una imagen muy detallada de lo que ocurrió, reconstruirlo y entenderlo. “Esa terrible estela de luz atravesando el cielo y a la que hemos imaginado con el tiranosaurio y el Triceratops mirándola desde abajo no llegó a formarse, el asteroide iba demasiado deprisa para ser captado por la vista”. Tampoco hay prueba de que el impacto creara una luz cegadora similar a la de las bombas atómicas. Antes de la colisión todo era normal, al momento siguiente, en un tris, “la superficie de la Tierra reventó como un grano de pus”.
La fuerza del impacto, en la península del Yucatán, “fue tan extraordinaria que las cifras que usamos para medirla —liberó la energía de cien teratoneladas de dinamita (un millón de megatones, la bomba de Hiroshima era de 20), cuatrocientos veinte zetajulios— rozan el absurdo”.

El asteroide, que se pulverizó, tenía una historia antes de chocar, y Black la cuenta en su libro. “La roca mortal no surgió de la nada, aunque pudiera parecérselo a un dinosaurio; tenía un pasado de millones de años. El destino de la Tierra se gestó en un espacio lejanísimo, frío, oscuro y muerto”. Era la nube de Oort, “un lugar inhóspito y glacial, hermoso a su manera y también la chatarrería del sistema solar, donde nacen meteoritos, cometas y asteroides”. El pedrusco llevaba un tiempo viajando, se rompió en trozos al pasar por Júpiter y un pedazo enorme escapó al abrazo gravitacional del planeta gigante y salió catapultado como un colosal y ciego disparo hacia el corazón de la Tierra.
La paleontóloga, divulgadora científica y confesa dinomanica interesada en los aspectos culturales de la atracción popular por los dinosaurios, describe la catástrofe en su libro, probablemente el que mejor lo ha hecho nunca, con un realismo estremecedor. Explica cómo “el asteroide agresor” llegó en el peor ángulo posible, uno letal de cuarenta y cinco grados, dice (en otro, más recto, la masa de agua podría haber frenado algo el golpe), y “taladró la corteza de la Tierra, fundiéndola por el calor y la presión del choque cósmico”. Las rocas de la piel de nuestro planeta no solo se fracturaron: unas se atomizaron, otras fueron expulsadas a la atmósfera y otras más se licuaron “como una sangre viscosa”. La formación de un cráter de impacto de más de 160 kilómetros de diámetro, el de Chicxulub, fue solo el inicio de un proceso de devastación que incluyó terremotos, tsunamis e incendios y que Black relata dejándote la boca seca de angustia. Y en el medio de la catástrofe estaban los dinosaurios, las principales víctimas —las más populares— de un suceso que hizo desaparecer a más de la mitad de las especies del planeta

Los dinosaurios no llegaron a tragar saliva, se encontraron de golpe en medio del apocalipsis. No hubo indicios del desastre inminente, a lo Armaggedon o Deep impact. Riley Black, que recalca que los lagartos terribles no tenían por qué haberse extinguido sin el asteroide, centra su descripción en Hell Creek, un paraje de Montana que preserva especialmente bien la memoria del desastre y la salida de la escena evolutiva de los lagartos terribles. Ahí, un viejo Triceratops es testigo de excepción de cómo todo lo que le rodea desaparece, “del pavoroso fin de la era de los dinosaurios”. El entorno arrasado quedará sembrado de cadáveres retorcidos cubiertos de piel agrietada y el Tyrannosaurus rex, el rey tirano, “será derrocado y en su caída le acompañara el resto de las especies de dinosaurios no avianos” (Black recuerda que las aves sobrevivieron). “Por desgracia, nuestros dinosaurios favoritos, con su parafernalia de dientes, pinchos, cuernos y garras, desaparecerán en un parpadeo”. También morirán, en el aire, los pterosaurios, como el gigantesco Quetzalcoatlus —cuyo guano nos hace aspirar Black en un loable exceso de entusiasmo—, y en el mar los plesiosaurios y los mosasaurios, y muchos otros animales como los invertebrados amonites. El asteroide, recuerda, desató una de las cinco grandes extinciones masivas de la historia de nuestro planeta; la diferencia es que esta fue muy rápida, de la noche a la mañana, en “el día más trágico de la historia de la Tierra”.
Los últimos días de los dinosaurios se organiza como una crónica que arranca con el impacto del asteroide y nos lleva en un viaje asombroso a lo largo de los acontecimientos que se produjeron en ese instante terrible y, sucesivamente, la primera hora, el primer día, el primer mes, un año después, cien, mil, cien mil y un millón de años tras el impacto para acabar en la actualidad, cuando la propia Riley Black viaja con su novia Splash a ver las huellas de la catástrofe en el denominado límite K-Pg (Cretácico-Paleógeno) en la torturada geología de Hell Creek.
El planteamiento del libro, alabado por Steve Brusatte y saludado por el popular paleontólogo como un nuevo género, “la narrativa prehistórica de no ficción” que se lee como una novela pero está firmemente anclada en los hechos, es sensacional, dramático y revelador. En cada momento, un animal representativo seleccionado por la autora nos hace de guía temporal. Un joven macho de Edmontosaurus (mal llamado pico de pato) ramonea torturado por los piojos en un día espléndido cuando comienza el fin del mundo, junto al mencionado Triceratops (en realidad un tricorne Torosaurus, otro ceratopsiano contemporáneo). Perciben como una pulsación a los 15 minutos. Una hembra de Ankylosaurus protagoniza a continuación el relato de lo que sucede en Hell Creek la primera hora tras el impacto: el terreno retumba y se mueve, el calor pasa a ser insoportable, la vegetación se enciende, llueven trozos de piedra que la colisión ha enviado a la atmósfera y reingresan. Aterrada, la dinosauria acorazada ve pasar un tiranosaurio ardiendo, sus filamentos velludos en llamas: galopa entre bramidos hacia un infierno de fuego.
Aterrada, la dinosauria acorazada ve pasar un tiranosaurio ardiendo, sus filamentos velludos en llamas"
La investigadora continúa desgranando los espeluznantes fenómenos que se producen. Los animales excavadores se entierran a toda la profundidad que pueden y un pequeño Mesodma hembra, un antiguo mamífero, halla refugio lejos de la superficie donde puede verse (si hubiera alguien para hacerlo) el escudo de un carbonizado Triceratops y otro dinosaurio, con pico y plumas, que parece un gigantesco pollo asado. El cielo está incandescente, el planeta arde.
Sorprendidos en campo abierto sin poder esconderse, la inmensa mayoría de los dinosaurios no avianos, señala Black, perecieron en las horas posteriores al impacto sin importar lo lejos que estuvieran del punto de choque. El primer día del Paleoceno es un funeral. Unos pocos dinosaurios no avianos, algún pequeño maniprraptor aislado, conjetura Black aunque no hay pruebas (ella cree que se encontrarán), logran sobrevivir algo más pero los grandes del estilo del Tyrannosaurus y el Triceratops, se han extinguido para siempre. Y Black apunta con tono elegíaco: “La Tierra nunca había albergado ejemplares semejantes ni lo volvería a hacer”.
Un año después sigue el invierno por impacto. Un cocodrilo prehistórico demuestra cómo sobrevivieron esos animales y también se nos explica como lo lograron las aves —dinosaurios supervivientes, no lo olvidemos—. Pasan los años, los siglos, los milenios, no hay un momento preciso en que la vida haya terminado de recuperarse, pero otros animales como el Econodon, con aspecto de cruce de perro y mapache, han ocupado nichos que dejaron los dinosaurios, y otros nuevos que se han abierto en las nuevas condiciones del planeta. La autora presta atención también, innovadoramente, a qué pasó con las plantas, tema que centra su nuevo libro, When the Earth was green.

En Los últimos días de los dinosaurios, Riley Black, que en 2019 anunció su condición de persona transgénero y comenzó un tratamiento hormonal y una terapia de reemplazamiento, tiene una especial sensibilidad hacia los lagartos terribles. Reconoce una vinculación personal. “Echo de menos a los dinosaurios, fantaseo con ellos, desde pequeña he sentido una conexión”, explica. “Mi amor por los dinosaurios es incondicional, un amigo extinto no puede hacerte daño. Me da pena que hayan desaparecido, aunque perderlos fue paradójicamente nuestra suerte y en realidad seguimos descubriendo nuevas especies fósiles, una cada dos semanas”.
En un grado más intenso y profundo de afinidad, Black relaciona el fin de los dinosaurios con su propio proceso vital. Como una metáfora. Al igual que ellos desaparecieron para abrir la puerta a un mundo nuevo, ella también pasó por una fase en la que desapareció como una identidad para reaparecer, tras su divorcio, como otra, la de mujer transgénero. “No es una coincidencia el que me interese ver el cambio del mundo, de la misma manera que cambió mi cuerpo. Me alude. Un comienzo necesita un final. Mi vida previa acabó reducida a cenizas pero surgió algo nuevo. Fue doloroso, arriesgado y traumático pero la persona que realmente soy y la que intenté ser no podían existir en la misma realidad. Una debía renunciar a la otra”.
Riley Black, cuyo Los últimos días de los dinosaurios tiene unos sorprendentes pasajes dignos de Conudrum, Enigma (Gallonero, 2022), el gran y pionero libro testimonio de Jan Morris, dice que conoce la obra de esta aunque no se encontraron nunca. Morris, a la que le fascinaban los grandes barcos como el malhadado acorazado japonés Yamato, hubiera comprendido muy bien a Black. Riley Black, que ha demostrado que los paleontólogos no tienen por qué parecerse a Indiana Jones, reconoce que lo ha pasado mal en algunos momentos y se ha sentido marginada en un mundo, el de la paleontología, que puede resultar muy anticuado (!), excesivamente masculino y poco comprensivo con las paleontólogas queer y trans. Pero ha luchado y lucha a brazo partido para que se las respete y reconozca. Es autora de artículos en ese sentido como Es tiempo de que la tropa de heroicos paleontólogos macho se extingan (State, 2019) o Voces ‘queer’ en paleontología, aparecido en Nature en 2019.
El libro de Black está lleno de hermosas reflexiones sobre la atracción que nos provocan los dinosaurios (su favorito es el Deinocheirus, un ornitomimosaurio del Cretácico) y cómo el imaginarlos los resucita de alguna manera. La curiosidad es un elemento decisivo en nuestra fascinación, establece (ella no olvida la que le surgió con sus primeros dinosaurios de juguete), así como el que constituyan un poderoso ejemplo de memento mori, un recordatorio de lo que puede aguardarnos como especie. Pero en el fondo, dice con una emoción que provocaría una lágrima en el más conspicuo fan de los tiranosaurios, “a nuestra añoranza de los dinosaurios no le encuentro otra explicación que no sea el amor”.
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