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Recorremos dos líneas de Rodalies: “Cuando vuelven los trenes, tampoco van, siguen los retrasos”

Tras una semana de crisis nunca vista, un trayecto teórico de dos horas de Barcelona a Sant Vicenç, en Tarragona, supera las cinco horas. “Nunca cambia nada” sentencia una pasajera

Rodalies

Lección número uno del día: no preguntar a los usuarios de Rodalies qué tal les va el primer día de relativa normalidad tras una semana de crisis inaudita, la que siguió al accidente mortal de Gelida. No preguntarles porque les va igual de mal que siempre: retrasos y/o aglomeraciones. Y te saltan a la yugular. “¿Qué normalidad?, si la normalidad no existe. Si es que cuando vuelven los trenes, tampoco van, siguen los retrasos”, casi grita Lucía en un vagón de la R2 norte, entrando en Barcelona tras una hora y pico de pie desde Llinars del Vallès (a 38 kilómetros de Barcelona). “Han dicho que ponían la mitad de trenes, como los fines de semana”, aclara Isidre a su lado. El vagón parece una lata de doble ración de sardinas. “Ya no recuerdo cuando iba bien”, resopla Mari Cruz. No puede teletrabajar, es cuidadora de una persona mayor de Castelldefels, y relata que, cualquier día de cualquier semana, puede tardar hasta dos horas desde Badalona. “Nunca cambia nada”, sentencia en tres palabras.

En un recorrido circular desde la estación de Sants hasta Sant Vicenç de Calders (Tarragona, a 68 kilómetros por carretera desde Barcelona), de ida con la R4 (17 paradas por el interior) y de vuelta por la R2 sur (13 paradas por la costa), se constata que no es que lleven razón los usuarios: es que puede ser peor. Y peor es tardar más de cinco horas para un recorrido que ya pintaba complicado (con un trozo en bus a la altura de Gelida), pero que, horario en mano, solo duraba dos horas. Barcelona - Martorell en tren. Martorell - Sant Sadurní en bus. Un segundo e inesperado bus de Sant Sadurní a Vilafranca. Y de ahí a Sant Vicenç en tren. Las cinco horas se dividen en dos tramos en tren de 40 y 35 minutos. Dos recorridos en bus de 35 y 26 minutos. Y tres esperas de 30 minutos, 35 minutos y una hora y cincuenta minutos. 310 minutos en total que dar para sentir el agobio de saltar de aplicación en aplicación ferroviaria y ver como avanza el tiempo, pero no llega el tren. A ratos, parece que estés pasando pantallas de un videojuego.

Un trayecto compartido, en parte, con “una patrulla” —“di que somos una patrulla”, insisten— de dos trabajadores de Renfe que están revisando el estado de la cuestión. De los dos, uno ha viajado expresamente desde Madrid. “Estamos satisfechos de comprobar que no se queda nadie en tierra”, resumen con un optimismo que resulta exótico.

Por el camino, un drama tras otro entre los pasajeros. Paquito, de El Vendrell, limpia cristales de madrugada en Molins de Rei y cubre el trayecto en bici para no llegar tarde: dos horas y media por la N-340, menos mal que es valiente y le gusta pedalear. Alicia tardará dos horas para recorrer una parada, de Vilafranca a Els Monjos, un trayecto que dura cinco minutos. ¿No podría ir andando? “Sí, pero llueve y vengo del fisio, me duele un pie”. Ania, menor de edad, tardará más de dos horas en cubrir el trayecto Vilafranca - Sant Vicenç: “¿Cómo pueden dejar a la gente tirada así?“, se pregunta entre llamada y llamada a sus padres. Jorge, apuradísimo, no para de mandar notas de voz a su jefe y los audios de respuesta son de todo menos tranquilizadores. Las caras de los que se juegan el curro son las que más angustia dan.

Tantas horas dan también para constatar, una vez más, que los currantes salvan muchas situaciones y asumen tareas que rozan el favor personal y que no tendrían por qué hacer. Eva, limpiadora del andén de Martorell. Es bajarse del tren y con la fregona te señala el camino a los buses: “Salen de la estación, suben el puente y arriba tienen los autobuses”. Ya en la parada del bus, Alexandra, informadora, se encarga de dos buses que cubren incidencias de dos líneas distintas. Pero, al faltar uno y ponerse a llover, mete a todos los pasajeros en uno. “Así no os mojáis”, suelta con alegría. O Sonia, en Sant Sadurní, manda a los que preguntan dónde se puede tomar un café a las cavas Freixenet. Y a los pocos minutos se presenta en la cafetería de la bodega gritando: “¡Los que vais a Vilafranca, corred que al final no hay tren! ¡Iréis en bus y sale ya!“.

La paciencia de estos trabajadores es infinita. Hay que tenerla para tener a gente esperando dos horas en Vilafranca, con la megafonía llamando a “no cruzar las vías” cuando no pasan trenes. O ver cómo se remueven los pasajeros cada vez que al otro lado del muro pasa un AVE a Madrid. En casi dos horas, dos Rodalies, tres AVE. Y otra cosa: cansa contar la de pocos bancos o sillas que hay en los andenes de unas estaciones donde las esperas pueden ser tan largas.

Segunda lección del día: los de Barcelona nos pensamos que el drama de Rodalies tiene inicio o final en la ciudad. Y no: hay decenas, centenares, probablemente miles de trayectos de la red que son de una parada, dos, tres... Entre capitales de comarca y los pueblos del entorno para hacer un recado. Para recoger niños del cole que por la mañana van en coche con sus padres. Por estudios, porque no todos los pueblos tienen instituto o grados de formación profesional. Y estos también pringan. De hecho, proporcionalmente al tiempo de trayecto, pringan más.

Ya en Sant Vicenç de Calders, un gran nudo ferroviario, la idea es volver a Barcelona por la R2 sur. Aquí el campeón es Diego. Utiliza las dos líneas a diario: R4 y R2. “Lo mío es de récord”, se ríe. Para ir al instituto viaja de El Vendrell a Sant Vicenç, y de ahí a Sitges. “Otro día a pedir justificante”, recita a las dos de la tarde. De vuelta, la angustia para estudiantes de tarde como Diego es que el retraso de la R2 les impida enlazar con la R4. Entonces toca llamar a alguien para que les recoja en coche. En el tren también viaja Marisa: toma un avión a las 10 de la noche. “Pero estamos como estamos, y toda antelación es poca”, se ríe.

El día comenzaba con una imagen de normalidad que luego no lo fue en la estación de Sants. Entre viajeros corriendo con cara de a-ver-qué-nos-espera; informadores explicando cómo se saca el abono para viajar gratis; y turistas mascullando en inglés “Dios, esto es increíble”, un empleado pasaba el plumero para quitar el polvo de las máquinas expendedoras.

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