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‘CASO KITCHEN’
Opinión

La misión de Bárcenas a otro preso y la grabación secreta a Rajoy

El extesorero del PP acude a a declarar en la causa que investiga una presunto espionaje liderado por el Ministerio del Interior de Mariano Rajoy

El extesorero del PP, Luis Bárcenas, a su llegada a la Audiencia Nacional, este lunes. Alberto Ortega (Europa Press)

Luis Bárcenas está mejor que hace 13 años (y tiene 69). Su físico y su pelo —qué pelo– blanco, engominado, hacia atrás, como Alessandro Lecquio o Mario Conde, muy del madrileño barrio de Salamanca. Un cabello, en fin, que es el reflejo de una época en España, y que apenas ha perdido volumen. Tampoco la época.

Sube las escaleras de la Audiencia Nacional enfundado en un traje gris, camisa blanca, pañuelo a juego, corbata negra y una botella de agua mineral de plástico —a ciertas edades se aconseja siempre por la vejiga, más aún con estos calores veraniegos de abril— y se dirige hacia el baño. Minutos después, vuelve a entrar. A mitad de su declaración se lo ha pedido un par de veces más a la jueza:

—Señoría, ¿unos minutos para ir al baño?

—Uy, fantástico.

—¿Diez minutos?

—Con cinco basta; es por la edad.

—No hace falta que lo explique.

Y da 10 minutos, que nunca se sabe. Los baños de la Audiencia Nacional están impolutos, brillantes, blancos. Bárcenas ha recibido antes el foco de más de 20 cámaras de televisión, preguntas de periodistas, cuchicheos, miradas:

–¡Ahí está Bárcenas!

Antes de entrar a la sala, hasta el exministro del Interior del PP Jorge Fernández Díaz le ha observado sentado en una silla de madera junto a su abogado. Díaz conversaba de la final de la Copa del Rey perdida por el Atlético de Madrid en los penaltis —¿de qué se habla cuando estás investigado en una causa así?, ¿de derrotas?— y ahí que aparece el mismísimo Bárcenas a sus pies, al que mira con el rabillo del ojo. Bárcenas se gira. El exministro del PP agacha la cabeza. Quien sabe si a modo de timidez o más bien de reverencia. Y se marcha, pero no al baño, sino a una sala.

Aquí se juzga un presunto operativo parapolicial ilegal que organizó el ministerio de Díaz para espiar al extesorero del PP. Es decir, que policías nacionales le sustrajeron información personal durante la investigación del caso Gürtel incluso a través del propio chófer de Bárcenas.

Este lunes, el séptimo del juicio, por cierto, solo ha faltado otro investigado, el comisario José Manuel Villarejo. Quizá porque ya se graba con vídeo por defecto, y a la vista de todos. A estos policías e inspectores investigados se les denomina “policía patriótica”. Es decir que, por España, el PP ha llegado a espiar hasta a uno de los suyos.

Bárcenas ha contado que cuando iba a reuniones privadas dejaba sus dos móviles en el coche, con el chófer, pero no en cualquier parte, sino en un sobre. Sí, la relación de Bárcenas con los sobres da para otro juicio. Ya en prisión (preventiva, donde estuvo casi dos años) ha dicho que al principio todo estaba muy bien con los funcionarios, pero que luego —ay, amigo— todo se torció, de golpe: el espionaje ya estaba en marcha.

Que un día le pusieron las esposas “de una forma que no correspondía” cuando tuvo que ser trasladado al hospital por un episodio muy fuerte de alergia. Que otro le hicieron un desnudo integral. Que quisieron ponerle una cámara en la ducha. Que notaba que todo había cambiado, en definitiva. “En fin, insoportable”, ha dicho.

Meses antes, eso sí, Bárcenas se puso en contacto en prisión con un recluso experto en informática. Hay presos que buscan droga entre rejas y luego ya está Bárcenas. “Le hice un encargo”, ha contado. El preso le cobró unos 4.000 o 4.500 euros por la misión. La instrucción del extesorero era bien sencilla: destruir tres grabaciones que estaban en un archivo digital donde –ojo– estaba implicado hasta un presidente del Gobierno. Por la cara del preso al recibir semejante orden no ha sido cuestionado.

En la nube digital había tres grabaciones. Una, donde el propio Bárcenas explicaba cómo funcionaba la contabilidad b del PP. “Extracontable” en el argot del extesorero. Otra, más corta, donde salía Mariano Rajoy en el despacho de Génova y hablaba de la actividad contable del partido y se le entregaba hasta un sobre, que se lo queda y, ya después, destruye un papel. Y una última, en un restaurante de Sevilla y más extensa, con el diputado Javier Arenas, donde el extesorero le explicaba sus cuentas en Suiza (47 millones de euros).

Bárcenas le explicó al preso que para borrar este archivo era necesario un usuario y una contraseña. El fiscal ha insistido mucho en este asunto:

—¿Cómo le da las claves?

—Por escrito.

—¿Cómo iba a cumplir el encargo un preso interno?

—Porque salía de permiso y era el momento en que podía.

—¿Y lo hizo?

—Algo debió de hacer. En la nube, cuando salí, no tenía nada.

Bárcenas no ha vuelto a ver al preso informático, ya que los funcionarios de la cárcel tomaron medidas para que no hablara con él tras realizar la misión. Que no supo dónde narices se iría después. El tribunal —muy hábil, las cosas como son— le ha mostrado entonces una foto del preso en el juicio, a la vista de todos. Bárcenas la ha mirado un segundo. Y se ha acercado de inmediato al micrófono para dar su veredicto:

—Tiene una cara inolvidable.

De las grabaciones, por cierto, nada se sabe.

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