A Abascal le importa el honor, no el alumbrado de las calles
Entregado a la guerra cultural, Vox no acaba de decidir si quiere gobernar o no. Su líder ya lo dejó claro: lo suyo es el honor, no la gestión


¿Quién dijo que en la literatura política no cabe el humor? El libro de conversaciones del fallecido Fernando Sánchez Dragó con Santiago Abascal y con quien este llama su gurú, Kiko Méndez-Monasterio (Santiago Abascal, España Vertebrada, Planeta, 2019), contiene algunos pasajes memorables. Los ditirambos del escritor hacia el líder de Vox se desbocan en símiles heroicos: “¡Pero si tú eres como Viriato, como el Cid, como Guzmán el Bueno…!”; los tres señores prorrumpen en risas y chascarrillos sobre las mujeres mientras la secretaria de Dragó no consigue prender fuego en la chimenea de la casa donde transcurre la charla; Abascal emerge como un dechado de moderación frente a un Dragó que denigra el sufragio universal y la democracia…
El libro recoge también una confesión de Abascal que resulta muy esclarecedora en este momento en que tratamos de averiguar -el PP el primero- si realmente Vox quiere gobernar o no. En un rapto reflexivo, el líder ultra lamenta que la política se haya transformado “en un oficio similar al de un zapatero o un carpintero” y deje de lado “los sentimientos y las convicciones: el honor, el patriotismo y cosas así”. “La política”, concluye Abascal, “no es solo el plan de urbanismo, ni el horario escolar, ni el alumbrado de las calles. Todo eso, a mí, nunca me ha interesado, aunque he sido concejal durante ocho años [en el municipio alavés de Amurrio]. Son debates en los que me da casi igual una cosa que la contraria”.
Eso que Abascal llama sentimientos y convicciones equivale a lo que otros han denominado “guerras culturales”. Un sello de la política de hoy que no distingue bandos ideológicos. En la izquierda vimos a Pablo Iglesias dejar en el Gobierno un legado de magníficos discursos e ignota gestión. Del otro lado del espectro aún disfrutamos de Isabel Díaz Ayuso, en la que no se acaba de adivinar cuál es su dedicación entre demoledora y demoledora diatriba contra el sanchismo abyecto.
De Vox sabemos que está contra la Agenda 2030 y que le gusta promocionar los toros y la caza, derogar las leyes de memoria y quitar las subvenciones a feministas y sindicatos. También que pretende expulsar a los inmigrantes sin papeles, aunque eso no se pueda hacer desde los gobiernos autonómicos y malamente desde el central (Meloni podría ilustrarlos al respecto). Sus ideas sobre los muy relevantes asuntos que sí gestionan las comunidades autónomas (educación, sanidad, servicios sociales…) se pierden en una nebulosa.
Igual que sus postulados económicos. En el pasado se mostraban ultraliberales. Ahora, según los disidentes, la dirección se ha vuelto “obrerista”, a la vez que el líder acude feliz a fotografiarse con Javier Milei, el hombre que ha sentenciado que la justicia social es un robo. Será que, como decía Abascal del urbanismo o del alumbrado, “da casi igual una cosa que la contraria”.
Visto lo visto, el PP cree que la mejor manera de desgastar a Vox consiste en ponerlo a gestionar y dejar que fracase. Lo malo es que ese fracaso se produciría en gobiernos dirigidos por el PP. En un debate de la reciente campaña de Castilla y León, el popular Alfonso Fernández Mañueco acusó a Vox de estar dos años y medio al frente de la Consejería de Agricultura “sin hacer nada”. Lo dijo como si no fuera con él, cuando el jefe de aquel Gobierno y de aquel consejero al parecer tan inútil no era otro que el mismo Mañueco. Así que en esas anda el PP: preguntándose si con Vox o sin Vox tendrán sus males remedio.
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