Abogados entre el juzgado y la tertulia de la tele: “Si no estás, no existes”
Los letrados tienen cada vez más exposición y sus casos se destripan en los programas

Horas después de que el ex director adjunto operativo (DAO) de la Policía Nacional José Ángel González y la inspectora que le ha denunciado por agresión sexual declararan por primera vez ante el juez que investiga el caso, el abogado de ella, Jorge Piedrafita, estaba sentado en un plató de televisión. Rodeado de periodistas, iba contestando a sus preguntas sobre lo ocurrido ese día en los juzgados, incluidos detalles de un audio sobre la presunta violación. No es una escena inusual. Casi cualquier mañana televisiva tiene su dosis de casos judiciales mediáticos con letrados entrando y saliendo de los programas. Los abogados ganan visibilidad, sus casos irrumpen en el debate público, se desmenuzan en las tertulias y sus protagonistas se convierten en personajes de una trama.
No es, ni mucho menos, un fenómeno nuevo. Siempre ha ha habido abogados que han accedido a ponerse delante de una cámara. A eso nos tenían acostumbrados los programas del corazón. Poco a poco se extendió al universo de los sucesos y ahora no hay caso mediático sin su correspondiente abogado. Los críticos sostienen que esta exposición frivoliza las causas y puede dejar en situación de vulnerabilidad a las víctimas. Los defensores, que se trata de algo totalmente legítimo y beneficioso para sus representados. “Hay hechos que son noticiables y los medios de comunicación tienen derecho a conseguir información y el pueblo a recibirla”, defiende Marcos García Montes, veterano penalista con un catálogo de casos que van desde Filesa a la defensa de Daniel Sancho, hijo del actor Rodolfo Sancho, condenado por el asesinato y descuartizamiento de un cirujano colombiano en Tailandia.
Alfredo Arrien, conocido por representar a la actriz Elisa Mouliaá o a Lesly Ochoa ― la becaria de Nacho Cano en el musical Malinche que se arrancó a cantar Lucha de Gigantes tras prestar declaración―, da otra clave. A su juicio, esta escalada en el interés mediático por determinadas causas se debe a que los sucesos y la política, dos contenidos que solían discurrir por caminos distintos, han acabado fusionándose. Los sucesos se han politizado y la política se ha judicializado. Arrien lo ha vivido en primera persona. Por ejemplo, con la causa sobre la presunta agresión sexual a una niña de 14 años en Hortaleza (Madrid) por un falso menor extranjero no acompañado, que “se ha convertido en un ariete de propaganda para Vox”. El abogado cree que, cuando un procedimiento cobra tal entidad, no hay más remedio que irrumpir en el “debate político” para “defender los intereses del cliente”. Piedrafita es de la misma opinión. En su caso, aclara que en la causa contra el exDAO lo hace para que su representada pueda permanecer en “el anonimato”. Habla él para que a ella la dejen tranquila los medios.
Otras voces del mundo jurídico son críticas con el fenómeno. En muchos juzgados de instrucción los describen como mánagers de sí mismos y de sus clientes, operadores jurídicos que se mueven por los mismos intereses que un agente comercial. Por un lado, porque algunos programas pagan por sus intervenciones. Por otro, porque el escaparate mediático es un imán para captar nuevos clientes. Arrien, Piedrafita y García Montes niegan que sea su caso. Los tres reivindican que el trabajo llega a su mesa por su buen desempeño y por el “boca a boca”.

Juan Gonzalo Ospina, que cuenta entre sus clientes a la familia de Edwin Arrieta ―el cirujano asesinado por Daniel Sancho―, reconoce abiertamente que busca publicidad. “Si no estás, no existes”, es su mantra. Este abogado ha ido más allá y no solo apuesta por su presencia mediática sino que explota al máximo las redes sociales. Por eso, algunos compañeros le apodaron “La Folclórica”. Con el tiempo, le acabaron pidiendo consejo. “Me encantaría ser un abogado de imagen intachable y no tener que hacer redes sociales porque los clientes me llegan, pero tengo 40 años”, explica. “Para ganar la carrera a los letrados de renombre hay que darse a conocer”. Él tiene un equipo dedicado exclusivamente a ello. No obstante, subraya que ese gancho de nada sirve si uno no demuestra “que vale”.
“La opinión pública es impredecible”
En el extremo opuesto están abogados como José Aníbal Álvarez, el primer defensor del exministro socialista José Luis Ábalos en el caso Koldo y con una carrera que se remonta a los GAL. “Yo lo que tengo que decir lo digo en una sala de justicia”, zanja. Encarna al abogado tradicional, dedicado a servir discretamente a los intereses de su cliente. Marta Giménez-Cassina, otra abogada de larga trayectoria conocida por representar al extesorero del PP Luis Bárcenas y su mujer, concibe el ejercicio de la profesión de la misma manera. “Yo la única vez que hablé, y porque me lo pidieron [los Bárcenas], fue con la primera sentencia de Gürtel”, recuerda. Estaba en la casa de sus clientes y, frente al portal, “media España”. Pese a su carácter reservado, ambos se muestran conscientes de que tratar con los medios, aunque sea mínimamente, es necesario. Porque los casos mediáticos muchas veces lo son por su naturaleza, al margen de cómo se comporten los abogados. ¿Cómo no atender a quienes llevan horas esperando a las puertas de un juzgado o una cárcel?, plantean. También para explicar, matizar o corregir. Pero hasta ahí. Esa es su filosofía.
Antonio José García Cabrera, otro letrado con solera, se sitúa en un punto intermedio. “El abogado no debe ser el mediático, es el caso el que lo es”, argumenta. “Cada caso tiene su tratamiento”. Es el defensor de José Manuel Villarejo, el comisario jubilado que ya ha recibido dos condenas y cinco absoluciones en Tándem. En esta causa de alto voltaje ―“Aquí el propio CNI dijo: o el Estado acaba con Villarejo o Villarejo acaba con el Estado”, recuerda― había que encarar el juicio mediático, pero lo hizo el propio Villarejo. En cambio, con el exalcalde de Marbella Julián Muñoz, el letrado hizo muchos platós para convencer de que “el corrupto número uno de España”, como le llamaban, debía salir de prisión por razones humanitarias.
Ninguno de estos abogados es ajeno a los riesgos que implica ponerse bajo el foco público. García Cabrera lo describe como “un río de aguas rápidas”. “Puede hacerte llegar más rápido al destino o puede ahogarte”. “Es muy delicado”, comparte Giménez-Cassina. “Por varias razones: porque normalmente en temas de tribunales la responsabilidad es mucha, porque estás hablando de otra persona y porque es un medio que no controlas, aunque creas que sí, y se te va de madre”.
Otro de los peligros es la revictimización. Mouliaá, por ejemplo, fue a pecho descubierto para tratar de ganar en los tribunales y en la arena pública, y eso le ha pasado factura. “La he visto destrozada”, confiesa su abogado. Para él, un caso mediático es como que te echen las cartas del tarot: “Puede ser que la opinión pública se posicione a tu lado o vaya en tu contra”. “Es algo completamente impredecible”.
Pese a que hay que medir cada paso, tanto él como Piedrafita y Ospina consideran que la batalla mediática es ya ineludible. Y mencionan un claro beneficio: Un mayor control de las causas judiciales porque hay más ojos mirando. “Puede que los jueces actúen con mayor delicadeza”, desliza Ospina.
“El circo mediático es una cosa y lo que ocurre dentro de la sala, otra”
En última instancia, abogados de uno y otro lado sostienen que el impacto jurídico del show mediático es casi inexistente. La presión pública es real porque “los jueces no están en una urna de cristal de la que les sacan para el juicio, son seres humanos”, indica Álvarez. “Pero el circo mediático es una cosa y lo que ocurre en las cuatro paredes de la sala, otra”, apostilla Arrien.
Los jueces preguntados por EL PAÍS admiten que la exposición mediática no es agradable porque no pocas veces se les coloca en el ojo del huracán. Y no por motivos jurídicos, sino por agendas políticas. “Pero lo llevamos en el sueldo”, señala un instructor. “Cuando te das cuenta de que hagas lo que hagas te van a venir por un lado o por otro, haces lo que dictan las pruebas. Las presiones se quedan en la puerta del despacho”. Este magistrado asegura que lo mediático que sea el abogado no influye nada. “Como mucho, te puede llegar a enredar una causa”, explica. “Pero, al final, dentro de la sala, lo único que importa es la talla jurídica del letrado”.
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