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Las diputadas de la República “sentaron las bases del país que pudo ser”

El periodista Miguel Ángel Villena publica ‘Republicanas’, la historia de las nueve mujeres que sembraron la igualdad en España desde sus escaños en el Congreso

España ha perdido la memoria, se lamentan muchos: la de un país que dio un impulso de gigante hacia la modernidad con la II República, la de una Guerra Civil inmisericorde y un exilio eterno. Hoy, dicen otros, se da más credibilidad a un bulo en las redes que a 10 años de investigación académica o científica. El periodista e historiador Miguel Ángel Villena (Valencia, 69 años) también comparte esas quejas, pero es de quien les pone remedio. Su libro recién publicado, Republicanas. Revolución, guerra y exilio de nueve diputadas, es un texto imprescindible para su lectura en los institutos si se considera que allí no se están explicando bien unas décadas cruciales para entender este país, o para los universitarios, si es que en las etapas anteriores no dio tiempo a completar el temario. Editado por Tusquets, este ensayo es también, para todos los públicos, el novelón verídico, contrastado y riguroso, de nueve mujeres, las únicas, que fueron diputadas en aquella República, algunos de cuyos nombres están todavía enterrados. Este lunes se presentó en el Congreso de los Diputados, de la mano de la presidenta Francina Armengol y de la escritora Elvira Lindo y de un autor que se emocionó al recordar las vidas anónimas de tantos y sobre todo de tantas que pusieron las bases de la democracia actual y acabaron sus días lejos de la nación a la que amaron y sirvieron.

María Lejárraga, Matilde de la Torre, Julia Álvarez Resano, Veneranda García Manzano y Francisca Bohigas ofrecieron su trabajo y sus discursos en el mismo Congreso que ayer recibía el libro y donde todavía no están sus retratos, en un tiempo tan apasionante como convulso. Junto a ellas, otros nombres más conocidos, como el Dolores Ibárruri (Pasionaria), Margarita Nelken, Victoria Kent y Clara Campoamor conformaron un equipo de solidaridad entre mujeres a pesar de los distintos partidos a los que representaron. Muy reivindicada en estos días por haber levantado a pulso el voto femenino es Campoamor, pero de la pedagoga derechista Bohigas, ¿quién se acuerda? Fue la única que no tuvo que exiliarse y solo una “académica socialista le ha dedicado una biografía”, ha contado Miguel Ángel Villena, quien también preguntó en la Biblioteca Nacional qué había por ahí de la malagueña y abogada Victoria Kent: apenas un folio. Abogadas, periodistas, maestras, escritoras, sus historias trufadas en este libro presentan el friso de una España en la que se alcanzaron, gracias a ellas, derechos como el aborto, el divorcio o la igualdad entre sexos en numerosos ámbitos sociales. Y eso que ya entonces el feminismo tenía sus propios encontronazos.

Francina Armengol ha explicado que ya se ha colgado el toldo de Clara Campoamor en la galería de políticos ilustres del Congreso, pero que el esfuerzo para que se les dé el mismo reconocimiento a las otras ocho ha sido notable, pero ya hay vía libre para ello. “Este libro”, ha dicho, “devuelve al espacio público voces inconfundibles que desempeñaron un papel fundamental en la construcción de España” y ha advertido que “los derechos no se conquistan nunca de forma definitiva”, algo de lo que las mujeres tienen terrible constancia cada día en todo el mundo. El conocimiento de la vida y obra de estas mujeres “contribuye a una historia más justa, más verdadera y más feminista”, ha añadido.

Repleto de anécdotas desconocidas y datos para no olvidar, desfilan por las páginas la misoginia de algunos de los intelectuales más notables de la España del siglo XX, como el sarcasmo machista que dedicaba el mismo Manuel Azaña a alguna de estas diputadas o el disfraz de payaso que se puso el poeta Rafael Alberti para asistir al Ateneo, que por entonces abrió sus puertas a las conferencias de estas mujeres. Alberti pasaba por allí a ver qué hacían en los templos culturales aquellas representantes del “bello sexo” y a provocarlas con su vestimenta como si hubieran visto un ratón. Una de “las maridas”, como las llamaban despectivamente por estar casadas muchas de ellas con hombres ilustres, diputadas o no, era Carmen Baroja, hermana de Pío y en matrimonio con el editor Rafael Caro Raggio. La mujer dejó escrito lo siguiente sobre aquellas charlas que tanto la incentivaban: “Yo tenía la buena costumbre de dejar a mis conferenciantes [masculinos] que fueron pocos gracias a Dios, sentados en un magnífico sillón que teníamos para el caso, detrás de una mesita con un vaso de agua y hasta alguna flor, y marcharme a casa, pues Rafael, si no estaba para la hora de cenar, que solía ser muy temprano, se ponía hecho una furia, así que casi nunca me enteraba de lo que habían dicho [los conferenciantes]”. En fin. No está de más repetir, como lo ha hecho Francina Armengol, este lunes, que hoy, un cuarto de los jóvenes opina que es preferible en determinadas circunstancias un régimen totalitario, y más de la mitad desconocen a Lorca. Si esto pasaba en los tiempos republicanos, no se imaginan lo que vino después.

Elvira Lindo se detuvo en una de las diputadas de biografía más curiosa, la de escritora María Lejárraga, autora de Canción de cuna, y de otros tantos textos para el teatro que firmaba su marido, Gregorio Martínez Sierra, aunque todos sabían o llegaron a saber que la pluma era de ella y solo suya. Fue la autora también de algunos de los más famosos libretos del maestro Falla y todo aquel exitoso trabajo le dio sus buenos beneficios para vivir holgadamente. Pero se arremangó con la política y se fue a Granada a ganarse su escaño, mientras la derecha boicoteaba sus mítines usando la mano armada de la Iglesia, que tañía las campanas de los pueblos hasta hacer los mítines imposibles. Si eso no era suficiente, soltaban burros con sus cargas de leña para interrumpir la campaña política en las plazas de aquellas aldeas. No se arredraba Lejárraga, que retaba con retranca a los hombres a ejercer su autoridad, si es que la tenían, y arrastrar a las mujeres a aquellos mítines. Ellos, picados en su hombría, iban a casa a buscarlas. De ese modo, las arengas de la escritora llegaban exactamente a quien ella quería: las mujeres. “Era una quintacolumnista del feminismo”, la ha descrito Elvira Lindo: “Si con su firma de mujer no llegaba tan lejos, utilizaba la de su marido para colar su mensaje”. La generosidad de aquellas mujeres para desasnar a un pueblo sumido en la miseria no tenía parangón. “Sentaron la base del país que pudo ser”, ha dicho Lindo.

Recordó, por fin, Villena, entre tantas desconocidas, la fama que alcanzaron algunas, como Victoria Kent, la primera directora general de Prisiones, quien imprimió en el sistema carcelario un cariz humanista. “Mi madre y mi abuela eran admiradoras de la malagueña”, quien peleó contra Campoamor el voto femenino, porque, como tantos en aquella época, pensaba que iría en contra de los intereses políticos de las propias mujeres. “En otras muchas facetas”, dijo el autor de Republicanas, “fue mucho más radical que Campoamor, que era más centrista”. También tuvo halagadoras palabras para Matilde de la Torre, a quien situó a la altura de otros periodistas afamados de su época, “como Chaves Nogales, Josep Pla o Julio Camba”. Pero ella ha dormido en el olvido, tanto en su vertiente literaria como política. Acabó sus días, enferma y sin dinero, en el exilio mexicano. “Duele y asombra”, dice Villena, “que aún sean desconocidas por ese gran déficit de memoria democrática. Esa batalla de la reivindicación de tantas sí la perdimos”.

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