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El narco también contamina la costa salvaje andaluza

Las narcolanchas abandonadas y los bidones de gasolina se convierten en un problema “grave” y creciente en los paisajes protegidos de Huelva, Cádiz o Almería

Después de los días de buena mar y cielos despejados, Javier Benavente, presidente del Parque Natural de la Bahía de Cádiz, sabe qué pasará justo después: “Que decenas o cientos de bidones de gasolina aparecen flotando en la playa de la Punta del Boquerón”. Ese arenal salvaje, protegido y de difícil acceso —ubicado en San Fernando— dista mucho de ser una excepción. Desde el Parque Nacional de Doñana, en Huelva, al Parque Natural Cabo de Gata-Níjar, en Almería, los desechos del narco en forma de petacas de combustible o narcolanchas abandonadas se han convertido en un problema “que cada vez va a peor”, como confirma la Consejería de Sostenibilidad y Medioambiente de la Junta de Andalucía.

“Es grave”, reconoce sin rodeos Benavente. El también profesor y decano de la Facultad de Ciencias del Mar de la Universidad de Cádiz asegura que, aunque los primeros bidones de gasolina comenzaron a aparecer en el Parque Natural de la Bahía de Cádiz hace dos años, “ya se ha convertido en un problema recurrente desde hace un año”. Y la gravedad radica en que esas petacas con restos de gasolina o vacías llegan flotando a la deriva a zonas intermareales de marismas o salinas de difícil acceso, donde no existen servicios de recogida de basuras o limpieza de playas. “En un día, pueden llegar centenares de golpe. Eso genera una contaminación progresiva en lugares donde no es viable recogerla por que el parque natural no tiene dinero para ello”, añade Benavente.

El presidente del parque hace ya tiempo que transmitió la situación a la Consejería de Medioambiente andaluza, donde ya estaban al tanto porque no es el único parque natural costero donde está ocurriendo lo mismo, confirman fuentes de la institución a EL PAÍS. El departamento ya tiene contrastado que esos mismos materiales a la deriva también están llegando a puntos sensibles como el Parque Natural almeriense Cabo de Gata y al Parque Nacional de Doñana, entre Cádiz y Huelva. Allí, la Consejería sí tiene una cuadrilla donde no llegan los servicios municipales que “puede recoger a la semana unos 100 bidones. “Cuando terminan el recorrido y vuelven al principio, hay de nuevo residuos”, añaden desde la Junta de Andalucía.

Las zonas de contaminación del narco coinciden especialmente con los puntos calientes del narco del Estrecho y, espacialmente, con sus proveedores logísticos, los petaqueros. “Esta zona de la bahía Cádiz se ha dedicado a la logística del narcotráfico y ha sido de las zonas donde más se ha abusado. Se está dando en todo el litoral andaluz, pero aquí se centralizó bastante, desde hace un par de años, por las facilidades de uso que dan las marismas. Lo mismo ocurre en el Guadalquivir”, resume Agustín Domínguez, guardia civil de la asociación Jucil. El agente señala además otro agente contaminador que llega a estas zonas naturales: las narcolanchas que los traficantes desechan cuando llegan al fin de su vida útil y que, como lleguen a zonas salvajes sin servicios de recogida, sufren el mismo destino de quedarse abandonadas durante meses.

El auge de todos estos desechos devueltos por el mar tiene relación directa con el modus operandi que adoptó el narco del Estrecho a partir de que el Gobierno prohibiese en 2018 el uso privado de las embarcaciones neumáticas y semirrígidas de alta velocidad usadas como narcolanchas. Desde entonces, los capos no se arriesgan a traer sus semirrígidas a tierra para esconderlas, como hacían hasta ese momento. Les es más rentable y seguro dejarlas siempre en el mar, abarloadas unas a las otras en alta mar, esperando el mejor momento para alijar. Y eso tuvo dos consecuencias directas: las embarcaciones duran menos y se abandonan a su suerte cuando se destrozan y surgió un nuevo eslabón en la cadena narco, el petaquero.

Estos suministradores captan a chavales de escasos recursos para llenar bidones de hasta 25 litros en gasolineras en tierra —habitualmente low cost—, luego los embarcan en pequeñas lanchas que aprovechan caños y marismas como las de Sancti Petri (entre Chiclana y San Fernando) o el Guadalquivir (en Sanlúcar) para surtir de gasolina a las potentes narcolanchas, en unos precios que llegan a los 250 euros por bidón. “La embarcación se aproxima a la costa porque las de los petaqueros, al ir tan cargadas, no pueden salir al mar. Allí hacen el transbordo, a veces a 30 metros de la orilla. Y necesitan mucha gasolina porque las narcolanchas suelen llevar cuatro motores de 300 caballos cada uno, eso es un consumo bestial”, resume Domínguez.

El fruto de ese repostaje es el que llega en forma de bidones vacíos o semivacíos a las inmediaciones de esos parajes naturales y apartados donde se producen los transbordos. En el caso del Parque Natural de la Bahía de Cádiz, Benavente suele pedir ayuda a los ayuntamientos cercanos como el de San Fernando para que colaboren en la recogida, en caso de que llegue a playas salvajes, como la punta del Boquerón. El Consistorio isleño asegura que solo en los últimos seis meses ya ha recogido 500 garrafas de combustible de la cercana playa de Camposoto, “pese a no tratarse de una zona habitual de entrada de drogas”.

Ante esa realidad, no son pocos los voluntarios que se están animando a hacer recogidas de bidones, a la par que lo denuncian en redes sociales. Los hermanos Ruiz González, pescadores aficionados en la zona de Vejer, ya avisaron el pasado mes de diciembre que “muchos días son más bidones que peces” lo que capturan. Quique Bolsitas recuperó 210 bidones en las playas de las inmediaciones de Doñana, en Almonte, en un solo día de recogida en la que participaron 16 personas. Y en la última junta rectora del Parque Natural de la Bahía de Cádiz, los salineros que trabajan en la zona ya han transmitido que, cuando recogen las petacas que se encuentran en el recorrido de salinas y marismas, “las cantidades son tan grandes que no tienen dónde tirarlos, necesitan que los ayuntamientos les habiliten puntos para poderlos depositar”, explica Benavente.

En este panorama, el director del Parque Natural de la Bahía de Cádiz reconoce que el problema, en su caso, es difícil de atajar, ya que la zona no cuenta ni con cuadrillas de limpieza, ni presupuesto para ello. La Consejería de Medioambiente aclara que la recogida de residuos en las playas suele ser “cuestión municipal”. Aunque otra cosa es cuando esos plásticos acaban en zonas de difícil acceso, donde los servicios de limpieza no llegan tan fácilmente. Así que aseguran haber hecho peticiones reiteradas al Ministerio del Interior para que “intensifique la vigilancia en estas zonas”. Domínguez, de Jucil, también tiene claro que la única forma de acabar con la contaminación de los bidones es ir a la raíz y acabar con la red de petaqueros con una modificación legislativa que persiga la actividad. “Si no existe el petaqueo, además de menos contaminación, el narcotráfico lo tendría mucho más difícil”, asegura el agente.

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Sobre la firma

Jesús A. Cañas
Es corresponsal de EL PAÍS en Cádiz desde 2016. Antes trabajó para periódicos del grupo Vocento. Se licenció en Periodismo por la Universidad de Sevilla y es Máster de Arquitectura y Patrimonio Histórico por la US y el IAPH. En 2019, recibió el premio Cádiz de Periodismo por uno de sus trabajos sobre el narcotráfico en el Estrecho de Gibraltar.
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