Javier Lambán, una emoción política
El político, ‘rara avis’ en tiempos de política líquida y relatos superficiales, fue un socialista de profundas convicciones, tremendamente culto y apasionado por su tierra


Aquellos que conocieron la figura de Javier Lambán en los últimos años, especialmente a través de las redes sociales, es muy probable que tenga una imagen de él un tanto distorsionada. Javier era un rara avis en nuestro paisanaje político. En tiempos de política líquida y relatos superficiales, Javier, fallecido este viernes a los 67 años, era un socialista de profundas convicciones, tremendamente culto y apasionado por su tierra. Lector voraz, era capaz de exponer de memoria citas de Machado o de Baltasar Gracián. Nunca necesitó un papel para formular sus discursos y en cada uno de ellos hay un profundo legado de pensamiento sobre España, Aragón y el socialismo.
Javier fue un defensor hasta la extenuación de la igualdad. De muy joven se trasladó a estudiar la licenciatura de historia a la Universidad de Barcelona y allí llegó a aprender catalán. Arribó a la ciudad condal con una gran admiración hacia la sociedad catalana y es por ello que, en ocasiones, no entendía por qué el sentimiento no era recíproco. Entre su legado, siempre quedará una apasionada defensa del federalismo como relación de igualdad entre territorios, donde ninguna comunidad autónoma puede ser más privilegiada que las demás.
Le apasionaba la cultura como una forma pedagógica de explicar nuestra historia. En cada una de las instituciones donde desempeñó la política, la cultura siempre fue una de sus prioridades. En una de nuestras últimas conversaciones, seguía hablando con pasión de la exposición Ferdinandus, Rex Hispaniarum que él organizó como presidente de la Diputación Provincial de Zaragoza en 2006 y 2007. Siempre pensó que Fernando II de Aragón, más conocido como Fernando el Católico, había sido uno de los grandes dirigentes de nuestra historia europea. Pero si había alguien por quien sentía admiración cultural era por su amigo Joan Manuel Serrat. Conocía de memoria sus canciones y, siempre que pudo, se escapó a alguno de sus conciertos.
Otra de las pasiones de Javier Lambán era Aragón. Fue conocido por repetir cada vez que podía que Aragón debía tener voz propia. Le apasionaba cada uno de sus pueblos y de su gente, desde el Sobrarbe hasta la serranía de Albarracín. Pero si había uno que le había robado el corazón, era su Ejea natal. Seguía recitando de memoria las palabras de Indalecio Prieto en su mitin de Ejea de los Caballeros en 1936. Y creo que pocas cosas le hacían más feliz que haber sido alcalde de su pueblo. Quizás solo al mismo nivel que algunas de las victorias del Real Madrid, club por el que sentía casi la misma pasión que por Ejea.
Javier ha sido un socialista íntegro, de profundas convicciones de izquierdas y orgulloso de un PSOE que ha escrito las mejores páginas de nuestra historia más reciente. Defendió el legado de la Transición, de la Constitución de 1978 y de la monarquía parlamentaria hasta sus últimas consecuencias. Se sentía heredero del PSOE que creó nuestro estado del bienestar, del Partido Socialista que estableció las pensiones no contributivas o del PSOE que combatió los privilegios de unos pocos creando, por ejemplo, la caja única de la seguridad social. Siempre habló con pasión de la tarea hercúlea de Felipe González y de esa generación de socialistas que modernizaron nuestro país tras los oscuros años de la dictadura. Javier era un socialdemócrata que bebía del pensamiento de Willy Brandt, Olof Palme o Bruno Kreisky. Para él, el socialismo solo podía estar íntimamente vinculado a idea de ciudadanía. Es por ello que Javier Lambán siempre va a formar parte de la memoria de los socialistas de Aragón, porque sus discursos, sus escritos y su tarea de gobierno nos han dejado un legado de pensamiento y reflexión.
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