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Las mujeres, pilar invisible de la Iglesia: “Hay mucha discriminación con nosotras, pero somos el motor. Llegamos donde no llegan los hombres”

Son el 80% de la Iglesia activa, pero han estado marginadas de la formación teológica y la toma de decisiones. El papa Francisco intentó darle la vuelta a esa pirámide con un proceso que comenzó con su acceso a los cargos del Vaticano. Tras su muerte todo está en el aire. Esta es la visión de las católicas desde el Vaticano hasta la Cañada Real

La hermana Silvana Piro, franciscana y 'número dos' de las finanzas del Vaticano.Caterina Barjau

—Las mujeres en la Iglesia jugamos con la jerarquía al escondite inglés.

—¿Me lo explica?

La monja, sin hábito ni toca, doctorada en Teología y en torno a los 50, aclara: “Como en el juego infantil, avanzas despacio, sin hacer ruido, y cuando el obispo se gira, tienes que permanecer inmóvil para que no te vea y te mande al inicio. Esa es nuestra realidad. Durante años hemos ido por lo bajini, colándonos por las rendijas, viviendo en comunidad, avanzando en la fidelidad a Cristo, y esquivando el clericalismo, que representa el poder uniforme, centralista y autoritario de la Iglesia o, lo que es lo mismo, el androcentrismo, el paternalismo, el machismo. Eso no se sostiene, y como en el escondite, cuando te quieras dar cuenta, ya has llegado. Es cuestión de tiempo. A ver quién se cansa antes”, concluye la religiosa.

La siguiente cita es en Zaragoza, con la teóloga Cristina Inogés, la primera española que ha participado con derecho a voto en un sínodo, la asamblea de dos centenares de obispos y un centenar de mujeres y hombres religiosos y laicos desarrollada en Roma por decreto del papa Francisco entre 2021 y 2024, con el objetivo de poner al día el catolicismo y crear un modelo descentralizado de gobierno. Desde esa experiencia, que compartió con 53 mujeres (frente a 300 hombres), esgrime un primer concepto: “Las mujeres no queremos un papel en la Iglesia, porque es como si te lo otorga el productor de la película. Queremos un lugar en igualdad, porque nuestra igualdad viene del bautismo, y como me dijo Francisco, a nadie le bautizan cardenal”.

Inogés, muy cercana al Papa argentino (al que tuteaba y que la animaba, como a otras mujeres, a que enredara en los círculos de poder vaticano), aporta una cifra: “Las mujeres somos más del 80% de la Iglesia activa. Las que catequizan, están a cargo de los colegios, hospitales, parroquias y las misiones. Pero hemos sido excluidas de la formación, la gestión, el liderazgo y la toma de decisiones. La teología y la liturgia se han escrito con ojos de hombre. Francisco no ocultaba que la curia era machista, pretendía avanzar, pero estaba obligado a ir con tiento. Era el último señor feudal, pero quería escuchar antes de tomar una decisión. Prefería una voladura controlada a provocar un cisma, como ha pasado en la Iglesia anglicana con el nombramiento de la primera mujer obispa de Canterbury, Sarah Mullally”. Continúa Inogés: “Francisco dio pasos por las mujeres, puso el tema sobre la mesa, les dio puestos en el Vaticano, nos concedió el voto en el sínodo e inició un proceso de reforma, pero estiró la cuerda hasta donde pudo. Quería abrirnos la puerta al ministerio sacerdotal, pero no pudo: le faltó tiempo y la oposición ultra es fuerte. Hay poderosos cardenales en contra de la apertura, como Burke o Müller”.

Dos príncipes de la Iglesia que siguen teniendo una gran influencia. Se rumorea entre los vaticanistas que un tercio de los cardenales son refractarios a las reformas de Francisco. Las conclusiones del capítulo número 60 del sínodo, que trata de la situación de la mujer en la Iglesia y desprende cierto aroma feminista, estuvo a punto de naufragar en 2024 al recibir cerca de un 30% de votos negativos de los conservadores. Salió adelante por los pelos, por 16 votos: el peor resultado de todos los asuntos votados en la asamblea sinodal. Francisco tomó nota y echó el freno. Murió seis meses más tarde. Y todo quedó congelado.

Ahora le toca el turno a León XIV, que, como ducho canonista y hombre de leyes, tiene que poner en limpio la herencia de Francisco en materia de participación femenina, darle forma jurídica y dejarlo por escrito. Que no haya vuelta atrás. Lo que supondría, según el periodista José Beltrán, que fue cercano al anterior Papa: “Como él decía, basarse en la realidad, provocar la costumbre y, por fin, elaborar la ley. Hacer de la costumbre ley. Porque en la Iglesia conviven dos universos paralelos”. “Y que esas leyes se cumplan”, añade Carmen Peña, laica y brillante catedrática de Derecho Canónico en la Universidad de Comillas, de los jesuitas, que continúa: “Hay mucha resistencia en el clero. El derecho autoriza situaciones en la Iglesia que algunos sacerdotes no admiten, porque no quieren ver a las mujeres en ciertos puestos”. El arzobispo de Madrid, el renovador José Cobo, creado cardenal en tiempo récord por el anterior Papa, vicepresidente de la Conferencia Episcopal y miembro del Dicasterio de los Obispos (la factoría vaticana de monseñores), pone el acento en el cambio de mentalidad: “Francisco tenía claro que no se podía transformar al mismo tiempo la estructura de la Iglesia y el ministerio sacerdotal. Había que cambiar la mentalidad y el sacerdocio podría ser el fin del camino. No es que estemos maquillando el tema de la mujer, es que el asunto no se puede reducir a sacerdocio sí o sacerdocio no, porque tienes la batalla perdida. Por eso, Francisco no quiso entrar en ese dilema. La llave del éxito es un cambio de mentalidad, y es lo que Francisco pretendía. Sabía que no era el momento del sacerdocio de las mujeres, porque quebraba la comunidad. Su yuyu era una ruptura en la Iglesia, pero tenía claro que las mujeres debían tener máximas responsabilidades y autoridad”.

De las que han carecido. Son el pilar invisible del catolicismo, pero los datos de la superioridad numérica de las mujeres dedicadas en cuerpo y alma a la Iglesia son apabullantes, aunque en España no tengan sueldo, al contrario que los sacerdotes, que reciben a través de la asignación tributaria unos 1.200 euros al mes. Ellas, las monjas de vida activa, son maestras, enfermeras, educadoras, periodistas y psicólogas. Viven en más de 2.000 comunidades que se autofinancian. Estudian con ahínco Teología desde hace solo tres décadas en minoría e inferioridad de condiciones con sus compañeros. En algunos seminarios y facultades ya son profesoras de futuros curas, ellas no lo serán. La primera que consiguió acceder a la docencia de la Teología en España, Dolores Aleixandre, de 88 años, teóloga y biblista, lo hizo tan tarde como en 1987, y de carambola: “A mí me contrataron en Comillas porque se mató en accidente el jesuita decano de la Facultad, les pilló de sorpresa, no tenían otro, y yo estaba por allí. No entré por escalafón sino por defunción”.

“Yo no quiero ser la rueda de repuesto de la Iglesia ni ir en el asiento de atrás”, describe la jesuitina Caterina Ciriello, que imparte Teología Espiritual en la Universidad Urbaniana de Roma. Muchas coinciden en que no quieren ser sacerdotes por descarte en una Iglesia que se está quedando sin curas y cuya estructura no aprueban; no quieren caer de nuevo en el clericalismo, donde unos pocos mandan y la mayoría obedece. “Esto no es el juego de las sillas”, describe la teóloga Cecilia Ruiloba, profesora del Seminario de San Dámaso (Madrid) y consagrada del movimiento Regnum Christi. Quieren igualdad y el fin de la discriminación. Un cambio de lenguaje, como defiende la Revuelta de Mujeres en la Iglesia, una plataforma creada en 2020 cuyo objetivo es: “Hasta que la igualdad sea costumbre”. Para Pepa Torres, religiosa, teóloga y educadora, que trabaja por los inmigrantes en el barrio madrileño de Lavapiés: “No nos conformamos con que nos digan que somos iguales en dignidad y nos den un carguito. Queremos una interpretación de la Biblia y la liturgia con perspectiva de género; y una actitud clara contra los abusos y la pobreza, que tienen rostro de mujer. Hace falta desclericalizar y desmasculinizar”.

“¡Ni se me ocurre ser sacerdote tal como está la Iglesia! Por favor, ¡no más clericalismo!”, salta María Luisa Berzosa, jesuitina, teóloga y amiga de Francisco, que la nombró consultora del sínodo entre 2019 y 2024. “Hace ya mucho decidí no enfadarme con los hombres en la Iglesia. Me duele, pero ya no me enfado”, explica con una sonrisa beatífica que camufla a sus 82 años una voluntad de hierro. Durante el sínodo, Francisco la provocaba para que “hiciera lío” en las reuniones con los cardenales. Le obedeció. Los tuteó y saludó con dos besos. Como a iguales. Y debatió con ellos. “En una de esas reuniones estaba a mi lado el cardenal Prevost [hoy León XIV]. Es un hombre de pocas palabras, práctico, un matemático; tomaba notas y las unía con figuras geométricas. Es menos espontáneo que Francisco, pero más preciso”. María José Arana, de 83 años, religiosa y doctora en Teología, toda una vida reivindicando el sacerdocio femenino, afirma que ella sí sigue trabajando por un futuro de mujeres ordenadas. Una vocación que sintió a los 14 años y que no ha logrado cumplir, aunque fue párroca en el valle de Arratia (Bizkaia): “Mientras no haya obispas, la Iglesia no cambiará, porque el control es de los hombres”.

De los 31.500 religiosos (pertenecientes a órdenes y congregaciones) censados en España, 24.000 son mujeres. Un desequilibrio que se repite en el cómputo global, donde se contabilizan 630.000 consagradas frente a menos de 300.000 hombres. En el caso de Cáritas (el proyecto contra la exclusión con más músculo del catolicismo y puesto en la diana por la ultraderecha por su defensa de los inmigrantes), su secretaria general desde 2017 hasta 2025, Natalia Peiró (la primera mujer que ha ocupado ese puesto desde su creación en 1947 y ha manejado un presupuesto anual de 500 millones de euros), resume: “Cáritas cuenta con 72.447 personas voluntarias de las que dos de cada tres son mujeres y la mitad tiene entre 45 y 64 años. Hay un liderazgo femenino en primera línea, estamos sobre el terreno y encabezamos proyectos y comunidades en los márgenes. Y esas mujeres, la mayoría laicas, como yo, van a tener que asumir el mando. Es importante que la Iglesia resulte atractiva para las jóvenes, que tengan referentes femeninos y borremos el androcentrismo. Sin esa nueva generación, esto se acaba”.

Un dato corrobora su afirmación: en 1960 había en España 50.000 religiosas más que hoy. Por su parte, los curas son 15.000 (menos de la mitad que aquel año) y están en edad de jubilación. Y la sangría continúa. Lo analiza Fernando Rivas, sacerdote y profesor de Historia Antigua de la Iglesia en Comillas: “En el siglo XVIII la Iglesia perdió a los intelectuales; en el XIX, a los obreros, y en el XXI se puede quedar sin mujeres. Coincido con la metáfora del escondite inglés: en la Iglesia la realidad va por delante y después se van cambiando las reglas. Las mujeres están en el nacimiento, sostenimiento y crecimiento del cristianismo desde que acompañaban a Cristo, pero nunca se las ha escuchado. Hoy, su presencia en la Iglesia es creciente, y la del varón, menguante. No van a ser obispas de la noche a la mañana, pero van ocupando espacios. Y eso supone un choque de trenes con el patriarcado. Los cambios en la Iglesia se dan con mucho retraso frente a la sociedad. Y hay, además, un crecimiento de los sectores involucionistas (sobre todo entre los curas jóvenes), que no se adaptan a la nueva realidad. La palabra género provoca urticaria en la Iglesia. Es el mismo modelo de incompatibilidad que tiene Vox con el feminismo: los hombres blancos no quieren perder el poder”. Otro elemento de contexto: en las asambleas del Concilio Vaticano II (1962-1965), que intentó poner al día la Iglesia del siguiente siglo, participaron 2.000 obispos, pero solo 23 mujeres, como observadoras sin derecho a voto. Se las mantuvo en un espacio aislado, no podían acceder a las cafeterías de los prelados ni siquiera dirigirse a ellos. La revolución del Concilio se hizo sin las mujeres.

Día 7 de mayo de 2025. Durante 97 minutos no aparece ni una sola mujer en la transmisión del comienzo del cónclave para elegir al sucesor de Francisco, que gobernará sobre 1.400 millones de fieles. Huellan las alfombras del Vaticano, musitan y entonan en latín, dos centenares de hombres maduros, cariacontecidos, ataviados de rojo y tocados con birretes y solideos cardenalicios en dirección a la capilla Sixtina. Los rodean decenas de monseñores y sacerdotes, sacristanes y monaguillos, y les presentan armas los soldados de la Guardia Suiza con casco y alabarda. A lo largo de 97 minutos no se divisa una sola mujer. No las hay en el coro, como chambelanes, acólitas, lectoras ni entre los fotógrafos. Tampoco han podido participar horas antes en las congregaciones generales, las decisivas reuniones de purpurados previas al cónclave en las que se esboza el perfil político del siguiente papa. No presiden el rezo del rosario ante el catafalco del finado al contrario que los cardenales. Son invisibles, lejos del altar y apelotonadas en bancos de gallinero. Ni una sola vez el objetivo se posa en la hermana Simona Brambilla, prefecta del Dicasterio para la Vida Consagrada, ataviada con un sencillo hábito gris, o la hermana Raffaella Petrini, presidenta de la Gobernación del Vaticano, de negro riguroso, ambas nombradas por Francisco. Son dos altos cargos de la curia, con posiciones hasta hace menos de un lustro exclusivas de los cardenales, orilladas por esos monseñores ante el cadáver del Papa que las promovió antes de morir.

La elección de Robert Prevost como nuevo pontífice, que gobernará la Iglesia católica con el nombre de León XIV, es un asunto de hombres, manejado a puerta cerrada por 133 cardenales con derecho a voto. Son la afilada punta de la pirámide de la Iglesia, junto a unos 5.400 obispos (123 en España). El gobierno es suyo. Menos de un 1% de los altos cargos en los dicasterios (ministerios) vaticanos corresponde a mujeres. Ellos son el ejecutivo, legislativo y judicial. En Roma y en cada diócesis y parroquia del mundo.

El proyecto de gobierno de Francisco era dar la vuelta a esa pirámide. “No buscaba una democracia”, afirma el periodista José Beltrán, “pero tampoco mucho menos que una democracia. Quería escuchar a la base”. No todos comparten ese nuevo modelo asambleario. Un arzobispo que solicita anonimato difiere: “No se puede convertir un sínodo de obispos en un Parlamento. Esto es la Iglesia, una institución jerárquica de origen divino y no progresa a golpes de timón; es un buque que tiene una ruta marcada y no puede realizar virajes bruscos. Nuestra medida del tiempo es distinta. En cuanto a la mujer, me parece bien que esté en lo administrativo, pero solo los hombres pueden ser sacerdotes y es voluntad de Dios. Ser sacerdote no es un derecho como reclaman las feministas”.

Jorge Bergoglio tenía un plan bien diseñado cuando llegó a Roma en 2013. En el anterior cónclave, en 2005, había sido el candidato más votado después del ganador, Joseph Ratzinger. Tras esa derrota tuvo ocho años para barruntarlo. Especialmente como encargado de redactar el documento final de la Conferencia del Episcopado Latinoamericano, en 2007, en Aparecida (Brasil), que fue su ensayo general y un gran paso en la reivindicación del feminismo en la Iglesia. “Y lo plasmó en noviembre de 2013 en su exhortación Evangelii gaudium, que era su hoja de ruta”, explica el cardenal Cobo: “Consistía en la reforma de la curia, el protagonismo de los laicos, la actualización de los dicasterios y, sobre todo, en cambiar la mentalidad y la estructura para ser una Iglesia misionera con una curia dedicada a la evangelización, no una estructura empresarial. Y el papa León nos ha dicho a los obispos españoles en Roma (enero de 2026) que va a seguir ese camino. Quiere escuchar para discernir. Yo, como obispo, escucho a las mujeres de Madrid, he creado una mesa consultiva y están en el Consejo del Seminario y en mi Consejo. Y si hay un clamor y me hacen ver las grietas, busco soluciones. Y que las reformas se extiendan a toda la Iglesia, que se filtren a cada parroquia”.

Los hombres han gobernado la Iglesia durante 2.000 años porque pueden ser ordenados a través del único de los sacramentos que en catolicismo solo está a disposición de los varones: el sacerdotal. Les otorga el privilegio de oficiar la eucaristía, convertir el pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Cristo, predicar e impartir la absolución. Es la llamada “potestad de orden” que ha sido la condición estrictamente necesaria durante siglos para ejercer la “potestad de régimen”, es decir, el monopolio del gobierno. Solo los ordenados han decidido y solo los ordenados se han formado en Teología y solo un número escogido de los ordenados elige al Papa. Y las mujeres tienen vetado el acceso a ese orden. Ni tan siquiera las religiosas, a las que el derecho canónico niega cualquier preferencia sobre los laicos en la Iglesia. “Incluso los hombres laicos han estado en los nombramientos por delante de las religiosas”, explica la franciscana Silvana Piro, subsecretaria de la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica. “La Iglesia es una estructura de hombres, pensada por hombres y dirigida por hombres. Y sí, en ocasiones me he podido sentir humillada”.

La prohibición de las mujeres para acceder al orden sacerdotal la dicta con precisión el canon 1024 del Código de Derecho Canónico de 1983: “Solamente el varón bautizado puede ser ordenado válidamente como sacerdote de la Iglesia católica”. Según el Dicasterio para la Doctrina de la Fe, que vela por la integridad de la Iglesia, este mandato no es disciplinario (como el celibato, que se podría suprimir) sino de origen divino. Así lo quiso Cristo, que era hombre y eligió a otros 12 como apóstoles hace 2.000 años. Y se creó una cadena ininterrumpida. En la eucaristía, un hombre representa a un hombre. El sacerdote actúa in persona Christi. “Y en la Iglesia, aún se vive un fisicalismo ingenuo, que hace que no pueda representar a Cristo alguien que no tenga pene”, analiza Carmen Bernabé, doctorada en Teología Bíblica y profesora de la Universidad de Deusto. Por si no fuera suficiente ese cerrojo canónico, Juan Pablo II, cuyo papado de 27 años supuso una contrarreforma frente a la apertura del Concilio, dio otra vuelta de llave al sarcófago del sacerdocio femenino en su carta apostólica Ordinatio sacerdotalis, de mayo de 1994, que concluía: “Declaro que la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia”. El último candado lo cerró su teólogo de cabecera, Joseph Ratzinger, en 1995, con esta sentencia: “Debe considerarse siempre, en todo lugar y por todos como parte del depósito de la fe”.

Algo que pone en duda Pedro Castelao, laico, profesor de Antropología Teológica en Comillas y autor del aún no publicado libro Luz en el armario, contra la misoginia y homofobia en la Iglesia: “En la Iglesia existe la Tradición con mayúscula y las tradiciones con minúscula, que se configuran en momentos históricos y pueden durar siglos, pero no son dogmas. Es el caso de la esclavitud, que fue tolerada por la Iglesia y después se abolió. En torno al estatus de la mujer en la Iglesia, me pregunto: ¿es tradición con mayúscula o minúscula? Y en el caso de que pensáramos modificarlo, ¿supondría solo romper una herencia cultural o traicionar algo deseado por Cristo? Y mi respuesta es que es con minúscula y se puede cambiar”. Por contra, Carmen Fernández de la Cigoña, secretaria general de la Asociación Católica de Propagandistas, una asociación de fieles propietaria de la Universidad CEU, que representa la visión más tradicional de la Iglesia, no comparte ese juicio: “Una mujer no puede tener vocación ni se puede sentir llamada hacia algo que no existe ni existirá”.

Desde la publicación de Ordinatio sacerdotalis es imposible suscitar un debate sobre el sacerdocio femenino en ninguna facultad teológica ni seminario de España, que arrastran una herencia ultraconservadora de tres décadas bajo el mando del cardenal Antonio Rouco Varela, que hoy sigue dividiendo a la Conferencia Episcopal Española en dos facciones parejas de tradicionales y renovadores. Es un territorio minado. “El sacerdocio de la mujer es un tema del que no se habla ni se escribe”, explica la joven doctora en Teología Marta Medina, laica, profesora en Comillas y consultora del Seminario de Madrid: “No es que se esconda, es que no se toca. Y a mí no me convence la afirmación de que tengas que ser un varón para representar a Cristo. ¿Por qué es tan esencial? Incluso la cifra de 12 apóstoles es un número simbólico en las escrituras: las 12 tribus de Judea, los 12 hijos de Jacob. ¿Por qué pesa tanto que hace 2.000 años fueran 12 hombres? Creo que hay que replantearse los fundamentos teológicos, pero son muchos siglos de androcentrismo”.

Nurya Martínez-Gayol, religiosa, doctora en Teología por la Gregoriana de Roma, profesora de Dogmática en Comillas y referente académico de Marta Medina, recalca: “Las mujeres hemos llegado 2.000 años tarde a la teología, nos ha estado vetada. La lectura e interpretación de Dios han sido de los hombres”. La hermana Nurya confiesa haber tenido en algún momento vocación sacerdotal. “Me sentía llamada a evangelizar, me molestaba no poder ser cura, me frustraba, no entendía dónde estaba el problema. No comparto la prohibición y sí, creo que se puede cambiar. Todos los argumentos bíblicos en contra del ministerio de las mujeres se caen por su propio peso”.

Sin embargo, con el canon 1024 como pilar y la carta de Juan Pablo II de contrafuerte, el techo de las mujeres en la Iglesia no es de cristal, es de travertino. Se enfrentan a un muro legal, cultural y dogmático. Incluso para acceder al paso previo al orden sacerdotal, el diaconado (un rol ministerial sin pleno sacerdocio donde el clérigo no consagra ni absuelve), que en España ya desempeñan de forma permanente más de 600 hombres casados. Tras tres asambleas consecutivas en Roma sobre el diaconado femenino, decretadas por Francisco desde 2016 y sin un resultado claro, el papa León hibernó sine die el asunto el pasado mes de diciembre de 2025 para consternación de un amplio sector de las mujeres en la Iglesia.

Pese a ese agravio, la mayoría no está dispuesta a romper la baraja. Silvia Rozas, jesuitina, biblista y secretaria general adjunta de la Conferencia Española de Religiosos, explica: “Las religiosas están en la Iglesia por Cristo, y no por la jerarquía; viven en los márgenes. Pero ya no hay vuelta atrás, las religiosas tenemos que dar un paso al frente y aceptar cualquier responsabilidad que se nos ofrezca. La cuestión no es el hombre, es el clericalismo, ese cura que se convierte en tu tutor y te da su opinión cuando nadie se la ha pedido”. “Vamos a trabajar desde dentro, aunque resulte duro, sin romper con la autoridad, para influir y tirar ese muro”, recalca Carmen Montejo, una médica que trabaja con adultas víctimas de abusos en el seno de la Iglesia, a las que los tribunales eclesiásticos despachan con desdén como “consentidoras”. Es el siguiente arcano del clericalismo por desentrañar.

“No nos vamos a ir”. Lo argumenta Mónica Arca, profesora de Religión y politóloga, que durante más de 20 años fue misionera de las Servidoras del Evangelio y hoy coordina un grupo de lesbianas en la comunidad cristiana LGTB+H Crismhom: “Siempre quise ser sacerdote, incluso pensé en convertirme en protestante para ordenarme. Tengo esa vocación, y sé que Dios no se iba a enfadar. Y no lo hago porque supondría enfrentarme a la excomunión. No me vale la pena dejarles la Iglesia a ellos”. Mónica contraerá matrimonio este verano con Ana. Les une el amor y la fe. “Nos gustaría hacerlo por la Iglesia, pero está prohibido. Queremos al menos que sea en una parroquia y que un sacerdote nos bendiga, aunque no le guste a la jerarquía. Pero sé que Dios está con mi chica y conmigo. Nos ha creado lesbianas, ¿quién soy yo para decirle que lo hizo mal? Una pregunta similar se hace Niurka Gibaja, doctora en Teología por Comillas, que afirma haber sufrido en la Iglesia una cruel doble discriminación por ser mujer y transexual: “¿Estoy en pecado por ser como soy? ¡No! Soy más creyente que nunca y sigo al pie de la cruz. Y he confrontado en asuntos teológicos con sacerdotes mirándolos a los ojos, porque tengo la misma dignidad: soy mujer, bautizada y teóloga”.

En la Cañada Real, en los suburbios de Madrid, el mayor asentamiento irregular de Europa, cuando llega un invierno lluvioso, todo se pone en contra de sus 8.000 habitantes: sus infraviviendas, algunas dedicadas al trapicheo de droga, se anegan y los cráteres de la vereda que conduce al olvidado Sector 6 se convierten en lagunas de agua estancada. Al final de un camino embarrado, bajo una colina de escombros, está la parroquia de Santo Domingo de la Calzada, apenas una nave industrial entre un paisaje desolador. Aquí trabajan desde hace más de una década Isabel Díaz, monja vedruna, de 83 años, y Teresa Pascual, de la Compañía de María, de 87. Acompañan, escuchan, aconsejan y distribuyen ayuda de emergencia. Teresa se funde en un abrazo maternal con una niña de 13 años embarazada. Charlamos en torno a una mesa cuadrada de comedor donde los domingos ofician misa. “No estamos aquí para hacer proselitismo”, dicen. “Somos mujeres que han seguido la llamada de Cristo de ‘venid y veréis’. Los pobres son el centro del Evangelio, y la Cañada, un lugar privilegiado para vivirlo en comunidad. Hay mucha discriminación con las mujeres, pero somos el motor. Llegamos donde no llegan los hombres. Y la Iglesia se está perdiendo esa enorme riqueza”.

La segunda acepción del adjetivo jesuítico en la RAE es: “Hipócrita y disimulado”. Resume la leyenda negra de la Compañía de Jesús. Quizá por la forma de actuar durante cinco siglos de los marines del Papa, un ejército expedicionario dotado de “fidelidad creativa”, siempre en la frontera, iniciando obras que otros terminarán para saltar a las siguientes, y evitando la mirada de soslayo de la autoridad vaticana. Ese perfil provocó su caída con Juan Pablo II durante dos décadas. Cuando el jesuita Bergoglio fue elegido papa, supuso el regreso de la Compañía a la pista central. Francisco actuó con el sistema operativo de los jesuitas y el complejo método de toma de decisiones de su fundador, Ignacio de Loyola, entre la espiritualidad y el psicoanálisis: ver, juzgar y actuar. Inició la reforma del lugar de las mujeres en la Iglesia con la convicción de que no podía abrir el melón dogmático sin desautorizar la figura y el legado de Juan Pablo II. Tenía que avanzar desde el flanco administrativo. La pieza magistral de su proceso, el acceso de las mujeres a los cargos vaticanos, es una perla oculta en lo más profundo de una ostra: el punto 5 de la constitución apostólica Praedicate evangelium, de 2022, que con una frase desmonta dos milenios de discriminación: “Cualquier fiel puede presidir un dicasterio o un organismo, teniendo en cuenta la particular competencia, potestad de gobierno y función de estos últimos”.

Nos reciben en Roma tres mujeres que deben sus altos cargos vaticanos a esa finta de Francisco. Entre los palacios de la avenida de la Conciliazione y el de San Calixto, en el Trastévere, ninguna católica tuvo nunca su influencia. Su gestión cubre tres de las obsesiones del anterior pontífice para renovar la Iglesia: acabar con el centralismo, el clericalismo y la corrupción económica.

La hermana Silvana Piro, italiana, de 54 años, llega a su despacho frente a la cúpula de San Pedro en utilitario. Viste la humilde túnica de las franciscanas y lleva sandalias sin calcetines en un gélido día de invierno romano. “Este hábito es un placer para mí”, confiesa. En octubre de 2023, cuando fue nominada a un puesto para el que no se sentía preparada, el Papa le argumentó para convencerla: “Silvana, necesito el genio femenino en la Iglesia”. Teóloga, economista y con un máster en innovación, es la subsecretaria de la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica (APSA), una suerte de banco central que gestiona 5.000 inmuebles en Roma, Londres, París o Ginebra y una cartera de inversiones financieras que alcanza los 3.000 millones de euros. Con sus réditos se pagan los impuestos, sueldos y el funcionamiento del Vaticano, y se sostiene a la Iglesia en países en desarrollo. En 2024, la gestión de Piro, que ha aportado modernidad y transparencia operativa a la antaño inquietante APSA, se saldó con un beneficio de 62 millones de euros. No es rupturista en materia de doctrina, pero reconoce: “La Iglesia era muy tradicional, y la mujer, una mera acompañante: todo corazón, puro servicio, pero carente de formación. Francisco nos otorgó igual dignidad y ha roto ese mecanismo de que la única jerarquía es el hombre sacerdote”.

—¿Cómo era Francisco?

—Inmediato, expansivo, impulsivo; se enfadaba, cogía el teléfono y te llamaba. Te comunicaba lo que vivía.

—¿Y León XIV?

—Reflexión, prudencia y calma. La mejor persona para este momento.

La hermana Nathalie Becquart, de 56 años, y la laica Emilce Cuda, de 60, comparten su espiritualidad ignaciana y su afición por las carreras de fondo, que Cuda practica por las orillas del Tíber. Producto ambas de la teología de la Compañía de Jesús desarrollada en el Boston College (Estados Unidos), que alimentó el papado de Francisco, Becquart, graduada en la Alta Escuela de Comercio de París, socióloga y teóloga, es subsecretaria del Sínodo de los Obispos, que hoy funciona como una asamblea de apoyo permanente al gobierno del Papa. Por su parte, la argentina Cuda (la laica con más poder del Vaticano), doctora en Teología Moral y máster en dirección de empresas, es secretaria de la Comisión para América Latina. Fue los ojos y oídos del papa Francisco en la Iglesia americana, que cuenta con el 40% de los católicos del mundo. Colaboradora diaria de Prevost (del que dice, “es una persona que primero escucha y luego da respuestas”), fue coordinadora en la sombra del lobby de cardenales americanos con derecho a voto: 23 latinos, a los que se suman los 16 de Norteamérica, casi un tercio de los electores. Nathalie era la organizadora del “sistema Bergoglio”, aportaba el método, y Emilce, la munición teológica: “Francisco me decía, ‘tú, con los cardenales, como la pimienta: pequeña, pero pica pica”. Para un vaticanista: “Emilce puso letra a la música de Francisco”.

Las dos han sido confirmadas por León XIV e, incluso, Becquart suena para dirigir en el futuro un dicasterio. Con prudencia exquisita huyen de los debates teológicos. Aún menos se clarean sobre el sacerdocio femenino. “Lo importante ahora es que lo que Francisco hizo con nosotras en el Vaticano se replique en la Iglesia global, que las mujeres ocupen puestos de liderazgo”, dice Cuda. Y Becquart remacha esa idea: “Algo que aprendí en la escuela de negocios y que me sirve en mi trabajo es, piensa globalmente y actúa localmente. Aquí no va a haber una vuelta atrás, vamos a un gobierno participativo. La clave es desconectar el sacerdocio del gobierno, porque la Iglesia es de todos, no de los obispos. En ese sentido, la visión de León XIV es la misma de Francisco, pero se va a tomar su tiempo. Es un ingeniero”.

La medida del tiempo en la Iglesia es el siglo.

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