La nueva fiebre del oro: todo lo que hay detrás del gran negocio del metal que sigue agitando el mundo
Su precio se ha disparado desde principios de 2025. Entre las tensiones geopolíticas y la avidez de los inversores, viajamos hasta la fuente del mineral y a una fábrica de lingotes para explicar el fenómeno


En Tapia de Casariego, un precioso municipio al borde del Cantábrico en el occidente asturiano, los vecinos llevan muchos años pendientes del precio del oro. “Me acuerdo de que, cuando en 2008 pasó por primera vez de los 1.000 dólares la onza, nos acojonamos todos”, cuenta el geólogo jubilado Evaristo Álvarez. Forma parte de una asociación que se opone al proyecto que desde hace dos décadas intenta abrir allí —de momento, sin éxito— una mina para explotar el que dicen que es el mayor yacimiento de oro de Europa. “Imagínate la presión ahora que una onza [31,1 gramos] vale casi 5.000 dólares”, añade sobre la formidable subida de precios de los últimos meses. Una escalada que también mantiene pegado al móvil a Diego Ramos, un joven de origen colombiano que trabaja en un call center en Madrid y tiene sus ahorros vinculados al oro.
En el sur de Suiza, Simone Knobloch, director de operaciones de Valcambi, una de las refinerías de metales preciosos más importantes del mundo, cuenta que allí suelen percibir con cierto adelanto los picos de entusiasmo, por los tirones de trabajo: “La pandemia creó una demanda enloquecida [de lingotes], y volvió a ocurrir a finales de 2024, principios de 2025, tras la elección de Donald Trump”. De hecho, el segundo mandato del presidente de EE UU marcó el inicio de un año de aumentos desbocados que han pulverizado todos los récords de cotización de un metal considerado el activo refugio por excelencia en tiempos de incertidumbre económica, por su escasez, su valor físico intrínseco y su aceptación histórica. Un año en el que en un pequeño rincón del mundo llamado Mbal, en el este de Camerún, a 10.000 kilómetros de Washington y a unos 4.500 de Asturias, el director de la escuela, Serge Aboui, ha visto caer a la mitad el número de nuevos alumnos porque las minas de oro de los alrededores absorben cada vez más mano de obra y muchos niños cubren esa demanda.
A lo largo de la historia, las personas “se han embriagado, obsesionado, humillado y exaltado” por él, explicó el economista Peter L. Bernstein en el libro El oro, historia de una obsesión. Y seguía: “El oro ha motivado a sociedades enteras, destrozado economías, determinado el destino de reyes y emperadores, inspirado las obras de arte más bellas, provocado actos horribles de un pueblo contra otro y llevado a los hombres a soportar intensas penurias con la esperanza de encontrar riqueza instantánea y acabar con la incertidumbre”. Y como precisamente de incertidumbre anda el mundo sobrado estos días, parece lógico que numerosos analistas crean que esta nueva fiebre del oro va a mantenerse en vigor a pesar del revés que sufrió su cotización en la última semana, tras haber alcanzado unos días antes el gigantesco récord de 5.600 dólares por onza troy (la media el estándar internacional). Aun con la bajada, el oro cerró el viernes a 4.964 dólares, casi un 90% más que al inicio de 2025, y un 15% más que en el arranque de este año. De hecho, y pese a las últimas fluctuaciones, hay quien insiste en que estamos solo en el principio de un nuevo gran ciclo de expansión.
Parece como si el mundo anduviera buscando desesperadamente algo sólido (y a ser posible brillante) a lo que agarrarse en estos tiempos de tensiones geopolíticas, desconcierto ideológico y realidades virtuales que traen esperanzas y amenazas a partes iguales. Erica Schoenberger, profesora emérita de Salud Ambiental e Ingeniería de la Johns Hopkins University, señala sin embargo un detalle absurdo en el fondo de todo el fenómeno: “Hemos hecho esfuerzos increíbles a lo largo de la historia para extraer el oro de la tierra, para luego dar media vuelta y volver a enterrarlo en gran parte: pensemos en las tumbas del antiguo Egipto y en las sepulturas vikingas. O en las reservas [en las bóvedas acorazadas] de los bancos centrales”, señala en referencia a los principales compradores de oro de los últimos años y, para muchos, el gran motor del rally de precios. Encabezados por China, un buen número de países se está agarrando al oro como alternativa al dólar —han duplicado desde 2022 su demanda de los cuatro años anteriores, según el World Gold Council—, ya sea por intereses estratégicos, por miedo a que sanciones como las que se le aplicaron a Rusia tras la invasión de Ucrania les puedan tocar a ellos, por falta de confianza en el sistema… O por todo junto.
“Y si los bancos centrales, que son los creadores de la moneda fiat [de curso legal, como el dólar o el euro], están comprando para protegerse, pues nos están dando pistas a todos”, explica Gustavo Martínez, experto en Bolsa y asesor patrimonial con decenas de miles de seguidores en redes sociales. De hecho, Giulio Buoncore, director de la sucursal en Madrid de Degussa, una de las mayores empresas de compraventa de metales preciosos de Europa, está convencido de que el último empujón no lo han dado solo las autoridades monetarias. “Hay muchos particulares que nunca habían comprado oro y ahora lo están haciendo. Yo lo llamo la bestia silenciosa, porque no hay datos; pero cuando se mueve esa gigantesca masa, el impacto es grande”, asegura.
Sea como sea, estamos hablando de un viaje de ida y vuelta a las entrañas de la tierra (o al fondo de cajas fuertes más o menos enormes), pero que por el camino condiciona la marcha de la economía mundial, las relaciones internacionales, a una industria que mueve cada año cientos de millones de euros, que afecta directamente (para bien o para mal) la vida de cientos de miles de personas, y atrae, por supuesto, a los más oscuros personajes: la minería ilegal de oro ha sustituido a la cocaína como principal fuente de ingresos para algunos grupos criminales latinoamericanos, según la Interpol. Un viaje que nos hemos propuesto retratar, desde el yacimiento hasta el ciudadano que abre una aplicación de móvil para invertir sus ahorros en el dorado metal.
Lo comenzaremos subidos a un 4×4 en mitad de un bucólico paisaje nevado del noreste de Suecia, a punto de descender a más de 700 metros de profundidad en busca del lugar exacto donde estos días están arrancando oro de la tierra en la mina de Kankberg, de la empresa Boliden. Allí, un minero maneja desde su cabina una máquina que taladra la pared en una galería de unos seis metros de altura. En el material que va extrayendo, ni se intuye el oro, mucho menos esas pepitas que todos hemos visto en las películas. Después de varios milenios de voracidad —se calcula que se han extraído en toda la historia unas 216.000 toneladas y que las reservas que quedan suman entre 50.000 y 64.000—, la mayor parte de lo que se obtiene ahora aparece en pequeñísimas cantidades, mezclado con todo tipo de materiales, entre el que hay que expurgarlo a través de procesos mecánicos y químicos. Por eso, para que sea rentable abrir una mina de oro, lo normal es que aparezca mezclado en el yacimiento con algún otro mineral o metal valioso.
En el caso de Kankberg es el telurio (un componente esencial de las células fotovoltaicas) y la cantidad de oro que obtienen está entre 3 y 3,4 gramos por tonelada excavada. La actual escalada de precios no solo los presiona “para intentar sacar el máximo posible”, explica la gerente de la mina, Emma Rönnblom-Pärson, sino que, además hace rentable sacarlo de zonas con un menor porcentaje de oro. Lo cierto, añade a su lado el director de comunicación de la compañía, Klas Nilsson, es que el panorama es bueno para la minería en general, pues hace viables proyectos para extraer otras materias primas: “Por ejemplo, abrir una mina de cobre puede suponer una inversión de 3.000 millones de euros, así que tienes que estar muy seguro de que el precio del cobre se mantendrá a ciertos niveles para arriesgarte a hacerlo; sin embargo, si va acompañado de un poco de oro, el riesgo se reduce mucho”.

Pero las buenas noticias para el sector son en muchas ocasiones señales de alarma para otros, por su impacto paisajístico y medioambiental y por su largo historial de heridas en forma de contaminación y vidas humanas. El propio Boliden es conocido en España por la rotura de una balsa de residuos en 1998 en Aznalcóllar que causó un reguero de contaminación que llegó hasta las puertas de Doñana. Nilsson recalca que los técnicos fueron exonerados, que su filial española gastó 115 millones de euros en limpiar la mayor parte del vertido y que la justicia los eximió de pagar 89 millones más que les reclamaba la Junta de Andalucía. Sin embargo, distintas organizaciones ecologistas siguen poniendo aquel caso —la empresa solo se hizo cargo de limpiar la zona más próxima a la mina— como ejemplo de la impunidad de las empresas mineras.
Lo cierto es que aquel desastre fue un punto de inflexión para Boliden, pues junto al bajón del precio de los metales, les colocó muy cerca de una bancarrota de la que le salvó un cambio de accionariado en 2001. Y los nuevos dueños decidieron un cambio de rumbo que pasó por abandonar todos sus proyectos fuera de Europa, priorizar los compromisos sociales y ambientales y volver a llevar su sede, entonces en Canadá, a Suecia, donde se había fundado la compañía en 1924.
Nació muy cerca, precisamente, de Kankberg, en los alrededores de la cuidad de Skellefteå, con una explotación de oro a la que han sucedido casi ininterrumpidamente hasta hoy minas de todo tipo. Ahora mismo son tres: además de Kankberg, Kristineberg y Renström. Después de tantos años, los habitantes de la zona conviven de forma natural con la minería en general y, en particular, con una empresa que ha sido durante décadas uno de los grandes empleadores en una región poblada por menos de ocho vecinos por kilómetro cuadrado. El núcleo de población más cercano a la mina de Kankberg es un pequeño grupo de casas que se llama igual que la mina. “Cuando hacemos una detonación grande, sí, sienten la explosión”, señala Rönnblom-Pärson, que destaca la importancia de mantener informados a los vecinos, saber qué les preocupa y resolver sus dudas. “Solemos celebrar una reunión al año, les invitamos a venir, a bajar al subsuelo. Quieren saber qué controles hacemos y qué estudios de impacto, si pueden comer los peces del lago…”, explica. Y Nilsson añade: “Ha habido muchas empresas mineras en todo el mundo que se han comportado mal. Pero aquí, en el norte de Suecia, la industria minera es muy respetada. Se trata de ser transparentes con las comunidades que nos rodean, pero sobre todo de hacer lo correcto, comportarnos bien a largo plazo. Porque, efectivamente, si extraes oro de cualquier lugar del bosque y dejas un lago muerto y simplemente pasas a hacer otra cosa, tu reputación no será tan buena”,
Charlie Patillas, un asturiano de manos curtidas, alma de dramaturgo y corazón anticapitalista, no se cree nada: “¿Adónde os han llevado? ¿A Kankberg? Claro, esa es la que siempre enseñan: así, pequeñita, con todos los adelantos técnicos, mucho reciclaje y tal”, dice este miembro de la asociación Oro No, de Tapia de Casariego. En este paradisíaco rincón del norte de España, la relación entre los impulsores del proyecto minero y los vecinos se torció desde el principio. Fue a mediados de junio de 2005, en una reunión que el promotor había convocado en el centro cultural; quería convencer a todos de las bondades de sus planes para volver a excavar en las lagunas de Salave, exactamente el mismo sitio donde el Imperio Romano ya sacó grandes cantidades de oro hace casi 2.000 años. No le pudo salir peor: a cada explicación del empresario le seguían más preguntas, dudas no resueltas y nuevas preocupaciones de los asistentes: “Casi hay hostias”, recuerda Santiago Méndez García, vaquero de 63 años. Él ha estado siempre en contra de la mina, lo que le ha acarreado más de una discusión con los vecinos que estaban a favor, aunque estos, asegura, se han ido reduciendo hasta la mínima expresión según han ido pasando los años.
Evaristo Álvarez es geólogo y fue durante muchos años bibliotecario de la Escuela de Minas de la Universidad de Oviedo, así que conoce bien los impactos de ese sector industrial sobre el territorio. Asegura que, por mucho que algunos se dejen deslumbrar por el brillo del oro, sería un negocio ruinoso para el pueblo, que apenas vería ganancias —“se las llevarían los cuatro promotores y los accionistas”—, pero asumiría los costes ambientales y sociales de la explotación, por el consumo de agua, el impacto paisajístico y el peligroso tratamiento de residuos tóxicos, así como la posible pérdida de empleos.
Precisamente por su medio de vida temen muchos en el pueblo si la mina llega a abrir. Lo teme el vaquero Méndez. Y también José Antonio García, pescador de la cofradía de Tapia: “Si ponen un emisario que saca el agua de la mina, aunque digan que está limpia, donde pescamos los salmonetes, el percebe, el pulpo, el oricio... ¿quién coño te lo va a comprar?”. Pero Rebeca Parra, de la agencia inmobiliaria Maisons de Rêve, advierte de que no hace falta que se mueva una sola piedra para empezar a sufrir efectos negativos. “Hace poco, unas personas a punto de comprar una casa por 650.000 euros se echaron atrás en el último momento porque se enteraron del proyecto. Eso está ocurriendo ya”.
Y si cualquier noticia sobre la mina en Tapia de Casariego supone un golpe para la inmobiliaria de Parra, a cada publicación sobre un nuevo récord del precio del oro le sigue un aluvión de clientes a la tienda de Degussa en la calle de Velázquez en Madrid. Incluso con colas en la acera, cuenta Giulio Buoncore, el director de esta sucursal de la multinacional alemana de venta de metales preciosos. La última vez fue la semana pasada, cuando el precio llegó a superar holgadamente los 5.000 dólares. En Degussa venden monedas y lingotes que van del medio gramo (a 89,90 euros) hasta el kilo (a 137.202), pero gestionan pedidos de instituciones y otros particulares (pymes, bancos pequeños, family offices) a partir de los dos millones de euros. Semejantes cantidades se las encargan directamente a las fábricas de lingotes, que hoy están produciendo a toda máquina. “Si antes te tardaban una semana, ahora la espera puede ser perfectamente el doble”, cuenta. Una de las refinerías con la que trabajan es Valcambi.
Allí, en el sur de Suiza, en un anodino polígono industrial al pie de las montañas, su director de operaciones, Simone Knobloch, muestra la fábrica a unos visitantes que han tenido que dejar fuera cualquier objeto de metal: las rigurosas medidas de seguridad incluyen someterse al detector de metales cada vez que se abandona alguna sala donde se manipula el oro. Trabajan bajo demanda, es decir, producen lo que les van pidiendo y tratan de reducir al máximo el tiempo desde que les llega el oro en bruto hasta que salen los lingotes hacia su destino. En algunos casos, si llega pronto por la mañana, puede estar en camino ese mismo día, explica Knobloch mientras va mostrando unos procesos que alternan las tareas manuales —es espectacular ver el fundido y cómo se toman las muestras para comprobar la pureza— con la más avanzada tecnología.
Fabrican desde los clásicos lingotes LBMA Good Delivery de 400 onzas troy, de unos 12,5 kilos, que todo el mundo tiene en la cabeza —una curiosidad: jamás se colocan con la parte más ancha hacia abajo, como en las películas, porque sería imposible cogerlos— a las CombiBars, uno de sus productos estrella. Se trata de una barra de metal precioso que se puede fragmentar fácilmente en piezas más pequeñas, como si fuera una tableta de chocolate, por si el dueño decide vender solo una parte o quiere, pongamos, repartirlas entre sus nietos; en Suiza no es nada raro regalar pequeñas piezas de oro en cumpleaños o en Navidades. Todo el oro que fabrican es el que se llama de inversión, con una pureza mínima del 99,5% en el caso de los lingotes, y fácilmente convertible en dinero. “Es como tener dólares. En cualquier sitio que quieras venderlo, te lo van a comprar”, destaca Knobloch.
Prácticamente toda la producción de Valcambi es para bancos centrales, otras entidades bancarias y comerciantes de metales que, a su vez, pueden vender una parte a fondos de inversión o a particulares (como Degussa). Para los inversores europeos y norteamericanos cada vez es más importante que el producto sea sostenible y ético, por lo que es crucial para el fabricante garantizar unas huellas de carbono que no superen determinados niveles y que la materia prima no esté manchada. El escrutinio es constante y, de hecho, un informe de la ONG Swissaid acusó a Valcambi en 2020 de comprar a intermediarios que trabajan con oro problemático.
La refinería —que sostiene que siempre ha actuado de forma correcta y ha demandado a la ONG en los tribunales— asegura que, pese a no formar parte de la UE, cumplen con la directiva europea sobre minerales de conflicto, que les exige abastecerse únicamente de fuentes responsables y libres de conflictos. Comprobar esto es más fácil, explican, cuando el oro que viene directamente de las minas: hacen un análisis químico de la huella dactilar de cada yacimiento (cada uno tiene proporciones únicas de impurezas y de isótopos) que les permite saber a ciencia cierta si el material viene de donde dice el proveedor, aseguran.
Pero es más complicado cuando el oro llega reciclado, procedente de joyas viejas, restos de manufacturas o monedas y lingotes desechados. En este caso, las comprobaciones se hacen a base de exigencias de documentación, “auditorías radar” —muestreos anuales aleatorios y envía auditores a revisar físicamente la documentación— y de un sistema de tecnología blockchain que congela los datos que aporta el vendedor. En cuanto salta una alarma, defienden, se corta la relación hasta que se resuelve. Sus proveedores de oro reciclado son fabricantes de productos de lujo, refinerías intermediarias, bancos, casas de la moneda o comerciantes de metales.
El principal negocio de las populares tiendas de “compro oro” consiste precisamente en vendérselo a fundiciones que vuelven a llevar el metal precioso al principio del circuito. En QuickGold, por ejemplo, una empresa nacida en Mallorca en 2008 que hoy cuenta con 80 tiendas en toda España, mandan a fundir directamente todas las joyas que les llegan sin marcar (es obligatorio en España desde 1985 hacerlo con el oro de 14 o 18 quilates), explica el CEO de la compañía, Rodrigo Fernández. Eso sí, aclara, lo envían una vez pasados los 15 días que todos los productos que compran se mantienen inmovilizados a disposición de la Policía, para comprobar que su origen no es ilícito. De los que sí están marcados, muchos los ponen ellos mismos a la venta, pues han detectado una fuerte demanda de joyería de segunda mano. “La gente está invirtiendo, no solo por los precios que hay ahora, sino además por moda; en mi generación el oro era algo como antiguo, pero hoy es tendencia”, asegura este empresario de 48 años.

En una de sus tiendas, en la calle del Ferrocarril de Madrid, una mujer de unos 30 años espera pacientemente un día de diciembre a que la dependienta que trabaja detrás de un grueso cristal de seguridad compruebe la calidad de las joyas que ha traído. Primero se miran con la lupa, a ver si hay algún tipo de contraste, luego le pasan el imán, porque el oro no se imanta; aquí suelen caer, para decepción del vendedor, muchas piezas chapadas. Si es hueco, pasan una lima y la piedra con el ácido —se hace una marca que, si es una falsificación, desaparecerá al aplicar el producto químico— y, si es macizo, lo colocan antes en el densímetro; el oro es muy denso. Las piezas que más les llegan son collares, anillos y pulseras —“lo más llevable, claro”— y se pueden vender o empeñar. Esto último lo prefieren dos de cada cinco clientes, apunta Fernández. “En torno al 80% lo recupera después”, continúa, “lo usan como un micropréstamo; no cobramos intereses el primer mes, el segundo es el 3% y después el 5%”.
Estas cifras están en su web, igual que todos los precios a los que compran cada metal precioso. Hoy es más habitual, pero, cuando empezaron, fueron de los primeros en hacerlo en un sector caracterizado tradicionalmente por la sordidez, el oscurantismo y, en muchos casos, la usura. “Nosotros apostamos desde el principio por la transparencia, dando mucha información sobre precios, calidades y cantidades… No digo que hayamos sido nosotros solos, ha habido otros que han hecho la misma apuesta, pero el sector ha evolucionado mucho. Antes estaban extendidas algunas tácticas comerciales bastante discutibles…”, dice Fernández.
Y no solo eso. El inspector Daniel Vázquez Llorens, de la Unidad Central de Delincuencia Económica y Fiscal de la Policía, recuerda una operación de 2018 en la que desarticularon una red que usaba tiendas de “compro oro” para reintroducir en el circuito legal joyas robadas. Habían llegado a blanquear siete millones de euros en seis meses. Sin embargo, tranquiliza el inspector, este tipo de comercios están en general “bastante controlados” en España. Explica que, en el ámbito nacional, los criminales suelen usar el oro para guardar a buen recaudo sus ganancias -”como el que compra activos inmobiliarios”- o para mover dinero a través de fronteras o hacer transacciones ilegales: “Un kilo de oro vale más de 130.000 euros y ocupa muchísimo menos que ese dinero en billetes”. En el ámbito internacional, si es un problema preocupante y creciente su uso para el blanqueo de capitales, añade: “Lo más común consiste en comprar oro procedente de minas ilegales y mezclarlo con oro legal”.
A medida que se ha disparado el precio, se ha ido desbocando la extensión de la minería ilegal, fortaleciendo sus vínculos con el crimen organizado. Hasta el punto de que se ha convertido en una de sus principales (si no la principal) fuente de ingresos para narcotraficantes de México y Colombia, bandas en Brasil y Venezuela o milicias yihadistas en África, según la Interpol. El organismo explica en una contestación por escrito que, de la mano de la corrupción sistémica en las zonas donde se desarrolla, estos yacimientos ilegales generan “de 2.000 a 3.000 millones de dólares al año solo en América Latina y alimentan conflictos globales desde el Sahel hasta el Amazonas”.
El 20% de la producción mundial de oro sale de las llamadas minas artesanales, que, situadas en su mayoría en contextos muy pobres donde la regulación suele ser débil o inexistente, son muy vulnerables al influjo de esos grupos criminales. Y, aunque se libren de esa presión, es muy difícil que estas pequeñas explotaciones, que compensan con mucha mano de obra la escasez de tecnología, cumplan unos mínimos laborales y ambientales. Numerosos organismos internacionales llevan décadas poniendo en marcha iniciativas para profesionalizar el sector, del que viven, directa e indirectamente, unos 100 millones de personas, pero los progresos son “lentos”, reconocía el World Gold Council en un informe de 2022.

En Camerún, por ejemplo, se estima que miles de niños de familias muy pobres trabajan en minas artesanales de oro, especialmente en el este del país, atraídos por las ganancias rápidas —el equivalente a entre 30 y 150 euros al día— que les alejan de la escuela. Lo cuenta por videoconferencia Casimira Benge, jefa de protección infantil de Unicef Camerún. Y pone como ejemplo el caso del pequeño pueblo de Mbal, en la comuna de Bétaré-Oya, donde el fondo de las Naciones Unidas para la infancia ayudó a construir una escuela que logró atraer a 323 niños y niñas en 2024. Pero el espectacular aumento del precio del oro y, con él, el de los sueldos en las minas de los alrededores, redujo hasta 159 su número de alumnos a finales de 2025. Benge ha recogido para El País Semanal algunos testimonios en Mbal. El de Serge Aboui, el director del colegio: “Otros pueblos nos envidian porque nuestra escuela está bien equipada. Pero necesita a nuestros niños. Nos duele ver cómo malvenden su futuro de este modo”. El de una niña de 14 años llamada Philomène: “Me gustaría ir a la escuela, pero también quiero tener dinero”. Y el de Bienvenue, una madre: “Ya no sé qué decirles a mis hijos para que vayan al colegio. Solo quieren oro. Algún día se acabará. ¿Qué será entonces de ellos?”.
La minería artesanal en Camerún está muy vinculada a inversiones de empresas chinas, según han puesto de manifiesto numerosos organismos internacionales y trabajos académicos. No es casual, teniendo en cuenta su presencia en toda África y que China es, junto a la India, el mayor consumidor del mundo de este metal precioso; culturalmente, está profundamente arraigado su uso como objeto ritual y simbólico. Pero, sobre todo, porque Pekín ha colocado el oro en el centro de su estrategia comercial, económica y geopolítica a medio y largo plazo, engordando sus reservas a toda velocidad, con compras que declara, pero también con otras secretas, según diversos analistas citados recientemente por este periódico. Según el World Gold Council, China tiene 2.306 toneladas de oro, pero distintas estimaciones las elevan a unas 5.000, lo que las convertiría en las segundas reservas más grandes del mundo, solo por detrás de EE UU, con 8.133.
“China quiere evitar depender del dólar, de los bonos del Tesoro de EE UU y de su sistema de pagos”, explica Jeff Currie, director de Estrategia de Energy Pathways de Carlyle. No está solo, muchos países emergentes aceleraron sus compras tras la congelación de más de 300.000 millones de dólares en reservas del Banco Central de Rusia en 2022, como parte de las sanciones que siguieron a la invasión de Ucrania. La estrategia incluye además la construcción de “un corredor del oro”, en palabras de Currie, “un intento de conectar cámaras acorazadas de todo el mundo para custodiar oro que permita que los socios comerciales de China eviten el riesgo de sanciones o incautaciones”. Esto facilitaría que el oro físico de los países BRICS y Arabia Saudí se utilizase en un comercio global con sistemas de pago y monedas alternativas. De hecho, los BRICS ya están probando una criptomoneda llamada unita, respaldada en un 40% por oro y el otro 60% por la moneda local de cada país.
Eso, sumado a unas tensiones internacionales que no cesan —Venezuela, Irán, Groenlandia…—, forma una tormenta perfecta de incertidumbre que empuja a más países: Polonia tiene 286 toneladas más que en 2020; Turquía, 152, y la República Checa, 55. En esos cinco años, el oro ha pasado de ser menos del 15% del valor de las reservas de los bancos centrales al 23%, adelantando al euro. Y, aunque la demanda por parte de las autoridades monetarias se frenó ligeramente al finales de 2025, lo ha compensado el entusiasmo de ese “monstruo silencioso” de comparadores particulares del que hablaba Giulio Buoncuore más arriba. La demanda de oro para inversión fue el año pasado de 2.175 toneladas, un 83% más que en 2024 y por encima de lo que consumió la industria de la joyería, que es tradicionalmente el mayor demandante del metal precioso (su uso en tecnología, para hacer desde microchips a trajes espaciales, sigue siendo el menor: en torno al 6,5% del total). La demanda total alcanzó por primera vez las 5.000 toneladas; otro récord.
Javier (nombre supuesto) no preveía semejante panorama cuando, hace ya una década, decidió invertir en oro el dinero de la venta de un piso que había heredado. Solo quería proteger sus ahorros: “Con un déficit de más del 100% del PIB en todos los países de la OCDE, el oro va a ser la referencia tarde o temprano”, pensó este economista con experiencia en el ámbito de la salud. El hecho es que su inversión inicial de 250.000 euros se ha multiplicado por algo más de tres. Degussa, que fue donde compró los lingotes, los custodia en una caja de seguridad por 450 euros al año, y allí mismo puede revender una parte cuando quiera: “Si ando algo corto de tesorería, vendo algún lingote pequeñito para acabar bien el año”, explica. A partir de dos gramos, con la compraventa de oro no se paga IVA, pero sí la plusvalía.
Además, ya no hace falta todo eso para subirse al tren del oro, basta con abrir una aplicación en el móvil e invertir en alguna de las ETF (siglas en inglés de fondo cotizado) respaldadas por oro: el fondo tiene los lingotes y ofrece participaciones. El valor de los activos gestionados por estas ETF se dobló en 2025, hasta 558.000 millones de dólares, según el World Gold Council. Y aún más allá, hay fondos que replican el precio del oro invirtiendo en acciones de compañías mineras o relacionadas con la extracción del metal. En uno de ellos tiene sus ahorros desde 2022 el madrileño de origen colombiano de 27 años Diego Ramos. Desde entonces, ha ido metiendo pequeñas aportaciones mensuales que suman 22.000 euros y que hoy se han convertido en una cartera que vale mucho más del doble. Graduado en Negocios Internacionales, confiesa que probó primero con criptomonedas para proteger sus ahorros de la inflación, pero su extrema volatilidad le desanimó.
De hecho, es muy común encontrar, en el hiperactivo y creciente ecosistema de comentarios y consejos de inversión que proliferan en las redes, esa disyuntiva entre oro y criptomonedas, entre el refugio más tradicional y el más moderno, el más etéreo y el más concreto. “Son muy diferentes, pero también se parecen mucho; por ejemplo, ambos son alternativas a la moneda fiat y descansan sobre la idea de escasez: hay un número limitado”, señala Gustavo Martínez. Al final, es todo dinero, unas de esas grandes ficciones colectivas de las que el historiador israelí Yuval Harari habla en su libro Sapiens. ¿Qué otra cosa, sino esa, sería este codiciado metal que, por mucho que brille, no se oxide ni se corroa, fue siempre demasiado blando para fabricar herramientas reales?
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