Fernando Tejero revela su increíble infancia: “Tenía todas las papeletas para acabar yonqui o alcohólico”
El actor de ‘Aquí no hay quien viva’ y ‘El cautivo’, de Amenábar, tiene una de las caras más reconocibles de España pero también un pasado no tan conocido: el de un bebé cuya madre dejó en manos de otra mujer durante 14 años


“Tengo la autoestima a la altura de las rodillas. Pero es que antes la tenía por los tobillos”.
Fernando Tejero (Córdoba, 60 años) proyecta esta mañana una serenidad casi extraña; extraña quizá porque está a años luz de de los personajes que suelen llevar su rostro, tan desafiantes, tan derrotados, tan directamente turbios a veces. A veces, no muchas, entre confesiones sobre sus recuerdos y su autoestima, Tejero mira a sus interlocutores en el jardín de su casa en El Escorial, o al menos les lanza fugacísimas miradas (es tan tímido que el contacto visual se le resiste) y se le intuye una cierta vulnerabilidad, como de animal fuera de su caparazón. Como si algo hubiera cambiado en él. Como si importase lo que él pueda cambiar a estas alturas. En el fondo, por muchos años que viva, la primera frase de su obituario ya está escrita. Él es Emilio Delgado, el portero de Aquí no hay quien viva, la mayor comedia de la televisión en España, emitida entre 2003 y 2009 en Antena 3 y todavía hoy desempolvada a diario, sobre todo entre menores de 30 años, a veces muy por encima de la mayoría de las novedades de las plataformas. La cara de Tejero es la cara del portero, y el portero, quizás el mayor perdedor de una serie esencialmente sobre perdedores, es la cara más representativa de este fenómeno. En 2013, además, empezó a encarnar a Fermín Trujillo en La que se avecina, continuación apócrifa del proyecto.
—Todo esto creo que viene de mi infancia y de mi adolescencia.
En muchos sentidos, seguimos en el mismo punto, entre el presente y un obituario que ya está escrito; un punto por el que cualquier actor mataría (Tejero el primero, y esto lo puntualiza con frecuencia), aunque tampoco es especialmente justo: puede que todo Emilio esté en Tejero pero no todo Tejero está en Emilio. De hecho, el actor tiene un Goya por Días de fútbol (2003), dos nominaciones más, una docena de obras de teatro y una treintena de películas en su haber. Y todavía le queda dentro mucho por ubicar.
Por eso, en otros muchos sentidos, este punto es distinto. Si nos ponemos verdaderamente honestos, y él últimamente está en esas, puede que haya algo más, que la historia no esté entre la serie y todo lo que no es la serie, sino en una tercera cosa. Como actor, el pasado febrero dejó La que se avecina y en septiembre mostrará una renovada madurez dramática en el papel de monje (gay y homófobo) en El cautivo, de Alejandro Amenábar. Como persona, últimamente nota que lo que le tira es algo hondo y remoto, su vida antes de los personajes, los ficticios y el suyo público, un pasado que ha intentado obviar y que solo ahora está logrando verbalizar. Si nos ponemos verdaderamente honestos, la historia va de esto.
—Yo es que me crie con mi tía abuela.
Esto va de un bebé en la Córdoba de los sesenta que no tenía ni un año cuando su madre le entregó a otra mujer. “Nueve meses tenía. Todavía no sé la versión real porque en casa de mi tía, que ya no vive, me decían que a mi madre la tuvieron que operar de apendicitis. En esa época operarte de apendicitis al parecer era como hacerlo casi a corazón abierto. Te retiraba como tres semanas”.
Prosigue: “Durante esas tres semanas me llevan a casa de mi tía abuela, la tía de mi madre. Me dejan ahí un par de días o tres porque mi madre tenía tres hijos más. Y mi padre, un bar y una pescadería. Hay un momento que se agobian y me dejan ahí un par de días más. Luego mi madre, yo creo que para justificarse, y en cierto modo culpar a mis tíos, me dice que cuando iban a recogerme, le respondían: ‘Déjame al niño un tiempo más, solo un tiempo más’. Y ese tiempo se convierte en 14 años”.

A efectos prácticos y emocionales, ¿siente que su tío abuelo es su padre?
Y mi tía es mi madre.
¿Sabía que era su tía abuela?
Y sabía de la existencia de mis padres, al final estábamos todos en la misma ciudad. Pero los veía muy poco. [Alza la mirada del suelo, como si le acabara de llegar un olor familiar]. Recuerdo que, de pequeño, mis tíos me hacían una cuna con dos sillones de un sofá. Los juntaban y esa era mi cuna. Yo, entre los hierros que hacían como de reposabrazos, sacaba la mano y me dormía cogiendo la mano de mi tía…
¿Qué sentía al ver a su madre?
Me resulta triste, no sé si he querido olvidar o si simplemente tengo muy poca memoria de mi infancia. Yo creo que quiero olvidar las visitas porque pensaba que me iban a dejar en casa de mis padres y yo no quería.
¿Porque se aferraba a lo conocido o porque había algo en esa casa que no le gustaba?
Yo esa casa no la conocía. Mi vivir cada día, mi sentir cada día, estaba en casa de mis tíos. Esa era mi casa. Puedo entender, que me cuesta, por la época, el que mis padres me dejasen ahí. Era una cosa que se hacía mucho en el sur. “Venga, te dejo al ahí al niño, sálvese quien pueda”. Pero es que era mi casa. Bajo ningún concepto quería ir a casa de mis padres. Mi tía, cuando se enfadaba conmigo, porque yo fui un niño travieso, me decía: “¡Pues te vas a ir con tus padres!”. Para mí eso era demoledor. Hacía como una bolsa y metía cuatro, cinco prendas mías, me abría la puerta del piso y me la tiraba al pasillo y cerraba la puerta.
¿Un día el miedo se materializó?
A mis 14 años, mi tía enferma de cáncer. La tienen que operar en Sevilla. Mi tío se va a vivir con su hijo, mi tía con mi prima a Sevilla y a mí me devuelven a mi casa. Esto me destroza. Empiezo a flaquear en los estudios. Empiezo a tener problemas gordos.
¿En el colegio iba bien antes?
Ya venía con una tara, porque también tenía el tema de la homosexualidad. Yo tenía más pluma que un pavo. La voz superaguda, voz de niña, prácticamente, muy fina. De hecho, la tengo así de forzarla, están las cuerdas vocales rozadas. La pluma me la quité a base de reprimir formas de expresarme, amaneramientos, luchando contra mí mismo. Empecé a tartamudear mucho, me quedaba atascado. Me llevaron al logopeda, dijo que no era una cosa que él pudiera tratar, que era una cosa emocional. “El niño no se puede expresar como es”, dijo. Si te tapan la voz, pues evidentemente te cuesta sacarla. Está saliendo algo que no soy yo. Más el tema bullying.
Por la pluma. Me tiraban piedras, me llamaban maricón… Ves, todo esto venía por el tema de la autoestima. Cuando llegué a esa casa con todo este circo encima, mi padre pues imagínate, un niño maricón. Ellos no entendían por qué lo estaba pasando tan mal. Me veían llorar de día, y eso que no me veían llorar por la noche porque casi siempre lo hacía escondidas. Mi madre me preguntaba: “Bueno, ¿y tú a quién quieres más, a tu tía o a tu madre?”. Y yo desde un lugar inocente: “A las dos igual”. Ella me respondía: “Pues tu madre te ha parido y tu tía no”.
El subtexto era un poco: “Esa casa en que te criaste era mentira”. ¿Su mayor miedo cumplido?
[Se encoge de hombros]. Cada uno de los psicólogos a los que he ido me decía que tenía todas las papeletas para ser yonqui o alcohólico. Es posible, ¿no? He hecho terapia con cuatro personas distintas, hasta que parece que he dado con la horma de mi zapato.
¿Le salvó actuar?
Con ocho años, me empiezan a sacar los fines de curso en las obritas de teatro que se montaban. Con 13, nos mandan a leer La casa de Bernarda Alba y ahí ya digo: “Esto es”. Empiezo a leer las funciones de Lorca. Viene a Córdoba un montaje de Bodas de sangre. Voy a verlo y me aficiono a ver teatro. Voy a casi todas las que iban a Córdoba al gallinero, que hoy se llama anfiteatro. Muchísimas obras de teatro bueno. [Entre otras obras, Tejero cita el debut de de Emma Suárez, El cementerio de los pájaros, de Antonio Gala, con Irene Gutiérrez Caba, Encarna Paso y Gabriel Llopar.] Desde gallinero, soñaba con volar de alguna forma al escenario. Lo que esa gente hacía ahí yo lo consideraba magia y quería hacer eso.
¿Y los estudios?
Séptimo y octavo [primero y segundo de ESO] fue lo que hice ya viviendo con mis padres. Lo suspendí casi todo. Mi padre: “¿Quieres estudiar o quieres trabajar?”. Le digo que quiero ser actor. “Muy bien; trabajar”. Empecé a trabajar con mi padre en la pescadería.
En plan: “¿Un kilo de merluza en lomos bien finos?”.
Fue mi primer escenario. Tu interpretación ahí era agradar al público. Para estudiar arte dramático se necesitaba hasta tercero de BUP [primero de bachillerato]. Pues me saqué hasta tercero de BUP por la noche. Pero no encontraba apoyo de nadie. Me convencí a mí mismo de que mi futuro era heredar la pescadería de mi padre, casarme, tener hijos. Tuve tres novias. Y me fui a la mili.
¿No se libró?
Quise hacerla. “No, no, esto es de hombres”. Durmiendo en una nave con 4.000 literas. Yo tenía la foto de mi novia, Cecilia, puesta en la taquilla. Cuando se desnudaban todos tenía que apartar la mirada. Qué difícil era apartar la mirada. Había un cabo que estaba buenísimo. Tesoro, no se me olvidará el nombre. Yo lo veía como eso, un tesoro.
¿No folló en la mili?
Por desgracia, no. Eso me parecía como estar en pecado mortal. Inconcebible. En aquella época si me llegan a poner delante un documento que al firmarlo me convierta en hetero, yo lo firmo. Llegué a Madrid con 27 años y llegué virgen.
Al volver de la mili, dos sucesos le condujeron al mismo sitio: Cecilia le dejó y él vio Historias del Kronen (1995). “Me habían dicho que todo ese reparto salía de una escuela que había en Madrid que se llamaba Cristina Rota. Al día siguiente llamo a la escuela y me entero de que hay un curso que se hace los sábados y domingos. Digo: voy a seguir trabajando con mi padre entre semana y, los fines de semana, me voy a estudiar. Mi padre acepta. ‘Déjalo que se estrelle él solo, ya volverá’. Los sábados íbamos a las cuatro de la madrugada a comprar el pescado a Mercacórdoba, que entonces se llamaba La Lonja. Casi sin dormir, me montaba en el Sevibus camino de Madrid. Empecé a estudiar. En mi primer monólogo personal en la escuela, verbalizo que soy gay. Y ahí ya empiezo a ser yo”.
Mantuvo el trabajo de pescadero por las mañanas (“como me ponga a trabajar en la noche, voy a acabar yonqui, que yo tengo peligro”). Por las tardes, actuaba en Animalario junto a Alberto San Juan, a quien vincula directamente con sus mayores golpes de suerte en la profesión. “También hacía animación en centros comerciales: un día me vestía de reloj, otro de lo que tocase con relación a la promoción del día”. Y entonces llegó el portero.

Aquí ya empieza el lado conocido y mil veces contado de la leyenda. “¡Me ofrecían hasta grabar un disco! No te puedes hacer una idea. En ese momento no tienes posibilidad ni de colocar en la cabeza lo que te sucede. Mi mesa de trabajo llena de guiones, ganador del Goya…”. Una encuesta publicada en 2005 aseguraba que los tres famosos españoles más populares del momento eran Letizia Ortiz, Fernando Alonso y Fernando Tejero.

Tener la cara de un personaje emblemático es como pertenecer a la realeza: es algo que no tiene necesariamente que ver con uno en este momento, pero que marca todas sus relaciones personales y apariciones públicas. Todos los días, todos los años. A veces, Tejero se nota haciendo esfuerzos por no ver las consecuencias evidentes: “Cuando anuncian un reparto en que estoy yo, siempre es: Antonio de la Torre, ganador de dos Goya; Javier Bardem, ganador de seis; Fernando Tejero…, La que se avecina”. Ríe, pero con una mueca incómoda. “Es una tontería pero jode. Durante mucho tiempo, me decía: no voy a salir de aquí nunca, podré hacer las películas que haga pero voy a seguir igualmente. Malena [Alterio, su compañera en la serie], cuando ganó el Goya el año pasado me decía: ‘Fer, me siguen preguntando por Aquí no hay quien viva’. Con ella siempre hablo de que vamos a ser como Antonio Ferrandis, que tuvo una carrera increíble, una película suya ganó un Oscar [Volver a empezar, 1982], pero murió siendo Chanquete. Emilio sigue ahí y yo en la calle sigo siendo Emilio”.
Otras veces, se le hace más fácil ver el lado amable de la situación: “He tenido que escuchar mucho: ‘Es que estás encasillado’. Bueno. Peor encasillamiento es el paro. Luego miro para atrás y digo: hostia, tengo una carrera envidiable. Me he permitido hacer de todo: teatro, cine, no he estado nunca sin trabajar. Cuando yo me desmerezco, y lo hago mucho, cuando yo tengo envidia me porque veo que tal estará en la nueva película de Sorogoyen, me lo recuerdo”.

Dejar La que se avecina era como asomarse a un precipicio. “Si me voy, ¿me van a seguir llamando?”. Este año, decidió lanzarse. Sin Emilio ni Fermín a cuestas, afloró la otra historia, la del bebé que cambió de manos. Y todo cambió de marco. Tirando de ese hilo, esa autoestima por los tobillos que arrastraba de los tiempos de Córdoba le ha llegado a las rodillas. Tal vez siga subiendo. La primera frase de ese obituario es inmutable pero, de repente, el resto está por escribir.
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