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Osos polares en Canadá, piragüismo en la Antártida y otros destinos para disfrutar de la nieve

Visitar los helados paisajes de Islandia o Groenlandia, contemplar auroras boreales en Finlandia o esquiar en los Alpes son algunas de las propuestas para amantes del frío y la aventura

Dos turistas se fotografían frente al glaciar Vatnajökull, en Islandia.vrim Aydin ( Anadolu / Getty Images)

Es tiempo de nieve en gran parte del planeta, lo que para muchos viajeros puede resultar tan atractivo como la mejor playa tropical. Los helados paisajes de la Antártida o de Groenlandia, tan de actualidad, o las cumbres alpinas con sus estaciones de esquí, pasando por alguno de los paisajes más extremos y fríos del planeta, donde el invierno se convierte en una prueba de supervivencia. Estos son algunos de los lugares del mundo donde disfrutarán especialmente los amantes de los paisajes de hielo, del frío extremo y de la mejor nieve para practicar deportes de invierno.

Groenlandia, un paraíso blanco y frágil

Esta enorme isla atlántica nunca soñó con el protagonismo que le han dado los últimos avatares de la política internacional. De repente, todos han vuelto los ojos hacia este inmenso paraíso blanco, la isla no continental más grande del planeta. Groenlandia está en el Ártico, entre Canadá e Islandia, pero resulta un destino mucho más salvaje que sus vecinos. Recorrer esta isla (50 veces más grande que la Dinamarca continental de la que depende) es una oportunidad para contemplar solitarios e impresionantes paisajes formados por hielo, tundra, fiordos, lenguas glaciares y montañas.

Una vez allí, las experiencias más populares para los visitantes pasan por navegar entre icebergs, hacer trekking con vistas espectaculares entre glaciares o caminar con crampones sobre el hielo glaciar. También podremos hacer kayak entre bloques de hielo, visitar poblaciones inuit, asomarnos al primer asentamiento vikingo en Groenlandia o vivir en un campamento junto a un glaciar.

Pero no todo es hielo y naturaleza salvaje: la presencia humana (inuit y vikinga) está, sobre todo, en las poblaciones de Qassiarsuk e Igaliku, áreas declaradas recientemente patrimonio mundial por la Unesco. Aquí se encuentran las más importantes ruinas y reconstrucciones de la época vikinga, como la casa y la iglesia de Erik el Rojo en Qassiarsuk.

Quienes prefieran experiencias más extremas y fuera de ruta tienen la posibilidad de perderse en “el norte del norte”: Nanortalik es una de las localidades más australes de Groenlandia, con aspecto de plató de un pueblo de pescadores. Su nombre significa “lugar de osos polares”, y esto ya lo dice todo. Es un lugar para pasear y disfrutar en distintos momentos del día de las mareas y condiciones de luz, o caminar hasta uno de sus puntos más emblemáticos: una piedra natural, que desde cierto ángulo recuerda el perfil del explorador ártico y héroe nacional Knud Rasmussen.

Más información en la web lonelyplanet.es.


Pero hay más: desde mediados de agosto se pueden observar auroras boreales en las noches despejadas, y durante todo el año se pueden avistar animales árticos, como águilas, caribúes, zorros y liebres árticas, focas… Y, sobre todo, a Groenlandia hay que ir para contemplar de primera mano los efectos del cambio climático en el sur de la isla y concienciarnos de la importancia de practicar un turismo respetuoso y sostenible en entornos tan frágiles como este.

Islandia en invierno, huyendo del turismo de masas

Desde hace años, el turismo ha descubierto esta isla al borde del Ártico y parece estar desbordado. Pero eso sucede en verano, cuando llegan miles de turistas de todo el mundo para ver sus impactantes paisajes, un verdadero laboratorio volcánico moldeado por fuerzas poderosas: los géiseres chorrean, las lagunas de barro borbotean, los volcanes helados retumban y los glaciares se abren paso entre montañas.

Otro atractivo añadido de la isla es que no todo queda limitado al paisaje, cubierto de blanco buena parte del año: el contrapunto a tanta belleza natural es una activa vida cultural, que celebra una herencia literaria que se extiende desde las sagas medievales hasta novelas negras contemporáneas y premios Nobel. Hay música en directo por todas partes, así como arte visual, artesanía y cocina de proximidad.

Los amantes del blanco y de los climas extremos tienen también la posibilidad de descubrir la Islandia invernal, con atractivos originales y con la ventaja de que coincidirán con muchísimos menos turistas. Algunos fiordos, sobre todo los del norte, pueden estar inaccesibles, pero la isla se puede recorrer con cierta tranquilidad siguiendo la Hringvegur, la carretera de circunvalación: una ruta de 1.300 kilómetros que rodea la isla entre valles verdes salpicados de cascadas, lenguas glaciares que se deslizan desde casquetes y llanuras desérticas y suaves campos de lava que estarán cubiertos de hielo.

En invierno se pueden ver todos sus rincones más icónicos y atractivos, aunque algunas excursiones por el centro del país no podrán realizarse. Para compensar, tendremos algunos pluses añadidos, como las auroras boreales, las cuevas de hielo glaciar Vatnajökull —unas increíbles cuevas que se forman cada invierno— o las cascadas nevadas o heladas, que resultan casi más impresionantes que en verano.

Antártida: una vez en la vida

Ningún lugar de la Tierra es comparable a esta selva blanca, hecha de nieve, hielo, agua y roca. Quienes llegan a la Antártida (y cada vez son más) lo hacen para seguir los pasos de famosos exploradores, contemplar animales extraordinarios o, simplemente, para sentir la insignificancia del ser humano en medio de una naturaleza poderosa y extrema. Cada año, la Antártida recibe más de 100.000 visitantes (la mitad de ellos estadounidenses), así que no está tan solitaria como imaginamos.

El momento para viajar a la Antártida es desde octubre hasta marzo o abril. Este es uno de esos viajes que se sueñan o que se realizan una vez en la vida, con opciones más o menos turísticas, o más o menos científicas. Pero en ningún caso es un viaje fácil. El hielo y el clima determinan el itinerario y los horarios, más que los relojes o los calendarios.

Una vez allí, los visitantes se dedican a avistar ballenas en mar abierto, observar a una colonia de pingüinos o hacer fotos de formaciones de hielo impresionantes. Actualmente, incluso pueden escalar o hacer piragüismo en aguas heladas. Pero no hay nada como adentrarse en las escarpadas fisuras de un magnífico glaciar en el paisaje puro del casquete polar.

Viajar a la Antártida es caro siempre, pero hay opciones relativamente accesibles y se pueden contratar como cualquier otro viaje. La opción más fácil es un crucero desde Ushuaia a la península antártica (se necesita un permiso, pero la propia naviera lo tramita). También está la opción del velero, pero solo para estómagos preparados. Los cruceros que salen de Ushuaia recorren solo la península antártica y las islas que la rodean (algunos pasan por las Islas Malvinas y por Georgia del Sur). Lo más habitual es visitar el canal Lemaire, la isla Decepción, la bahía Paradiso y Puerto Lockroy. Con sus paredes cortadas a pico, el canal de Lemaire fascina a los aficionados a la fotografía y a los naturalistas. Bajo un cielo rosa, los glaciares se desploman en el mar. La zódiac pasa junto a un témpano donde toman el sol las focas de Weddell y bordea otro atestado de ruidosos pingüinos papúes; cerca, una enorme foca leopardo duerme la siesta.

En bahía Paradiso es donde los balleneros faenaban a principios del siglo XX, y pese a las dificultades llamaron “paraíso” a esta bahía, probablemente impresionados por los icebergs y los reflejos de las montañas. Hay pingüinos y cormoranes y unas vistas de los glaciares increíbles.

El tercer punto imprescindible en un viaje a la Antártida es el Museo Antártico de Port Lockroy, que visitan todos los que pasan por la restaurada Bransfield House británica, el edificio principal de la base A, construido en Port Lockroy durante la Segunda Guerra Mundial. Tiene una tienda de souvenirs bien surtida y una oficina de correos desde donde enviar postales. Antiguos esquís de madera, el transmisor de radio clandestino de 1944 y el gramófono HMV recuerdan a los exploradores que vivieron durante años en este remoto lugar.

Las noruegas islas Svalbard, el lugar habitado más al norte del planeta

Situadas en el océano Ártico entre los paralelos 74º y 81º N, las Svalbarg son un archipiélago helado en el extremo más septentrional de Europa. Este inquietante desierto de nieve y hielo se incluye cada vez más como destino turístico con un toque de aventura. Las islas no fueron descubiertas hasta finales del siglo XVI, cuando una expedición holandesa que buscaba el Paso del Noroeste se chocó con ellas. Pronto se propagaron las historias sobre aguas repletas de ballenas, morsas y focas. La carrera por las primicias polares continuó y muchos exploradores usaron las Svalbard como punto de partida para llegar aún más al norte.

También pasaron por allí, desde principios del siglo XX, los mineros en busca de carbón a gran escala. Ahora ni unos ni otros: entre los visitantes del siglo XXI predominan los científicos y los turistas, pues ha dejado de ser el destino remoto que era. Aquí lo prioritario es la protección del frágil ecosistema, tal y como recuerda a los visitantes la Sysselmesteren (Oficina del Gobernador): “Es imposible ser un turista invisible, pero agradecemos que lo intente”.

La capital, Longyearbyen, es un sitio interesante, pero la auténtica belleza de Svalbard está fuera de la ciudad, un paraíso para aventuras emocionantes, como conducir un trineo tirado por perros por un valle silencioso y nevado, admirar cómo sobrevive la naturaleza en uno de los lugares más inhóspitos de la Tierra o contemplar las montañas heladas desde un barco que conduce a enclaves cada vez más remotos. Muchas excursiones se quedan cerca de la capital, mientras que otras llegan hasta el Isfjord para observar morsas y colonias de aves marinas. Y hay muchas otras opciones, como esquiar, acampar, conducir una motonieve o simplemente disfrutar del paisaje y la naturaleza desde la comodidad de un barco.

Los amantes de lo extremo pueden ir a Ny-Alesund, la apartada localidad en el extremo sur del Kongsfjorden, que alardea de ser la localidad más septentrional del mundo habitada de forma permanente. Vivió su auge con la minería del carbón a principios del siglo XX, pero la mina ya está cerrada y hoy se dedica en exclusiva a la investigación científica: solo hay 40 residentes fijos, pero es el punto de partida de muchas expediciones al Polo Norte.

Finlandia, escenario en blanco para los sami

Si nuestro espíritu aventurero es limitado, Finlandia es una buena opción: uno de los destinos invernales por excelencia y de los mejor preparados para que todos los públicos disfruten del hielo y la nieve. Estamos en el gran país de los lagos, en la cuna de Papá Noel y en el paraíso de los renos, pero también es un país marcado por el diseño, la tecnología y una naturaleza impactante, donde la magia invernal y las largas noches del invierno dibujan un país completamente diferente al del verano.

El invierno finlandés tiene un encanto especial, con la nieve cubriendo los abetos y los lagos helados. La mejor forma de combatir las temperaturas bajo cero es mantenerse activo. Y para relajarnos, contemplar la aurora boreal, sudar en una sauna de madera o pasar la noche en un hotel de hielo.

Pero decir “invierno” en Finlandia es decir Laponia: el norte del país ha creado experiencias únicas para los visitantes en las que el hielo, la nieve, el frío y, sobre todo, el contacto con el pueblo sami son los principales atractivos. Es imprescindible para cualquier viajero deslizarse por Laponia con un grupo de perros husky bajo el sol invernal en una excursión corta o alargarla para probar una sauna de fuego de leña en plena naturaleza. También se puede hacer un viaje similar pero en moto de nieve.

La capital de los sami es Inari, y muy cerca está el parque nacional de Lemmenjoki, que resulta uno de los mejores lugares para conocer la cultura y las tradiciones sami, empezando por el maravilloso museo Siida. De allí parten excursiones con guías sami para ver renos y comprar artesanía; los beneficios se destinan a comunidades locales.

No es imprescindible montarse en un trineo para disfrutar de la nieve y el hielo: podremos contemplar las auroras boreales en cabañas con el techo de cristal que encontraremos desde Rovaniemi, en el Círculo Polar Ártico, hasta los montes de Levi, Pyhä y Salla, e incluso hasta la región de los lagos en el sur.

Los lagos son otra de las regiones finlandesas donde disfrutar de los inviernos, que aquí son fríos, brillantes y llenos de nieve, con espléndidas vistas de transparentes lagos helados y nieve en abundancia para practicar deportes de invierno en medio del silencio. En esta región están muchos de los 188.000 lagos del país, incluyendo el mejor de la región, el Saimaa: 4.400 kilómetros cuadrados para los aficionados al patinaje sobre hielo.

Aunque la experiencia más popular en el invierno finlandés es, sin duda, la visita en Rovaniemi a Papá Noel o Joulupukki. Según los finlandeses, es originario de la misteriosa Korvatunturi (“La Colina de la Oreja”), en Laponia, pero su residencia oficial durante todo el año es Rovaniemi.

Dos experiencias más: en Pyhä se puede hacer un recorrido guiado en moto de nieve eléctrica, rápido, divertido y sin ruido ni humos, o subirnos a un poderoso rompehielos ártico, el Sampo, un crucero único entre el sonido atronador de más de 3.500 toneladas de acero rompiendo el grueso hielo del golfo de Botnia.

Churchill, el cuartel general de los osos polares en Canadá

Los territorios del Ártico canadiense son salvajes, sin árboles, recubiertos de hielo, con un clima implacable y con una densidad de población bajísima, a lo que se suman osos polares, narvales, ballenas beluga y una población inuit diseminada que apenas ha podido dominar el paisaje y que, por supuesto, los foráneos no consiguieron colonizar.

Para visitar estos territorios extremos, paraíso para los amantes del hielo y los climas extremos, hay que ir hasta Churchill (Manitoba), el cuartel general de los osos polares. Y de aquí a Nunavut, la subdivisión más grande y menos poblada de Canadá: un conjunto de islas deshabitadas y un océano gélido, en el extremo climático y geográfico del planeta. Aquí no es fácil ser visitante: faltan carreteras, el nivel de vida es altísimo, las neviscas son constantes… Pero los que llegan tienen el privilegio de conocer unas comunidades acogedoras, descubrir las maravillas de la naturaleza y poner el pie en un lugar que pocos han pisado antes.

Churchill, en Manitoba, considerada la capital mundial del oso polar, atrae a los visitantes hasta las orillas de la bahía para ver osos, belugas y los infinitos paisajes subárticos. Pero, sobre todo, la gente llega hasta allá para sentirse minúsculo en un ambiente de aventura. Aunque llegan sobre todo en verano: el invierno solo atrae a quienes desean asistir al fantasmagórico espectáculo de las auroras boreales.

En Nunavut damos un paso más hacia el Ártico: la capital, Iqaluit, capital de los inuit, es una localidad ártica colorida, polvorienta y desaliñada, con un espectacular entorno natural alrededor de la bahía y edificios parecidos a los de una base polar. Pero resulta un lugar sorprendentemente cosmopolita. Desde allí se puede dar el salto a la Isla de Baffin, las islas orientales del Alto Ártico, donde están cuatro de los cinco extraordinarios parques nacionales de Nunavut, con condiciones únicas para observar la fauna ártica y caminar por tierras salvajes.

Las cumbres nevadas de los Alpes

Pero no hace falta irse al fin del mundo para quedarse en blanco. La opción más fácil, más popular y más accesible para disfrutar de la nieve y del hielo son las estaciones de esquí. En España tenemos muchas, aunque no siempre está asegurada la nieve. Donde sí suele estarlo es en las cumbres de los Alpes, entre Francia, Italia y Suiza, donde se concentran algunas de las montañas más icónicas y de las mejores pistas de esquí del mundo. Son estaciones que destacan tanto por su paisaje como por la calidad de su nieve y variedad de descensos, y algunas de ellas también por su ambiente elegante y elitista.

Por ejemplo, en torno al macizo del Mont Blanc tenemos un buen entorno blanco en Chamonix, una meca histórica del alpinismo y del freeride. Allí está la famosa Vallée Blanche, un descenso glaciar de unos 20 kilómetros con vistas increíbles, un lugar ideal para esquiadores avanzados y amantes del fuera de pista.

También en Francia, Val d’Isère y Tignes reúnen descensos muy populares en un amplio dominio compartido, con pistas míticas como Face de Bellevarde, olímpica y técnica, o el glaciar de la Grande Motte para nieve segura.

Si nos vamos a Suiza, el top está en Zermatt, dominado por el perfil piramidal del Cervino. Es una de las áreas esquiables más altas de Europa, con esquí y nieve durante casi todo el año, con pistas largas y panorámicas como las del Gornergrat. Y también en Suiza está la meca del glamour blanco, St. Moritz y el Engadin, con sus famosas pistas largas y rápidas en Corviglia, y las vistas abiertas del valle del Engadin. Verbier y los 4 Vallées es una estación famosa por su ambiente deportivo y sus descensos exigentes, como la bajada desde el Mont Fort, con vistas a varios cuatromiles, y con amplias zonas de nieve polvo.

Nos vamos a la vecina Italia, a los Alpes Dolomitas, donde el lugar imprescindible para disfrutar de paisajes blanco es Cortina d’Ampezzo, donde actualmente se están celebrando los Juegos Olímpicos de Invierno. El paisaje aquí es diferente: agujas rocosas y luz rosada al atardecer en un paisaje reconocido por la Unesco. La elegante localidad combina un ambiente sofisticado con entornos espectaculares y una larga tradición alpina. Forma parte del gigantesco dominio Dolomiti Superski, con cientos de kilómetros de pistas conectadas y es famosa especialmente por sus pistas largas y bien cuidadas y los descensos panorámicos en el sector Tofana, escenario de competiciones internacionales.

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