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Siguiendo el rastro de Leonardo da Vinci en Amboise, entre castillos, casas medievales y terrazas a orillas del Loira

El artista e inventor pasó sus últimos días en esta ciudad francesa, donde sus artilugios están expuestos como insólitas esculturas en los jardines del palacete de Clos-Lucé. Y al otro lado del puente del Mariscal Leclerc se despliegan numerosas tiendas y restaurantes que añaden encanto al lugar

Vista aérea de la ciudad medieval de Amboise, en Francia.Giorgio G ( Alamy / CORDON PRESS )

Al llegar a Amboise lo primero que se impone al viajero es el río lento y parsimonioso y el puente que lo atraviesa. Un detalle puede sorprenderle: el Loira se bifurca y pronto comprende que se interpone en su curso una isla —la Isla de Oro (L’Île d’Or)—, que marca la personalidad del río a su paso por esta ciudad. Aparcado el coche, la siguiente visión es el castillo que se alza sobre un risco inmenso, y que domina con su presencia no solo Amboise, sino sus alrededores. La mirada, que ya viene invadida por otros castillos esplendorosos en otras ciudades y parajes cercanos, se somete a esa majestad arquitectónica, que hace pensar en pasados gloriosos. Y ciertamente lo son: de origen medieval, el castillo fue remodelado durante el Renacimiento y sirvió de morada a Francisco I, el rey que convenció nada más y nada menos que a Leonardo de Vinci para que —una vez muerto su protector, Giuliano de Médicis— dejara la esplendorosa Roma por esta pequeña población francesa, donde pasaría los últimos tres años de su vida (1516-1519), alojado en el castillo de Clos-Lucé, que el rey dispuso para él.

Pasada la plaza Michel Debré, que es el corazón de la ciudad, justo debajo de la imponente mole del castillo real —de obligada visita—, se abre la Rue Victor Hugo, llena de tiendas, restaurantes y terrazas abarrotadas a todas horas, y por ella se llega —cogiendo el coche— a la mansión de Leonardo de Vinci, el citado castillo de Clos-Lucé.

La visita anhelada no defrauda en absoluto, pues está toda ella nimbada por el aura del genio, que se trajo consigo su más famosa pintura, La Gioconda, que permaneció con él en esa mansión hasta su muerte. Aunque le costó cinco años de trabajo desde que la empezara en 1503, en Amboise ya no sufrió ningún retoque, porque Leonardo por aquellas fechas ya no pintaba. Fue su talismán, sin duda, y debió de actuar como una profunda compañía, y quizás como un recuerdo de su búsqueda de la pintura por encima de todo, tarea que tanto había significado para él.

Hay dos planos en ese elegante palacete (esta sería otra palabra para nombrar mejor al edificio). Por un lado, los salones y las habitaciones, que recrean los hábitos cotidianos —el descanso, el trabajo en el taller— y, por otro, el inmenso y fantástico jardín. Los dos espacios se ensamblan y crean una impresión unitaria. Desde algunas habitaciones, se podría mirar el extenso jardín, como una forma de acceder al mundo y, con el buen tiempo, se podría pasear por él, exactamente como hace hoy cualquier viajero. Entonces, la visita se convierte en una ocasión para seguir el rastro de Leonardo da Vinci en sus últimos años.

Sabemos que por esas fechas ya no pintaba, pero sí imaginaba proyectos como la creación de rutas acuáticas que salvaran los escollos de los polvorientos e irregulares caminos de entonces por los que se desplazaba el rey y su abundante séquito. Nunca se realizó ese proyecto como tampoco se construyó la ciudad que imaginó en Romorantin, de una elegancia suprema —según los planos—. En cambio, sí parece que es suya la autoría de la escalera de caracol del castillo de Chambord, de un ingenio absoluto, como también lo es el diseño de artilugios varios, a cual más asombroso, como ese león autómata que se desplazaba y, al abrir su pecho, expulsaba cientos de flores para agasajar al monarca.

Al salir al jardín, se pueden ver los numerosos artilugios que ideó expuestos como insólitas esculturas, cada cual más innovadora e ingeniosa, de las que, en ocasiones, hasta hacen uso los niños como si estuvieran en un parque de atracciones. Pero más allá del asombro escultórico, permanece la idea de la utilidad en sí, a veces anticipo de inventos consolidados con el tiempo. Todo lo que alcanza a ver la vista, incluida la paz del instante y la suavidad de las laderas alfombradas, y hasta la aparición de un parsimonioso y altivo pavo real, parece pertenecer al genio, y se produce entonces como una silenciosa gratitud, que es como devolverle la grandeza que se recibe al estar cerca de su espíritu, que, sin duda, no se ha ido nunca de ese lugar.

Pero Amboise sigue su curso y espera, como el Loira. Y entonces volvemos de nuevo a la ciudad como tal, y a su elegancia, con sus casas de distintas épocas en perfecta sintonía, incluidas las que exponen sus nervaduras de madera oscura en las fachadas, con su toque de distinción medieval, a veces en calles estrechas, que recrean ese pasado que palpita en cadencias silenciosas, a las que hay que prestar atención, para que no pasen desapercibidas. En cualquier momento hay que atravesar el puente del Mariscal Leclerc y acercarse a la otra parte de la Isla de Oro, donde resplandece una terraza a la orilla del río que resulta ser un afamado restaurante muy solicitado —Le Shaker— y desde cuyas mesas se ven las aguas creando una especie de murmullo que no alcanza a interrumpir las conversaciones de nadie, puesto que es como una música que acompaña con delicadeza, sin molestar en absoluto.

De vuelta, cabe otra posibilidad, no menos atractiva. Seguir la ciudad por la Rue Nationale, de obligado recorrido, porque también en ella hay numerosos restaurantes, con sus correspondientes terrazas —siempre llenas— y numerosas tiendas, y porque desde ella se accede al espacio donde se despliega una feria que se convierte en una atractiva sucesión de puestos variopintos y de actuaciones musicales que sugieren una cultura selecta en forma de jazz contemporáneo, un aditamento perfecto para impregnarse de sensaciones que se despliegan sin ton ni son, pero que añaden encanto pletórico al lugar, como si fuera el responsable de una fiesta destinada a durar en la memoria.

El retorno obliga a reencontrarse con la Tour de l’Horloge, que es la entrada y salida a esa parte de la ciudad, puro elegante medioevo, o con la sorprendente escultura de Alexander Calder, Le Crinkly, que parece un regalo inesperado. Lo más antiguo —la torre es de 1500— y lo más moderno —la escultura la creó en 1969— conviven, como si alguien hubiera ideado un contraste absoluto que sirviera para conectar distintos momentos de la historia, arquitectura medieval y escultura contemporánea, pasado y presente, temporalidad y eternidad, pues el pasado perdura y vibra y el presente apuesta por esa duración, pues ¿no llegará en su día a ser pura actualidad convertida en historia?

El final parece un sueño, pero no lo es. Desde la habitación del hotel —una casa del siglo XVI restaurada, pero con el aroma de lo antiguo también redivivo en los crujidos de las escaleras (no hay ascensor)— se puede contemplar tranquilamente, ya de noche, el curso parsimonioso del río, y el puente que dormita y la terraza donde hemos cenado, solo reducida a alguna luz mortecina, como si también durmiera. La isla recuerda a una embarcación varada, flanqueada por la corriente. La imaginación vuela, pero no sabe adónde. Contemplar es dejarse llevar por un instante pletórico cuyos frutos se ignoran. Pero una cosa es segura: no ha sido en balde. Amboise regresará, y entonces dará sus frutos.

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