Richmond: el suburbio londinense a la vera del Támesis que ‘Ted Lasso’ ha puesto en el mapa
Un jardín botánico patrimonio de la Unesco, un parque donde los ciervos pasean en libertad, una pinta en un ‘pub’ centenario y una fábrica de amapolas conforman el plan perfecto a solo 35 minutos del centro de Londres


Londres es una ciudad inagotable. Siempre hay algo nuevo y diferente por descubrir. Richmond, uno de sus suburbios más célebres, es prueba de ello. Con una mezcla armoniosa de lo antiguo y lo moderno, sus rincones abarcan desde el siglo XVI hasta la modernidad, dejando ver las huellas de la era industrial. De lo histórico de la monarquía británica o la escritura de Virginia Woolf a la cultura pop de la serie Ted Lasso. La localidad atrae hoy a miles de turistas que llegan motivados por visitar los escenarios principales de la serie estadounidense, sin embargo, quedan conquistados por su atmósfera de campiña inglesa y su sorprendente riqueza natural. Y todo ello situado a solo 20 minutos en tren desde la estación de Waterloo o a unos 35 minutos en metro desde el Big Ben.
Una de las paradas más populares entre los seguidores de la premiada comedia de Apple TV+ es la calle Paved Court, un estrecho callejón de adoquines con pequeñas tiendas, muchas de ellas decoradas con fotografías del elenco y escenas de las grabaciones. En medio de ese colorido entorno se encuentra la única tienda dedicada a vender souvenirs de la serie, ubicada justo frente al edificio del piso ficticio donde vive el entrenador de fútbol. El local da la impresión de ser improvisado y los artículos son de precios altos, sin embargo, es uno de los pocos lugares donde se pueden adquirir objetos para el fandom de Ted Lasso.
Siguiendo la misma ruta que el personaje interpretado por Jason Sudeikis recorre en sus caminatas matutinas, se llega a la esquina emblemática donde se alza el pub The Prince’s Head, con más de 300 años de historia, donde los personajes suelen reunirse. Si bien el interior no coincide con el que aparece en pantalla, el ambiente es el de un acogedor pub británico tradicional, el personal es amable y siempre está dispuesto a responder las preguntas sobre la producción de la serie. Además de la típica pinta y fish and chips, vale la pena probar una sidra de frutos rojos.

Frente al pub se extiende el parque Richmond Green, una pradera abierta que sirve como punto de encuentro para familias, deportistas y vecinos. Aunque pequeño en comparación con el gigante Richmond Park, el Green tiene su propio encanto y representa bien ese espíritu comunitario de este suburbio londinense (que aparece frecuentemente en la serie).

Pero Richmond es mucho más que Ted Lasso. Alberga uno de los tesoros más importantes del Reino Unido: el Real Jardín Botánico de Kew, considerado el jardín botánico más grande del mundo y uno de los cuatro patrimonios mundiales de la Unesco de Londres —junto con la abadía de Westminster, la Torre de Londres y el Greenwich marítimo—. Fundado en 1759 por la princesa Augusta, madre del rey Jorge III, fue de uso de la familia real hasta 1840, cuando se abrió al público. Hoy cuenta con más de 14.000 árboles, 170 especies de rosas y una biodiversidad que supera los ocho millones de seres vivos. En medio de los jardines se erige una pagoda construida de ladrillos rojos en el siglo XVIII; que alcanza más de 50 metros de altura, distribuidos en 10 niveles. Subir sus 253 escalones vale la pena por la vista panorámica del skyline de Londres y la inmensidad del amplio parque.

La escritora Virginia Woolf es otra de los habitantes célebres de Richmond. En una casa ubicada en el número 34 de Paradise Road vivió, de 1915 a 1924, junto a su esposo Leonard, y desde el último piso podía contemplar las copas de los árboles de los jardines de Kew y la pagoda. Esta vista se dice que fue la que le dio el nombre y la portada a su cuento Kew Gardens (1919). Fue en esa casa donde ambos fundaron en 1917 la editorial Hogarth Press, célebre en la historia literaria del siglo XX. La casa se ha vendido en al menos dos ocasiones en la última década. Sin embargo, se puede ver por afuera y se distingue por una placa conmemorativa.

Otro parque y parada obligada es Richmond Park, separado de los jardines de la reina por unos dos kilómetros. Este es el más grande de los Parques Reales de Londres y tiene una historia de más de 800 años. En él viven más de 600 venados, que pasean libremente y los locales aseguran que son inofensivos, siempre y cuando se mantenga el respeto y la distancia adecuada. El parque es inabarcable en una sola visita, lo que no hay que perderse es la plantación Isabella, con una colección de plantas exóticas traídas desde varias partes del mundo. Inunda la vista de colores intensos. Entre los ejemplares más comunes están rododendros, azaleas, camelias, magnolias y algunos árboles ornamentales. Uno de los más especiales es el arce japonés, característico por sus tonos rojos y naranjas.

Richmond tiene la suficiente oferta de áreas verdes y tranquilidad para dar la sensación de estar en un pueblo en la campiña británica, aunque solo lo separen 13 kilómetros del imponente centro de la capital británica. La ribera del Támesis es el complemento perfecto para este paisaje que parece haber sido escrito por Jane Austen en una de sus novelas. Por un camino que se extiende por ambos lados del río se contemplan pequeños botes de varios colores atados a la orilla, cubiertos por anchos y frondosos árboles. Es el sitio perfecto para una caminata tranquila acompañada del ruido de la naturaleza o del murmullo de las terrazas sobre el río, que se concentran en la parte más cercana al centro del suburbio. Un ambiente del Támesis único y completamente diferente al que se encuentra en el núcleo urbano de Londres.
La última parada a explorar en Richmond es uno de sus secretos mejor guardados: la fábrica de amapolas The Poppy Factory, un sitio destacado entre la comunidad, donde se honra a los veteranos de Gran Bretaña y a sus familiares desde 1920. La tradición comenzó después de la I Guerra Mundial. Aquí se fabrican las coronas de flores de amapola, con pétalos rojos y centro negro, que históricamente utiliza la familia real —incluyendo a los reyes— el 11 de noviembre, Día de la Memoria, cuando se conmemora el final de la guerra en 1918. Las visitas no son diarias y se debe reservar, pero vale la pena. El lugar es atendido por veteranos y sus familiares, lo que lo hace la perfecta ocasión para participar en una tradición británica. Además de la historia se puede aprender a hacer tu propio poppy y experimentar el proceso de realización de estas tradicionales coronas.
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