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centros educativos
Opinión

¿Ha dejado la escuela de ser un pilar de la democracia?

En lugar de lamentarnos por los jóvenes que se derechizan y no son feministas, haríamos bien en preguntarnos por nuestro papel en ello

Una clase en un instituto público.Mònica Torres

En los albores de la Edad Contemporánea, la escolarización de masas fue concebida como la palanca que traería al pueblo conocimiento y razón, librándolo del prejuicio y el oscurantismo que se atribuían a la ignorancia y la religión. Paternalismo obvio, pero tenía sentido frente al horizonte parroquial y el dominio eclesiástico. La condición de la democracia era la demopedia (Proudhon), la educación del pueblo. La escuela sería un santuario republicano (Ferry, Buisson) y los maestros sus húsares negros, sus sacerdotes (Peguy, Pagnol, Llopis). En distintas formas, el lazo necesario entre democracia y educación está también en Mann y Dewey, Azaña y Llopis, cabe decir por doquier. Entre nosotros, está implícito en la ley de 1931 y ya explícito en las de 1980 y 1985; sobre todo, se ha tornado central en la hagiografía del magisterio republicano y en la tradición afrancesada del profesorado de secundaria. Educación y participación política se antojan inseparables, bien sea por potenciar las capacidades del pueblo, para moderar sus demandas o, simplemente, porque se conciben ambas como parte de un mismo impulso histórico.

Pero tal relación está lejos de resultar evidente o inequívoca. La mayoría de los regímenes autoritarios y totalitarios han apostado también por la escolarización: piénsese en Cuba castrista, cuya educación y sanidad fueron por mucho tiempo la gran fuente de legitimación, al menos en el exterior; o en la Unión Soviética y, en menor medida, la China comunista. Los totalitarismos de derecha, por su parte fueron más variopintos: el nazismo y el primer franquismo se empeñaron en purgar o demoler el sistema educativo heredado, pero el fascismo italiano y el tardofranquismo permitieron o alentaron su expansión. En realidad, los únicos que nunca han fallado en la apuesta por la educación han sido y son los nacionalismos, pues construir una nación requiere sin falta reconstruir la cabeza de los nacionales, sea para bien o para mal, lo mismo que en revoluciones y contrarrevoluciones. Entre éstas las democráticas que, en sintonía o no con la formación nacional y desde el momento en que asumieron una vocación universal (no en sentido planetario sino territorial: hacia todos… los propietarios, los hombres (varones), los hombres y mujeres (y suma y sigue), apostaron siempre por su educación como futuros ciudadanos.

Las últimas noticias, sin embargo, no son buenas. Es obvio que la democracia no pasa por su mejor momento, como advierten repetidas derrotas ante variados populismos y autoritarismos anti-sistema y certifican, en cascada, los inventarios y diagnósticos más solventes: La Libertad en el Mundo (Freedom House), Estado Global de la Democracia (IIDEA), Matriz de la Democracia (Universidad de Wurzburgo), el Índice de Democracia (The Economist) o el Informe sobre la Democracia (V-Dem), incluidos los más próximos, como el Latinobarómetro o el Barómetro del CIS. Aunque correlación no sea causación, da que pensar el mero hecho de que casi un cuarto de siglo de estancamiento y dos lustros de deterioro de la democracia en el mundo hayan venido a solaparse con la mayor expansión global de la educación en toda la historia, de los noventa a hoy.

Hoy, la fractura económica, social y cultural, y electoral, que polariza nuestras sociedades viene a coincidir, al menos en el norte, con la fractura educativa, en particular con la divisoria entre tener o no estudios universitarios. El sector con educación superior se muestra más partidario de la democracia, lo que puede hacer pensar, de modo algo simplista, que más educación hace a cualquiera más demócrata; pero también, lo que encaja mejor y a la vez con la dualización y la expansión, que la fractura educativa es parte de la fractura social, ambas crecientes, y que la polarización política expresa simplemente la polarización social y educacional. En todo caso, el efecto filodemocrático de la educación no parece muy duradero, y la desafección salta sobre todo al poco de la terminación de estudios, o mejor decir en la transición al empleo y a la vida adulta, con más fuerza entre los varones. ICCS, el panel sobre educación cívica de la IEA, indica que ésta también viene decayendo, como provisión y como resultado, en este siglo, mientras los informes PISA señalan un declive del sentimiento de pertenencia a la escuela entre los adolescentes.

Las instituciones educativas cuentan con tres grandes palancas para sostener la democracia: el discurso, la experiencia y los resultados. El discurso es la más obvia, pero tiene aristas. Está fuera de duda que nuestras instituciones escolares predican la democracia, aunque quizá con distinto nivel de entusiasmo y eficacia. Pero no hay que descartar que lo que en potencia es sin duda pertinente, en acto pueda termina resultando cansino, más si se vive como un discurso formulario o no siempre acorde con la práctica. Las generaciones jóvenes construyen su identidad en buena medida a la contra, sobre todo si perciben inconsistencias en las que las preceden. Las instituciones, como lo es la escuela, tienen un gran poder sobre los institucionalizados, pero también generan su rechazo hacia sí y hacia lo que representan. En lugar de lamentarnos por los jóvenes que se derechizan, que no son lo bastante feministas, etc., haríamos bien en preguntarnos por nuestro papel en ello.

Las experiencia escolar resulta pertinente aquí en dos aspectos. El primero es en qué medida prefigura o no una experiencia adulta democrática –o, en un sentido más amplio, sujeta a la ley, liberal, democrática y social, los cuatro aspectos que definen un Estado de derecho, liberal, democrático y social. Por supuesto, ad usum delphini, adaptados a la escuela: normas claras y cumplidas por todos (empezando por centros y profesores), espacios de libertad individual, experiencias de decisión colectiva y apoyo a los alumnos en desventaja. La escuela lo asume, cómo no, pero es más que dudoso que lo cumpla.

El segundo es la convivencia como ciudadanos iguales, al margen y por encima de las grandes divisorias sociales: clase, género y etnia/ciudadanía. No es posible que cada escuela sea una muestra estadística de toda la sociedad, pero sí que contenga un poco de todo, que en ningún caso sea un gueto ni una burbuja. El único logro claro es la coeducación de ambos sexos, la segregación étnica está oficialmente descartada, la escolarización es un derecho universal (no sólo ciudadano) y la mezcla de clases sociales es muy limitada. Mas no cabe ignorar las interacciones: la segregación étnica, que nunca se fue, entra por la puerta trasera por el solapamiento de la etnia con la clase y el territorio informal, lo mismo que la extranjería; la segregación de clase se apoya en la distribución territorial, la triple red escolar y el muy dispar capital cultural y académico familiar; la coeducación, imprevisto y paradójico pero obvio, apuntala una homogamia que, a su vez, reforzará la segregación y reproducción de clase. En un país que ha abolido el servicio militar y social, ha desertado del templo y permite la segregación escolar, no va a quedar otra experiencia en común que el fútbol… que no es mucho.

Por resultados, en fin, me refiero aquí a los efectos posicionales, a la distribución de las oportunidades de continuación de estudios y/o de acceso al empleo. Cuanto más dispar sea, y más claro el aumento de la disparidad, menos verosímil resultará la comunidad de intereses que debe sustentar la democracia. La ideología (pseudo)meritocrática cada vez más potente según la cual la educación ofrece a todos la oportunidad de alcanzar su sueño y su pasión, encontrar su talento, desplegar su potencial, etc. (añádase cuanta cháchara se quiera), reconforta a quienes cayeron en la familia adecuada al nacer, pero insulta a quienes no tuvieron esa suerte (y lo mismo si fuera una lotería genética que si es abrumadoramente social). La brecha rampante en oportunidades vitales, recursos económicos y condiciones de vida se asocia cada vez más estrechamente a divisorias escolares como la no titulación obligatoria, el abandono prematuro, los disparidad de títulos superiores, la escolarización privada o la ampliación de estudios en el extranjero. Si esta brecha fuese limitada y con un suelo adecuado para los menos afortunados, estos probablemente aceptarían su suerte, incluso con demasiada generosidad, como en la posguerra occidental o tras la transición española; si ese suelo desciende y se llena de agujeros mientras los afortunados vuelan sin límite ni escrúpulo, el tejido social y el sentimiento de comunidad, simplemente, se rasgan. Que los más y mejor educados sean más liberales, demócratas, etc. no implica que sea ése el efecto neto total del sistema educativo.

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