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El miedo a la escasez agrieta la adicción global al petróleo

Los altos precios en los refinados, la escasez de barriles y una incertidumbre que paraliza las compras contraen el consumo ante el mayor choque de oferta de la historia

La refinería Bajo Grande de Petróleos de Venezuela SA (PDVSA) en el Complejo Refinería Paraguaná, en el lago de Maracaibo.Gaby Oraa (Bloomberg)

El mercado energético global se enfrenta a lo que los economistas denominan una destrucción de la demanda, que es una contracción persistente del consumo de petróleo provocada por un fuerte incremento de precios y falta del recurso. La Agencia Internacional de Energía (AIE) ya ha ajustado esta semana sus previsiones, en las que contempla una inminente contracción en el consumo del oro negro. En la coyuntura actual, marcada por la guerra en Irán y el cierre del estrecho de Ormuz, la agencia estima que la demanda podría contraerse en 80.000 barriles diarios este año, lo que evidencia un ajuste estructural en respuesta a un entorno de escasez y costes elevados.

Este escenario se explica, en primer lugar, por el agotamiento del colchón de inventarios que hasta ahora había camuflado la gravedad del choque; mientras el mundo utilizaba crudo de reserva, el impacto era teórico, pero la caída de 205 millones de barriles en las existencias fuera del golfo Pérsico durante marzo indica que la industria y los hogares se verán obligados en breve a enfrentarse a un mercado donde el crudo físico —el barril real, no el brent, que es una referencia de precio en los mercados— ha llegado a los 150 dólares por barril.

Como explica Inés Cardenal, portavoz de la Asociación de la Industria del Combustible de España (AICE), el mercado no solo reacciona al precio, sino “a una grave crisis de suministro donde el miedo a la falta de producto —especialmente de derivados como el queroseno— impulsa a los gobiernos a recomendar medidas de ahorro y teletrabajo“, tal como ha planteado Bruselas esta semana. El temor a una escasez se ve alimentado por un cambio en el sistema de refino. Mientras Europa perdía capacidad, se construían megarrefinerías en Oriente Medio que ahora, debido al conflicto con Irán y el estrangulamiento del estrecho de Ormuz, dejan de abastecer al mundo de productos críticos como el queroseno o el gasóleo.

El segundo factor que explica la caída en la demanda es la desconexión entre el precio del crudo y el de sus derivados, donde la presión sobre la industria es más intensa. Los márgenes de refino se han ampliado temporalmente, impulsados por el encarecimiento de productos como el GLP o el combustible para aviación, cuyos costes han superado la subida del propio barril. Para los consumidores industriales, sin embargo, el valor más importante no es el del crudo, sino el de estos insumos. En regiones como Asia, los productores petroquímicos ya han comenzado a recortar sus tasas operativas ante unos precios que resultan prohibitivos, lo que supone un ajuste que podría extenderse al conjunto de la cadena industrial.

A esta dinámica se suma la propia incertidumbre. En entornos de elevada volatilidad como la actual guerra, la elasticidad-precio de la demanda tiende a reducirse, ya que empresas y consumidores retrasan sus decisiones de compra ante la falta de certezas. Cuando finalmente se produce la compra, lo hace de forma más abrupta, amplificando el impacto de los precios sobre la actividad económica. Raymond Torres, director de coyuntura de Funcas, añade que este escenario incentiva esfuerzos de eficiencia y sustitución energética que, si bien requieren tiempo e inversión para consolidarse, pueden llegar a desplazar el uso de combustibles fósiles por alternativas más competitivas, como las energías renovables.

La última vez que la economía sufrió un episodio similar de destrucción de demanda fue en 2020, pero por motivos muy distintos, pues fue consecuencia de un cese de actividad obligado por la pandemia. En ese periodo, la movilidad se detuvo, pero la oferta de petróleo era tan abundante que de hecho los precios llegaron a caer. En la actualidad, por el contrario, el ajuste responde a una escasez física real, con más de 13 millones de barriles diarios de exportación fuera del mercado. Al respecto, Cardenal insiste en que incluso si la guerra termina ahora, la recuperación del suministro no sería instantánea debido a la destrucción de infraestructuras y la complejidad logística del sistema energético.

En el caso de España, la situación es un poco distinta. Cardenal detalla que gracias a la fuerte inversión llevada a cabo entre 2008 y 2012, el sistema de refino nacional dispone de una flexibilidad poco común en Europa, lo que permite procesar crudos de múltiples orígenes —desde América hasta África— y mitigar parcialmente la dependencia de Oriente Medio. Además, las instalaciones facilitan maximizar la producción de destilados medios, cubriendo una buena parte de la demanda interna de productos como el queroseno. Esta ventaja relativa no elimina los riesgos del entorno global, pero sí proporciona un mayor margen de maniobra frente a otros países europeos más expuestos.

Los analistas insisten en que es pronto para saber cuánto tiempo durará este ajuste en la demanda. Sin embargo, Manuel Hidalgo, economista de EsadeEcPol, insiste en que no es una pérdida definitiva sino una decisión estratégica de los compradores que cuentan con reservas. En su opinión, no tiene sentido financiero para una empresa o un gobierno adquirir grandes volúmenes de crudo en el pico de un choque geopolítico si existe la expectativa de que el conflicto termine pronto y que el barril pueda comprarse más barato.

Al analizar la magnitud de la crisis, Hidalgo rebaja la tensión al poner los precios en un contexto histórico ajustado por la inflación. Argumenta que los precios actuales no representan una situación de emergencia extrema ya que, en términos reales, equivale aproximadamente a los valores de hace cinco años. “Desde esta óptica, el mercado no se ha dejado llevar por una especie de locura especulativa, sino que muestra una subida moderada y razonable dada la incertidumbre actual”, precisa.

Además, el golfo Pérsico ha perdido importancia estratégica en los últimos años frente a la irrupción de productores de energía como Estados Unidos y Canadá, o el retorno de Venezuela al tablero internacional. Esto implica que, aunque el estrecho de Ormuz sigue siendo vital, el mundo ya no depende de esa única arteria para el abastecimiento de petróleo.

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