El LACMA estrena su mayor ampliación: 20 años, 700 millones y toneladas de cemento para un “museo de las culturas”
El arquitecto suizo Peter Zumthor es el autor de las David Geffen Galleries, que acogerán la colección permanente del museo, la más grande del oeste de Estados Unidos


Han hecho falta casi 20 años de esfuerzos, toneladas de cemento, 724 millones de dólares, echar abajo edificios y cambiar el paisaje urbano de una ciudad para, finalmente, dar por inaugurada la mayor y más ambiciosa obra cultural de Los Ángeles de los últimos años: la ampliación del LACMA, el Museo de Arte del Condado de Los Ángeles, el principal museo de obras de arte del oeste de Estados Unidos, la mayor colección de este lado del Misisipi. Una inmensa mole de cemento, una hercúlea ameba, serpentea ya en el corazón de la segunda ciudad más grande del país, para acoger parte de la inmensa colección permanente, antes guardada en almacenes, que ahora disfrutarán su millón de visitantes anuales, probablemente, multiplicados.
La apertura de esta ampliación, bajo el nombre de David Geffen Galleries —el productor de música, cine y teatro, cocreador de DreamWorks, gran patrono de la ciudad y que ha donado 150 millones para el proyecto—, es el gran evento cultural de la ciudad este año y tiene lugar por fin el domingo 19 de abril, tras una gran cruzada de su director, Michael Govan, por llevarla a cabo durante los últimos 20 años. Él eligió personalmente (y no sin críticas) al arquitecto de la obra, el suizo Peter Zumthor, ganador del premio Pritzker, que jamás había construido nada de tal envergadura.
Pero ahora, el edificio no es solo parte del museo, sino quizá su atractivo principal para la visita. Situado en el bulevar Wilshire, arteria de la ciudad, está perfectamente flanqueado por el parque La Brea, que muestra los orígenes geológicos del asentamiento, y por el Museo de la Academia de Cine, que es su corazón económico, social y cultural. Ahora, el nuevo LACMA y sus 32.000 metros cuadrados compartirán espacio con ellos.
En la presentación para la prensa, el miércoles, en un multitudinario acto bajo la sombra de la mole de cemento, Govan se mostraba emocionado y dicharachero. Sabe que lo que ha logrado es un hito en la historia artística de la ciudad. No solo por el contenido, donde podrán verse casi 3.000 obras de arte, sino por el continente. El edificio de Zumthor —ganador del Pritzker en 2009— dialoga con la ciudad y está pensado por y para ella: es capaz de moverse hasta metro y medio, por si hay un terremoto (o, más bien, para cuando lo haya).
En un lugar carente de espacios públicos y de recreo, el nuevo LACMA completa esa milla museística y ajardinada, donde a menudo los angelinos hacen picnics, juegan con sus hijos o escuchan jazz en directo. Las flamantes Galleries serán parte de ello, con sus esculturas de Alexander Calder, Ai Weiwei y Jeff Koons (realizada con plantas nativas californianas); con sus Rodin sobre el césped; con su centro educativo gratuito para niños y familias; su cafetería (auspiciada por Erewhon, uno de los supermercados más caros del condado); con ese concepto de que el edificio, con dos larguísimas escaleras que llevan a la galería diáfana de la planta superior, no tiene puerta principal ni parte de atrás: nadie estará nunca a su espalda.

“La idea era hacer un museo sin jerarquías, con la transparencia de poder ver Los Ángeles”, explicaba Govan, que empezó a poner en marcha el proyecto en 2007. Si la inmensa galería es de cemento en su base, en su parte superior es transparente, acristalada, aunque en ciertas zonas tapada por unas cortinas grisáceas de poliéster, no solo poco estéticas, sino que, aunque protegen ciertas obras, nublan esa visión de palmeras y luz, tan californiana. Govan afirmaba que parte del plan era ese, “espacio para merodear sobre el parque, entre la foresta”.
Zumthor ha realizado el proyecto junto al prestigioso estudio de Chicago SOM (Skidmore, Owens and Merrill) en una obra de casi seis años de duración para la que se han eliminado otros edificios de la zona, no sin polémica. Todavía se están terminando los remates. Además, el vecino parque La Brea cerrará próximamente para una renovación de cara a los Juegos Olímpicos de 2028. Las galerías, aunque parezcan todavía en construcción por el cemento de las paredes de las que cuelgan desde obras de Rubens a Matisse, de alfombras persas hasta arcos de abadías francesas, ya están listas. Las obras se mezclan, se juntan, en un espacio donde apenas hay paredes, de manera más temática, o como solía llamarse, en un “museo enciclopédico”. La intención: el pensamiento, el diálogo, hacerse preguntas.

“Ese término de museo enciclopédico es particular de Norteamérica. No hay museos enciclopédicos en España, ni en México, ni siquiera el British Museum, con arte de muchísimas regiones”, explica Diana Magaloni, directora adjunta del LACMA y responsable de conservación, a este diario. La mexicana, exdirectora del Museo Nacional de Antropología, cuenta que “los museos enciclopédicos nacen con una ambición de contener el conocimiento del mundo, contener las colecciones del mundo para un público norteamericano, que no vive en Europa, y poder mirar el mundo desde aquí con ambición de educar”. Por ello, este museo es una mezcla de todo, de arte griego antiguo casi pegado a otro africano contemporáneo; de jarrones de Kioto del siglo XXI que se dan la mano con pinturas holandesas de hace más de 800 años, con fotografías de gran formato o con momias egipcias del siglo I.
“Es más bien un museo de las culturas”, reflexiona. “Un museo global. Y esta es una ciudad, creo, la más multicultural que existe, y la quinta economía del mundo”, apunta, en referencia a California. “Y nos debemos a esa ciudad”. Para ella, la llegada de las David Geffen Galleries, el museo de Zumthor, las nuevas 3.000 piezas, su unión con la ciudad, refrescan y mejoran a Los Ángeles como nuevo foco artístico. “Esto hace que se eleve como una importantísima potencia cultural. Es cierto que muchísimos artistas contemporáneos se han mudado desde Nueva York; hay mucho arte contemporáneo nuevo y muy, muy osado”.

Como la mole urbana multicultural que es, y con casi un 50% de población latina, hay una fuerte presencia de los migrantes. Dos artistas mexicanos tienen dos poderosas obras en el edificio, en la plaza pública que lo rodea. El escultor Pedro Reyes ha traído desde su taller de Coyoacán una enorme cabeza de piedra volcánica, Tlali, de 80 toneladas de peso. Por su parte, Mariana Castillo ha sido la responsable de dar forma al suelo de todo el conjunto. Una obra de arte de más de 19.200 metros cuadrados llamada Feathered Changes (Cambios emplumados) que ha creado durante dos años junto a más de un centenar de trabajadores mexicanos de Los Ángeles. Con formas creadas con rastrillos y huellas de animales del condado impresas, de coyotes a correcaminos, podrá ser disfrutado por todos los que acudan al LACMA, pagando entrada o no.
“En este momento político en el que hablamos tanto de territorio, de migración, de orígenes, creo que tiene aún más significado que haya podido realizar esta pieza junto con un arquitecto suizo en un museo en Los Ángeles, y con hermanos mexicanos”, relata Castillo, durante un encuentro con EL PAÍS y varios patronos de las artes auspiciado por el cónsul de México en Los Ángeles en honor de ambos artistas, en lo que este llamaba “un día muy importante para la cultura mexicana”.
Para Castillo, la obra es algo personal, la mayor de su carrera, y habla del paso, de la importancia de lo que pisamos, de quienes llegan antes y después de nosotros. “También de nuestros cuerpos, de cómo dejamos marcas en los lugares que habitamos. Pueden ser sutiles, pueden ser definitivas, pero ahí están”, explica a este diario, con el que también reflexiona sobre su papel como artista: si durante siglos muchos artistas han creado murales y tapices en paredes y frescos en los techos, ella ahora interviene el piso. “Ahora digo que soy una artista pisista, o algo así, como una nueva categoría”, ríe. “Me interesa enseñar esa superficie horizontal sobre la que caminamos”.

Como explicaba la vicedirectora Magaloni sobre el museo, cuya colección está compuesta, en su mayoría, de donaciones privadas, las obras, su disposición y su planteamiento son muy distintos de museos más clásicos, ya sean europeos o estadounidenses, como el de Arte de Filadelfia, el Instituto de Arte de Chicago o el Met neoyorquino. “Nosotros no tenemos una colección comparable con el Prado. Jamás la tendremos”, reconoce la responsable. “No es un museo nacional, ni un museo imperialista, como el Louvre o el British. Tenemos una colección que tiene muchos huecos, no tenemos todo. Tenemos dos Rembrandts“.
Aquí todo se une e intercala, a veces en una conversación que resulta natural; otras, con dificultades para entenderse, buscando incomodar. Pero es que, como cuenta la conservadora, el arte también implica no solo esa antigua denominación de enciclopedia, con entradas al saber, sino hacerse preguntas. “Creo que hay que confiar en el arte por sí mismo. Su presencia tiene poder de comunicación. Las preguntas son mitigadas por la belleza del lugar. Es una experiencia que produce admiración”.
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