De luto
Los carnavales, ya se sabe, son en febrero. Para marzo vendrán las Fallas de Valencia, y luego la Feria de Abril, los sanfermines, la fiesta del bollu y cuantas se celebran en este país con motivo de la siembra o la recolección, en honor de sus santos patronos o aprovechando la feliz circunstancia de que el Pisuerga pasa por Valladolid, que todo vale para divertirse. Bueno, a lo mejor no vienen. En algunas poblaciones no quieren sus ediles que haya carnavales, en señal de luto por la guerra del Golfo, y si el ejemplo prende y la guerra sigue, tampoco se celebrarán las restantes fiestas.Quizá los ediles se hayan quedado cortos y no baste con que suspendan carnavales. Quizá deban disponer también el cierre de bailongos y cines, y que los ciudadanos vistan de negro, y que no rían ni canten (excepto misereres), y que la ciudad entera sea un gran funeral.
Los ediles entienden que una población no puede hacer fiesta mientras ejércitos occidentales permanecen en pie de guerra. El conflicto del Golfo está cambiando la mentalidad del mundo en general y la sensibilidad de muchos ediles en particular. Porque hasta hace dos semanitas mal contadas no eran tan escrupulosos. Hasta hace dos semanitas mal contadas (y ahora mismo, y siempre), cada día miles de niños morían de hambre, de enfermedad y de miseria, y a ningún edil se le ocurría guardarles luto.
Bien es verdad que ahora ha entrado en guerra el mundo occidental, flor y nata de la especie humana, mientras los niños que sufren y mueren en la miseria son la parte pútrida de la especie, ruinitas que apenas abren sus ojillos a la vida y ya están lamentando haber nacido, sucesos lejanos, dramas abstractos. Y ni los ediles ni nadie guardan luto por cuestiones abstractas, lejanas, pútridas. Ya lo dice la sabiduría popular: a quien Dios se la dé, san Pedro se la bendiga. Sobre todo, si no tiene dónde caerse muerto.
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