Alcaraz abruma a Fils y prorroga en Doha su marcha triunfal
El número uno cede solo tres juegos ante el francés (6-2 y 6-1) y se corona en 50 minutos. Es su segundo trofeo en un curso en el que, por ahora, lo ha ganado todo


Doha corona este sábado a Carlos Alcaraz, un campeón imponente y con mayúsculas al que nada ni nadie le detiene en este nuevo curso que, hasta la fecha, se traduce en un monólogo. Es él, y luego el resto. Novak Djokovic sucumbió a la lógica en el desenlace de Melbourne, Jannik Sinner no termina de estar del todo fino y en la final del emirato, el francés Arthur Fils salta a la pista como un cubito de hielo expuesto al sol desértico: en un abrir y cerrar de ojos, se deshace. Apunta maneras el galo, pero ya sea por la tensión o por el mero hecho de divisar al número uno al otro lado de la red, cae sin remisión. Desmorone absoluto. Sencillamente, no hay duelo: 6-2 y 6-1, en 50 minutos.
Paradojas de la vida, el último episodio del torneo resulta el más plácido de todos para Alcaraz, al que le basta con activar el piloto automático para rematar otra semana estupenda que contribuye a abrillantar su palmarés y, por encima de todo, a afianzar su condición de líder de un deporte completamente partido en dos. Hoy por hoy, muy previsible. Lo describía el checo Jakub Mensik, otro de esos jóvenes que aspira aunque sea a incomodar. Así es, a incomodar: “Después de ellos [Alcaraz y Sinner], no hay nadie. Y luego estamos el resto…”. Por ejemplo, Fils, una promesa de 21 años y devorada esta vez por los nervios nada más pisar la pista. No hay color, no hay miga, no hay debate alguno. Recital.
En consecuencia, el español canta el segundo bingo del año, después de haberse coronado el día 1 en el Open de Australia, y añade otro trofeo a una estantería que más pronto que tarde, deberá ampliar. A sus 22 años, el de El Palmar recuenta ya 26 títulos, a solo uno de David Ferrer —con 26, tercero en el escalafón histórico del tenis español— y únicamente por debajo de Djokovic entre los tenistas en activo; ahora, dos laureles más que Sinner (24 años) y Alexander Zverev (28). Pero más allá de cifras, estadísticas o premios, los últimos tiempos transmiten una sensación de acelerada madurez. Él no crece, él centellea.
Desde la pasada primavera, Alcaraz ha ido incorporando un plus de competitividad, eficacia y regularidad —“consistencia”, incidía él cada vez que respondía— que hoy día compromete al resto sobremanera. Lejos quedan ya los despistes, aquellos devaneos que le zancadilleaban en mitad de los partidos, y su tenis abraza ahora una versión total que imposibilita poder seguirle el ritmo. Tan solo Sinner, al abrigo de su hábitat favorito, la pista cubierta, ha podido rebatirle en pista dura desde el último verano. Allí, en Nueva York, el salto de Alcaraz fue exponencial y se prolonga en esta nueva temporada que simboliza la etapa más dominante hasta ahora. Su efectividad se ha multiplicado.
Una propuesta abrumadora para un competidor todavía demasiado tierno como Fils, a cuyas palabras de la noche anterior —“confío al cien por cien en mí”— no les corresponden los hechos. Rotura de entrada en el primer parcial, otro tanto en el segundo (raqueta partida al tercer juego) y menos de una hora para resolver la final. Apenas un par de suspiros. El francés, de vuelta tras haber lidiado con una lesión de espalda durante los ocho últimos meses, se le funde el ánimo nada más comprobar en los primeros pelotazos que poco o nada tiene que hacer. Era la primera vez que Alcaraz se enfrentaba a un rival menor que él en un epílogo, y la sensación es que entre uno y otro (2003 y 2004) no media solo un año, sino dos o tres edades tenísticas.
Un par de intercambios hermosos y reñidos. El resto, un simple paseo del español, prácticamente incontestable con el servicio —cinco puntos de concesión— y espléndido otra vez en términos de maniobrabilidad, control y desempeño en la red. Frente a las dudas y el escepticismo lógico que pudiera generar su abrupta separación con Juan Carlos Ferrero, el murciano contrapone de la mano de Samuel López un tenis poderoso, creativo, disfrutón y totalitario, transmitiéndoles a los demás un mensaje diáfano: el abanico de recursos es tan rico, tan excepcional y tan genuino que de un modo u otro, terminará saliéndose con la suya.
“No ha sido mi día”, admite Fils. Lo intentó Karen Khachanov dos días antes, pero la exigencia le fundió tras el primer set. Probó con fe su compatriota Andrey Rublev, también resignado. Y lo festeja una vez más Alcaraz, que al pleno de Melbourne le suma este otro de Doha y que con 12 triunfos y dos premios más en el currículo, asomará en la gira norteamericana sobre cemento —Indian Wells y Miami, a partir del día 4— como el hombre a batir. Hace un año se marchó de morros —apeado en los cuartos de final— y ahora sonríe: es su octavo ATP 500, uno menos de los que cosechó Andy Murray. Se lo pasa pipa el escocés viéndolo por la televisión: si nada se tuerce, hay diversión para rato.
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