Alcaraz pone el último clavo en la tumba del viejo mundo
Cómo de grande habrá sido la rivalidad entre Federer y Nadal para que a Djokovic, el mejor de la historia, no le haya bastado ganarles: ha tenido que sobrevivirles


Cómo de grande habrá sido la rivalidad entre Roger Federer y Rafa Nadal para que a Novak Djokovic, mejor tenista de siempre, no le haya bastado ganarles: ha tenido que sobrevivirles. Ha tenido que vivir lo suficiente dentro de una pista para que el mundo entero, ahora sí, reconozca su historia de épica y grandeza, para que las gradas coreen su nombre, para despojarse de la etiqueta de incómodo invitado a la fiesta entre Federer y Nadal con la que empezó y arrogarse la de mejor campeón de la historia con la que acabó. No es extraña su educada estupefacción al escuchar de boca de un periodista que había sido un perseguidor de Nadal y Federer y ahora de Sinner y Alcaraz: como preguntarle a Messi qué se siente persiguiendo antes a Ronaldinho y ahora a Lamine Yamal. “Algo pasó en medio”, vino a contestar Nole. Para reconocer la gravedad de eso que pasó en medio ha tenido que llegar casi a los 39 años y derrotar a cinco sets, en un partido legendario, a una máquina casi invencible 14 años menor: Jannik Sinner. Ha tenido que presentarse en una final en la que ya nadie lo esperaba. A Djokovic nunca se le espera y siempre es el último en irse.
El serbio, que ha escrito su historia en ATP durante 22 años, jugó su primera final (que ganó) en Australia hace 18. Derribó los pilares de su mundo, el viejo, sostenido por una de las mejores rivalidades del deporte, y es el único capaz de amenazar los pilares del nuevo, donde se ha instalado otra rivalidad similar. Asusta la carrera del serbio. Entre su primer Open y el último, te ha dado tiempo a tener un hijo y que ese hijo conduzca un coche. En términos de deporte de élite, donde las diferencias son mínimas y sutiles, asumir esto es casi insostenible. Insostenible asumir que Djokovic siga aquí, a los pies de la cama de sus rivales, dominando dos generaciones de tenistas en su esplendor.
Menos a uno: Carlos Alcaraz. El brillo de Alcaraz es, hoy, cegador. Es un hombre jugando el tenis del futuro y algo aún más valioso: divertiéndose él y divirtiendo a los demás (incluso al caballeroso Djokovic, que sonrió un par de veces por el ingenio del murciano). Decía Álvaro Benito en Eurosport que el partido que Djokovic estaba haciendo contra Sinner era un canto de amor al tenis. Apreciación que se extiende a la carrera de Alcaraz, que a los 22 años tiene una colección de puntos de galería que hace querer este deporte, lo sublima, lo llena de alegría y asombro; es imposible no amar el tenis viendo a Carlos Alcaraz con una raqueta en la mano.
Dejadas para acercar al rival a la red y estamparle una volea, derechas monstruosas, ángulos, passings y muchísima pierna, muchísima carrera a pelotas milagrosas que levantan al público. Velocista, maratoniano, bateador. Y con una mente que recuerda a la leyenda que lo observa, con gesto de aceptación, sentado en la grada detrás de él: Rafa Nadal.
Hay un puñado de tenistas que pueden meter mil bolas pegadas a la línea, pero sólo hay dos en activo que puedan meterlas en un quinto set, con un punto de partido en contra o a favor, mediante un golpe ganador. Sin que el brazo se encoja lo más mínimo y sin que la confianza se resquebraje antes un poco. Y los dos acaban de jugar en Melbourne.
Ganó Alcaraz porque supo leer mejor el agotamiento de Djokovic, porque se repuso del pasmo del primer set, donde el serbio jugueteó, a derechazos, con la puesta a punto de Alcaraz, que tardó en entrar en combustión, que necesitaba uno de esos puntos que agitan al público y a él mismo, gritando “vamos” y llevándose la manita a la oreja, como una señal de que todo empieza a ir bien.
Y fue. Rebasó a Djokovic en el segundo, el tercero y el cuarto y lo hizo, mira que era complicado, minando la confianza de Nole en su cuerpo, en su energía, en sus piernas. Llegó Alcaraz a bolas que no hubiera sido grave perderlas y lo hizo para exigir a Djokovic seguir corriendo y pegando; y cada punto que Djokovic tenía ganado y lo perdió, era un misil a su confianza. Si uno tiene que elegir con cuidado los esfuerzos físicos que derrocha y la potencia que demanda un punto, y lo pierde porque al otro lado hay una termita mordiéndote las piernas y la cabeza, el cuerpo se resiente. Si el cuerpo se resiente, las bolas ganadoras se mueven unos centímetros, se cantan malas; las piernas obedecen menos, las dejadas y los ángulos las trituran.
Y Alcaraz, listísimo, se coló por ahí, por esa falla, para desplegar lo habitual, recursos ilimitados. Distrayendo el golpe hasta el último momento, subido el tenista inexpugnable a un show inconcebible que da todo lo que promete a la entrada. Es un circo fabuloso, pero el circo de un ganador escribiendo, como escribió Djokovic la suya, su propia historia asombrosa. Que también es la historia de amor de este país con el tenis.
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