La grandiosidad de Djokovic descabalga a Sinner del Open de Australia
El serbio vence al italiano en un duelo de más de cuatro horas (3-6, 6-3, 4-6, 6-4 y 6-4) y aspira a lograr su 25º grande, 11º trofeo en Melbourne, en la final con Alcaraz


¿Pero qué necesidad?, dirán algunos. Muy simple: por esto.
“¡No-le, No-le, No-le!”. Brama la central de Melbourne a la una de la madrugada y una leyenda contiene la emoción. Unos minutos antes, cuando se disponía a servir para cerrar el partido, se santiguaba y apretaba los dientes. Un último esfuerzo. Ahí está. Cede Jannik Sinner, se rompen absolutamente todos los esquemas —el italiano había ganado las dos últimas ediciones y los cinco últimos duelos contra él— y se confirma por fin el cartel para la gran final del domingo (9.30, Eurosport) tras un viernes volcánico y maratoniano. “Es surrealista...”, dice Novak Djokovic. Y no le falta razón. En mayo cumplirá 39 años.
Frente a la aplastante lógica de la edad, el serbio propone un triunfo memorable y hasta cierto punto irracional, teniendo en cuenta el contexto y las circunstancias. Roger Federer lo dejó hace cuatro años y Rafael Nadal hace dos, ambos con el trabajo de sobra hecho. Sin embargo, a él todavía le aguanta el cuerpo —hay días y días, pero resiste— y dice sentir que todavía puede, que de lo contrario ya se hubiera retirado a casa. “Conservo la pasión y la motivación”. Los hechos hablan por si solos. Independientemente de lo que suceda en el desenlace, Djokovic reincide y subraya su grandeza.
Exhausto, habla después de remontar (3-6, 6-3, 4-6, 6-4 y 6-4, tras 4h 09m) a un tenista 14 años menor. “He jugado cuatro horas y me ha recordado a aquella final contra Rafa, aquí, en 2012, aunque esa duró casi seis [5h 53m, la más larga de la historia]; pero, por la intensidad con la que hemos jugado, me viene a la cabeza”, señala el balcánico, el competidor entre los competidores en esto del tenis. Más que meritorio lo de contener el juego eléctrico del transalpino, incómodo durante gran parte de la velada. Tras un arranque firme y una reacción inmediata a la réplica del serbio, termina cayendo en la encerrona.

Nole se ha puesto el traje de las grandes noches y le aborda con inteligencia, con argumentos, con todo. Echa el resto. “Dije que sería muy difícil, pero no imposible. Dije que tendría que jugar a otro nivel, y lo he conseguido”, concede a pie de pista el vencedor —citado dentro de dos días con Carlos Alcaraz—, a la vez que la sonrisa insinúa ya las arrugas del rostro. Llegó hace más de 20 años a la élite y dejó su primera pisada en 2008, en Australia. De entonces aquí, 24 grandes, 10 de ellos en Melbourne. No ha perdido una sola final en su pista. Y agradece a su gente: “Las entradas de hoy han valido la pena”.
Las matemáticas
Señor recital el que ha ofrecido previamente, reponiéndose y contragolpeando, defendiéndose con acierto en 16 de las 18 oportunidades que ha dispuesto el adversario para romperle el servicio. Paliducho, Sinner (24 años) ha ido perdiendo color conforme veía que no conseguía rendirle y finalmente, cae en esa vieja tela de araña que a tantos ha atrapado. Obliga siempre el serbio a las matemáticas, ganador esta vez pese a haber arañado 12 puntos menos que el italiano, campeón este de las dos últimas ediciones. Se va cabreado y con un trasquilón de 1.200 puntos en el ranking. Se aleja más de Alcaraz.

Él y los litigios a cinco sets, causa de preocupación. El historial refleja que se ha hecho con tan solo seis de los dieciséis que ha disputado, y el cronómetro también le señala; ha perdido los nueve que ha jugado cercanos a las cuatro horas —en concreto, a partir de las 3h 50m—. “Sí, duele mucho. Y así todavía más. Este torneo era muy importante para mí”, admite. “Tuve muchas oportunidades que no supe aprovechar. Él se sacó tiros increíbles. Quise arriesgar en ciertos momentos e intenté hacer un par de cosas distintas, pero no funcionaron. Así es el tenis”, remacha. En menos de ocho minutos despacha las preguntas.
En ese instante, Djokovic ya se ha reunido con los miembros de su equipo y, al igual que Alcaraz, mira directamente al reloj. Cada segundo importa para él. Dispone de un día de transición. Está feliz, pero incompleto. Entre él y el 25º major hay una sola estación. “Esto ya suena como si hubiera ganado, pero en un par de días lucharé contra el número uno del mundo, y mi deseo es jugar de tú a tú contra él”, sentencia. Habla como el jugador más veterano en acceder a una final en Australia y la multitud le aclama. Se preguntan muchos por qué, qué sentido puede tener que continúe. En noches así está la respuesta.
¿Por qué? Por esto.
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