Cámaras, intimidad y la civilización del espectáculo
Entiendo la incomodidad de los tenistas al sentirse observados, sabiendo que cualquier desliz, por insignificante que sea, será ampliamente difundido y sometido a juicio, si no a escarnio


En la jornada de este viernes nos esperan dos apasionantes encuentros que desentrañarán quienes tendrán el privilegio de luchar por conseguir el primer Grand Slam del año el domingo. En esta edición, los cuatro mejores jugadores del momento serán los que disputarán la penúltima ronda, hecho que no sucedía en un gran torneo desde el Roland Garros de 2019. En aquella ocasión fueron Novak Djokovic, Dominic Thiem, Roger Federer y Rafael los actores principales; en esta, son Carlos Alcaraz, Jannik Sinner, Alexander Zverev y Novak Djokovic quienes darán réplica a aquella ya lejana ocasión.
En la primera semifinal, el italiano saldrá como claro favorito. A nadie se le escapa que el serbio, aún siendo el mejor de la historia además de un incansable luchador, difícilmente pueda a sus casi 39 años poner a Sinner en grandes aprietos. A Carlos, por su parte, le espera un partido bastante más complicado ante Zverev, poseedor de uno de los mejores reveses del circuito, como también de uno de los mejores servicios.
De hecho, es muy probable que una de las claves del pulso sea la efectividad del alemán con su saque. Aunque también nuestro jugador parta como favorito, no cabe duda que el actual número tres del mundo es el rival más duro que le podía haber tocado para intentar ganarse su pase a la final; el empate a seis victorias en los enfrentamientos entre ambos hasta ahora, así lo atestigua.
Pero más allá del apropiado tema de conversación, el que se centra en la competición y en las quinielas que de esta se derivan, en estos últimos días ha habido otra cuestión que ha sido ampliamente comentada. Es la queja que han manifestado varios jugadores y jugadoras por la excesiva exposición y falta de intimidad a la que se ven sometidos por la proliferación de cámaras instaladas en todo el recinto deportivo.
Entiendo perfectamente la incomodidad que debe provocarles sentirse observados en todo momento, sabiendo, además, que cualquier desliz, por humano, particular o insignificante que sea, será ampliamente difundido y sometido a juicio, si no a escarnio.
Recuerdo que, en los años en que yo acompañaba a Rafael las cámaras se ubicaban casi exclusivamente en las inmediaciones de las pistas centrales; es decir, en sus accesos. El interés de los aficionados, y esto lo puedo entender, se limitaba a la posibilidad de observar a los jugadores en esos momentos previos a su salto a la cancha, cuando sus rictus serios, su concentración o sus rituales particulares preparaban el ambiente para el partido que en pocos minutos se iba a disputar.
Coco Gauff releases her frustrations after a disappointing defeat in the Australian Open quarter-finals 💥 pic.twitter.com/4Ur9jlxR0P
— TNT Sports (@tntsports) January 27, 2026
Hoy día, en cambio, el interés de algunos medios y de los seguidores va mucho más allá del ámbito estrictamente deportivo. Es más, diría incluso que, a veces, parece que se presta más atención a todo lo que pasa periféricamente que al hecho central que nos ha reunido.
Vivimos en un mundo donde cada vez se reclama una exhibición mayor y más completa. Parece ser que la finalidad es el puro pasatiempo, sea de lo que sea que este conste. Si a esto añadimos la instalada creencia de que si un contenido es reclamado generalmente, la demanda es legítima y debe ser satisfecha, hemos llegado al punto de considerar normal lo que no debería serlo y a no importarnos atropellar el derecho básico de cualquier persona de preservar su intimidad.
Sin duda, vivimos en una sociedad que, muy acertadamente, Mario Vargas Llosa definió como La civilización del espectáculo, donde la representación importa más que el fondo.
A mí, todo esto me sorprende mucho, y mucho más cuando asistimos día sí y día también a unos admirables e intensos partidos. Estas dos semanas, que están a punto de acabar y de ofrecernos los encuentros más esperados, nos han dado muchas razones para disfrutar y para sentirnos satisfechos. Con esto debería bastarnos, digo yo.
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