Zverev, una herida que no cierra y un paso al frente en busca del grande que se le resiste
El alemán, rival de Alcaraz en las semifinales, propone una versión más incisiva que le ha reportado 54 golpes ganadores más que el número uno en dirección al cruce


Alexander Zverev luce una larga melena rubia que acostumbra a recoger en un moño. La envidia de muchos, seguramente. Sin embargo, el alemán, rival de Carlos Alcaraz en las semifinales de Melbourne (4.30, Eurosport), estaría encantado de perderla el domingo: “Si gano el torneo, me rapo”. Él y Melbourne, un antes y un después. El lugar donde todo prometía, de inicio; la pista en la que empezó el derrumbe, finalmente. Hace un año, el tenista de Hamburgo alcanzó la final y entonces soñaba con festejar, por fin, su primer Grand Slam. Sin embargo, aquella tarde y esa derrota cayeron sobre él como un dolmen de cinco toneladas.
Un competidor roto y una sentencia lapidaria: “No quiero ser el mejor de la historia que no ganó un grande”. El episodio le atravesó como un rayo. Ese día, Zverev se dio cuenta de que estando ya cerca de la treintena, la posibilidad de atrapar el premio que tanto se le ha resistido todavía se alejaba un poco más. Negado antes en los grandes escenarios por los Djokovic, Nadal o Federer, se topó con el vertiginoso ritmo que impuso Sinner, al mismo tiempo que había comprobado (y padecido) ya la extraordinaria versatilidad de Alcaraz. En un visto y no visto, a él, antaño chico de oro, le habían hecho un doloroso sándwich.
“Claro que todavía quiero lograrlo, pero también quiero disfrutar del tenis. Ahora lo estoy haciendo, y eso es lo más importante para mí”, decía después de superar en los cuartos a Learner Tien. A las espaldas, un infierno, porque desde que cediera en la final del año pasado, Zverev no ha vuelto a ser el mismo; no, al menos, ese que entraba en las quinielas y aterrizaba entonces en Melbourne Park como una alternativa sólida y real a los dos nuevos jerarcas. Entonces, en la atmósfera tenística existía la esperanza de que el alemán se interpusiera en su camino. Él era la tercera pieza. Sin embargo, llegó el desmoronamiento.

A partir de ahí, caídas y más caídas. Un triste trofeo en Múnich. Más y más desilusiones. Visitó la academia de Nadal durante el verano en busca de luz, pero nada. Continuó a oscuras. “Apesta que una carrera como la suya vaya a estar marcada por si ganó o no un Grand Slam”, lamentaba el estadounidense Andy Roddick en su podcast, el pasado mes. Pero así es. Tenerlo o no tenerlo, la gran diferencia para un tenista que ha conquistado títulos de todos los colores, hasta 24, pero no el que más quiere. “Ha sido una temporada increíblemente insatisfactoria”, describía. E intenta ahora levantarse como puede.
El primer tiro
Sucede que tiene delante a Alcaraz, al que no hace tanto contenía, pero que hoy por hoy compite en otra dimensión; aquella que proyectó él, negada luego por la evidencia. Sascha duda, ellos vuelan. “Son muy agresivos, no te dejan ni entrar en el peloteo. La gran diferencia entre ellos [el español y Sinner] y todos los demás es el primer golpe después del saque”, precisaba esta semana. Y se repite una y otra vez: en esa cabeza falta un plan definido. Siguen las lagunas y a menos de tres meses de cumplir 29 años, se le reprocha todavía un tenis excesivamente especulativo, aún demasiado contemporizador.
“Sé qué debo hacer, y estaré preparado. Si quiere ganarme, Zverev va a tener que sudar mucho”, le advertía Alcaraz, quien curiosamente no encuentra un jugador (al margen de Sinner) que le haya replicado con más fuerza que el hamburgués, tercero del mundo. Doce duelos, seis para cada uno. La misma cifra que el italiano. “Jugamos un set en un entrenamiento y me lo ganó [7-6]. He visto sus partidos y está sacando a un nivel impresionante hasta ahora”, recalca el de El Palmar en el preámbulo de un pulso que no admite otra para el contrincante: más y más primeros dentro, aces a tutiplén. De lo contrario, cero opciones. Así de crudo. Así de meridiano para él el escenario.

De momento, Zverev ha firmado 60 puntos directos; esto es, endosa 12 por partido. Y aun siendo consciente de su situación, de dónde está y de lo lejos que quedan hoy día los otros dos, dice encontrarse a gusto de nuevo sobre una pista que le sienta particularmente bien. De hecho, hace dos años apeó a Alcaraz —en los cuartos de final, cuatro sets— con una actuación incontestable y en las tres últimas ediciones no ha bajado de las semifinales. “Siento que estoy jugando bien, no tengo dolor y ganar siempre ayuda”, valora; “y estoy siendo más agresivo. Eso es en lo que más he trabajado durante la pretemporada”.
Bajo ese patrón decidido, que en el fondo no deja de ser al que recurren Alcaraz y Sinner, el alemán ha propuesto hasta aquí una versión punzante —con 54 tiros ganadores más que el español, 224-170— y atrevida —128 subidas a la red, con 94 aciertos—. Acostumbrado a vivir y percutir sobre la línea de fondo, así como a eternizarse en el peloteo, explora nuevas vías y abrevia estos días el punto —solo 150 por encima de los nueve impactos, de los 1.097 que ha jugado—. “Estoy tratando también de hacer más saque y volea. Si todo eso me funciona, el éxito vendrá hacia mí”, augura. Tiempo le queda, pero no le sobra.
VUELTA A 2019: PLENO DE FAVORITOS
Hacía siete años que un gran torneo no enfrentaba en la penúltima ronda a los cuatro primeros cabezas de serie. En concreto, fue Roland Garros, en cuya recta final se encontraron en 2019 los cuatro principales candidatos: Djokovic-Thiem y Nadal-Federer.
En esta ocasión, Alcaraz (22 años) y Zverev (28) se encontrarán en un turno, y Sinner (24) y Djokovic (38) en el segundo. Esta circunstancia, la del pleno de favoritos, se ha producido 17 veces desde el nacimiento de la Era Abierta (a partir de 1968).
De los cuatro, Djokovic es el que menos ha permanecido en la pista — no disputó los octavos por la baja de Jakub Mensik y se retiró Lorenzo Musetti en los cuartos—, con 9h 07m; le siguen Sinner (11h 13m) y Alcaraz (11h 54m); y cierra Zverev (13h 56m).
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