La gran pitada blanca
Lo que pasó en el Bernabéu no es para volverse loco: para volverse loco es hacer como si no pasase nada en el club en el que pasa todo todo el rato


Que la afición de un club que presume de máxima exigencia dedique una monumental pitada a su equipo después de ser eliminado por un equipo de Segunda dando una imagen lamentable no es ningún escándalo. Lo escandaloso sería que no hubiese pasado nada: que el equipo hubiese recibido aplausos y la grada hubiese animado a sus jugadores desde el primer minuto; ¿qué humillación hubiera sido esa para el Madrid, para todo lo que significa y simboliza el Madrid?, ¿en qué se habría convertido el Bernabéu en caso de inopinado indulto?
Que parte de esa afición vuelque su frustración y responsabilice al presidente, Florentino Pérez, tampoco es escandaloso. Los dos grandes ciclos victoriosos del Madrid han sido esencialmente presidencialistas (un presidente fuerte e intervencionista y estrellas en el campo traídas de su mano), y del mismo modo que se atribuye una cuota grande de responsabilidad en los éxitos, es natural que esa responsabilidad aparezca en las derrotas: lo sonrojante sería la contrario.
Quiero decir que lo que pasó este sábado en el Bernabéu no es para volverse loco: para volverse loco es hacer como si no pasase nada en el club en el que pasa todo todo el rato.
Si te elimina el Albacete de la Copa del Rey y todo está bien tienes un problema como club. Cada relevo de entrenador en el Madrid es como un relevo de presidente del Gobierno. Cuando las derrotas se suceden se pita a todo el mundo; cuando se gana de líder jugando muy mal se pita también (y se despiden entrenadores: Antic); cuando un jugador lleva varios partidos negado, se le pita.
Pitar es un ejercicio de libertad, como aplaudir. Incluso callar. Pagas una entrada y decides qué te está pareciendo el espectáculo, si es que te está pareciendo algo.
Hay matices, claro. Una de las ventajas de leer es que se aprecia mejor lo que quiere decir el autor sin que la frase elegida para difundir en redes capitalice todo el significado. Lo mismo pasa con lo que hagas en el estadio.
Por ejemplo, criticar a Vinicius su rendimiento y pitarle los primeros minutos, hasta que detecte el malestar de la afición, está bien: es hasta necesario. Pero lo más importante de todo: dedicar todo un partido en el Bernabéu a silbar e insultar al jugador de tu equipo más silbado e insultado en todos los estadios en los que defiende tu escudo, y en muchos de ellos soportando agresiones racistas, tiene un punto de estupidez y crueldad insoportable.
Incluso desde el punto de vista egoísta del aficionado: ¿eres madridista y quieres ganar el partido o quieres desestabilizar a tu jugador todo el partido hasta que no consiga conectar un disparo?
Puede uno enfadarse con su equipo pero hay algo que uno no puede hacer, y es dejar de ser de ese equipo. Deja de insultar a quien deseas que marque un gol; es ridículo. Es como poner clavos bajo una rueda al mismo tiempo que pretendes llegar a alguna parte.
El Madrid ha superado la marcha de Di Stéfano, de Cristiano Ronaldo, de Bernabéu y va a sobrevivir a la marcha de Florentino. También ha sobrevivido a sus aficionados más delicados de piel: los teledirigidos y los que se dirigen solos porque entienden el Madrid como un saco de boxeo al que reprochar los problemas semanales.
El Real Madrid ha tenido temporadas mucho más terroríficas que esta (ojalá ganar Liga y Champions y releer esto en junio). No disfruta la victoria porque piensa en la siguiente; se recrea en la derrota porque no está acostumbrado. Lo que no hay que hacer nunca es joderlo mucho cuando está en coma, no vaya a venir a rodar Tarantino.
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