Verano, relax y vanguardia: por qué Federer bautizó a Australia ‘el grande de la felicidad’
Los tenistas aplauden la evolución del torneo que organizativamente marca el paso y que registra récords de asistencia. “¿Demasiada gente? Eso es bueno”, dice Nole


Basta con ascender el doble peldaño del vagón del tranvía, sea la hora que sea, para entender muchas cosas: Melbourne, o algo así como la felicidad. Nada de prisas, empujones ni apreturas, sino orden y civismo. Decía estos días la tenista Daria Kasatkina, recién nacionalizada: “Ahora que soy australiana, tendré que aprender a estar un poco más relajada. Aquí, si llegas tarde a un sitio es como: ‘¡No pasa nada! ¡Tranquila, mate [colega]!”. Y conecta todo el buen rollo que se respira con la síntesis del suizo Roger Federer en 2007, registrada ya como el sobrenombre oficial del torneo: “Este es el Happy Slam”. No cabe duda.
Seis años después de su último paso como profesional y tres décadas de su primera visita, el genio reapareció estos días en las instalaciones del complejo e incidía con una sonrisa de oreja a oreja: “A muchos jugadores les agrada escaparse del invierno europeo, aquí nos reencontramos después de unos días libres y la pretemporada, y hay siempre unas vibraciones muy positivas. Los aficionados lo viven mucho y la organización es perfecta. Año tras año evoluciona. Se hace todo realmente fácil. Los hoteles están cerca, las gradas están llenas. Este es, sin duda, uno de los mejores lugares del mundo para jugar al tenis”.
En una terraza del recinto, un empleado de la ATP comenta cómo ha cambiado todo de arriba abajo: “Hace 25 años, ahí había apenas unas pocas pistas…”. Y lo corrobora Novak Djokovic, que descubrió este sitio en 2003, como júnior, y lo hizo suyo con 10 títulos. “Recuerdo que utilizábamos el gimnasio de un club [Collingwood], al otro lado de la carretera. Nos permitían usar los vestuarios, los baños de hielo, las pistas cubiertas, todo. Después fueron ampliándolo y, en ese sentido, creo que Australia ha sido siempre uno de los mejores”, aprecia el serbio, de 38 años, refiriéndose a la calidad de las instalaciones y al enclave.

A diferencia de Roland Garros, Wimbledon o el US Open, más encajonados o bien limitados por una cuestión de propiedad, las posibilidades de expansión del Open de Australia son mayores y temporada tras temporada, la dirección del torneo aussie va enriqueciéndolo. No hay año que no incluya avance o novedad, bien nuevas pistas, reordenamientos o retoques. Coincide la gente del mundillo en señalar que es el evento más vanguardista y el que marca el paso, hasta el punto de que representantes de otros torneos punteros viajan a Melbourne para adoptar ideas que luego se implementan en París o Londres; no tanto Nueva York, a remolque desde el punto de vista organizativo.
Si allá los jugadores corren el riesgo de ser engullidos por algún atasco durante los desplazamientos, en el primer major del año apenas invierten diez minutos en el transporte. De hecho, muchos miembros de los equipos prefieren desplazarse dando un paseo por los márgenes del río Yarra. A ello se añade una atmósfera magnífica de tenis, históricamente sin excesos ni defectos. Nada que ver con la desatención y el ruido del público de Flushing Meadows, o la tensión que envuelve en ocasiones la acción en la Philippe Chatrier. “La gente de Australia ama el deporte y entiende sus valores”, observa Djokovic.

Desde esa óptica, la respuesta del aficionado es superior a la del resto de los grandes torneos. El año pasado se registró un récord de asistencia, con 1,2 millones de personas a lo largo de las dos semanas, y este jueves —fecha del último dato facilitado por la organización— desfilaron por el complejo casi 104.000. Coincide, precisamente, que afloran algunas quejas por considerar que a veces está demasiado masificado. “Que haya demasiada gente, en este o cualquier otro torneo, es un problema muy bueno para nosotros”, concedía Djokovic tras batir a Francesco Maestrelli por 6-3, 6-2 y 6-2; “es una buena señal. A mí me gusta mucho la mentalidad de aquí, ese deseo de mejorar constantemente”.
A pesar de que la era dorada del tenis local quede ya lejos —aquellos cincuenta, sesenta y setenta de la mano de Ken Rosewall, Rod Laver, Roy Emerson, Evone Goolagong, John Newcombe o Margaret Court—, el tenis es uno de los deportes más populares del país —dominado por el críquet y el rugby— y el tejido de clubes y escuelas de formación es extenso; en concreto, son alrededor de 1.300 a nivel nacional, de los cuales unos 300 se localizan en Melbourne.

“Cada año que vengo noto que hay cambios a mejor”, precisa Carlos Alcaraz. “Tienen una de las mejores infraestructuras en cuanto a pistas, pistas con techo [el primer grande que tuvo tres] y espacios para recuperar. Todo aquí te lo hacen muy fácil, me encanta venir cada año. Está claro que el viaje no es el mejor, es demasiado largo, pero una vez que llegas, disfrutas muchísimo. No he visitado demasiados sitios en Melbourne, pero hay unos pocos que me encantan para pasear”, amplía el número uno, que acostumbra a pasear con los suyos por el Royal Botanic Gardens. Ahí mismo, Nole tiene la costumbre de abrazar desde hace 15 años a un árbol de origen brasileño que, dice, le da suerte.
A juzgar por los resultados, el serbio dio con un buen aliado. No hay jugador más laureado en las antípodas, aunque el último campeón fue Jannik Sinner. El italiano, de 24 años, se embolsó un premio de 2,1 millones de euros que esta vez asciende a 2,6. El ejecutivo dirigido por Craig Tiley ha optado por incrementar en un 16% la bolsa total y los tenistas lo agradecen. Federer ya no compite, pero en su momento captó rápidamente la esencia del lugar, al que ha regresado acompañado de sus familiares para reverdecer viejas sensaciones la casa tenística de la felicidad: “Cada vez que vengo aquí, sonrío”.
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