Atascos, porros y ruido, mucho ruido: un paseo por la ‘jungla’ del US Open
Frente a la quietud de Wimbledon, la sobriedad de París y el orden de Melbourne, la dinámica y el ‘show’ del torneo neoyorquino generan un estrés extra al tenista

Absolutamente nadie, ni el mismísimo Rockefeller, es o ha sido ajeno a la ley atmosférica de Nueva York, tan cinematográfica y sugerente como desquiciante. Desde primera hora del día, veinticuatro horas non-stop en realidad, suenan las sirenas de las ambulancias o la policía, los chirridos de las sierras cortando chapa metálica y el griterío de la gente en el corazón de Manhattan, donde se alojan en los distintos hoteles oficiales buena parte de los tenistas que compiten en el US Open. No escapan tampoco los deportistas al descontrol de la ciudad, a los encontronazos ni a los atascos y los embudos diarios que se generan en el trayecto que conduce al complejo nacional del tenis estadounidense en Queens, cruzando el East River.
A la entrada al recinto, desfilan las celebrities e influencers, al tiempo que el cineasta Spike Lee se hace fotos mientras los jugadores y las jugadoras van y vienen para acceder a esa zona, testigos directos del espectáculo y, también, expuestos a la agitación de la masa. A Jannik Sinner, en los octavos tras un inicio en falso contra Denis Shapovalov (7-5, 6-4, 6-3 y 6-2), le rodean cuatro armarios protectores cuando transita por Times Square para atender un compromiso comercial y, de vuelta al complejo tenístico, la supervisora ejerce de regidora y ordena a la gente que anime durante el entrenamiento de Carlos Alcaraz, citado hoy con Arthur Rinderknech (19.30, Movistar+), al más puro estilo late show.
Porque esto es Nueva York, es decir, show y más show, jaleo y más jaleo aquí y allá. También para el tenis. A unos les agrada, a la mayoría les perturba. “Con todos mis respetos, yo prefiero jugar en Europa”, contesta a este periódico Jaume Munar, flamante semifinalista después de haber batido a Zizou Bergs (6-1, 6-3 y 6-4, en 2h 09m), por primera vez en los octavos de un grande. Al mallorquín, tipo sosegado, no termina de convencerle el escenario porque, explica, su deporte demanda paz y en este torneo no hay tregua, ya sea en las teóricas zonas de descanso, los desplazamientos o incluso la competición.

“Yo me he criado en un sitio muy tranquilo”, introduce el español, de 28 años, “así que toda esta sensación de estrés que te persigue en Nueva York no me gusta. Es verdad que el ambiente en pista [en su caso exteriores, muy distintas a la central] es incluso agradable, porque el público aprieta pero te respeta; sin embargo, en el día a día es un torneo que te desgasta más. Cuando salgo del hotel a por un café, por ejemplo, parece que haya que pedir permiso para meterte en la cola de gente y poder caminar a ese ritmo. Así que todo se hace un poquito largo, pero bueno, es una experiencia más”, prolonga.
La de Munar no es una impresión aislada. Frente a la quietud y el bucólico clima de Wimbledon, la atmósfera sobria y sofisticada de Roland Garros y el encanto lejano de Melbourne, paraíso en las antípodas, en Nueva York los tenistas se encuentran con un hábitat que, por más que sea conocido, no deja de incomodarles en muchas ocasiones. Casi todo es distinto. Por supuesto, el runrún, los movimientos y el desinterés creciente por la acción.
Pedida de mano
“Cuando tenía 20 años me encantaba este torneo, pero cuanto más envejezco, menos disfruto de estar aquí. Es todo caótico. Siempre hay olores y mucho ruido por todas partes. A veces desearía concentrarme un poco más”, protestó esta semana el francés Adrian Mannarino. “Te absorbe la energía”, describió en su día la polaca Agnieszka Radwanska. En la jornada de apertura, el ruso Daniil Medvedev quiso echar a la grada encima del árbitro y el rival, y para cuando quiso frenarla ya era demasiado tarde. Imposible. “Sabemos que este no es el Grand Slam más tranquilo. Pero así son las cosas aquí. Tenemos que adaptarnos y aceptarlo”, se resigna la polaca Iga Swiatek, campeona en 2022.
La canaria Carla Suarez nunca olvidará los decibelios de la velada de 2018 contra la norteamericana Madison Keys —“es una falta de respeto”— y esta edición se produjo una escena rocambolesca durante el Sabalenka-Fernández, cuando una pedida de mano detuvo momentáneamente el duelo. El mismo Alcaraz, al que le estimula el sello USA, ha tenido que hacer alguna que otra pausa mientras competía porque los sonidos y, especialmente, el constante ir y venir de los aficionados por los fondos y los costados del primer anillo le descentraba.

“Soy una persona tranquila, así que prefiero estar sin mucha gente alrededor. Aquí hay mucha gente y mucho tráfico, es como todo va a velocidad por dos y eso puede llegar a estresarte un poco. Pero eso es fuera de la pista”, responde el murciano a EL PAÍS. “Dentro, a mí me gusta que reaccione la gente y ese ambiente, porque creo que se asemeja mucho a mi manera de ser en la pista, así que lo agradezco. El torneo es bastante bueno, aunque quizá hay ciertas cosas que tienen que mejorar, como todos. Me gusta mucho, quitando quizá esa parte de los desplazamientos…”, amplía.
A la alocada naturaleza habitual se añade, además, el aroma que se cuela en las instalaciones desde la legalización del consumo de marihuana en la ciudad, en 2021. El complejo se asienta junto al parque de Corona Park, donde los jóvenes se reúnen y dan caladas sin parar a los porros. El alemán Alexander Zverev, de hecho, llegó a bautizar la pista 17 como “la habitación de Snoop Dogg”, el afamado rapero californiano. “Percibes ese olor por todas partes, desde los entrenamientos a los partidos”, corrobora el serbio Novak Djokovic. “Es lo peor de aquí, es muy molesto respirar eso mientras juegas”, protestaba el noruego Casper Ruud, ya eliminado.
Esto, sin embargo, es Nueva York.
EL CONTRASTE LOCAL
Lógicamente, los tenistas locales encuentran en Nueva York un escenario acorde a su cultura y sus costumbres. Por eso, pese a que en esta edición se hayan producido algunas caídas sorprendentes, como las de Ben Shelton y Frances Tiafoe en la tercera ronda, disfrutan de la música y la escenografía que impregna al torneo.
“Personalmente, me desenvuelvo bien en el caos”, exponía Tiafoe, semifinalista en 2022 y 2024. Se sumaba Shelton: “Yo aquí encuentro paz, me siento más incómodo en los torneos tranquilos”. En contraposición, su compatriota Emma Navarro, semifinalista en la pasada edición y ahora también eliminada, admite la diferencia de estilos.
“Wimbledon es elegante y la gente es más silenciosa y respetuosa”, apuntó, mientras la cántabra Cristina Bucsa, que este domingo (hacia las 00.00) se batirá con la número uno, Aryna Sabalenka, matiza: “Ojo, no nos olvidemos del público francés, ¿eh? Si te toca un mal día…”.
Ella prefiere alojarse a las afueras de la ciudad, como la italiana Elisabetta Cocciaretto, porque de lo contrario, a esta última le “explotaría” la cabeza. Y es que ya lo decía en su momento Monica Seles, ganadora en 1991 y 1992: “Es algo para lo que realmente no puedes entrenar tu cerebro”.
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