Ir al contenido
_
_
_
_

La consagración olímpica de Johannes Klaebo en los Juegos de Milán-Cortina

Llamado el Pogacar del esquí, el noruego consigue el pleno de seis medallas de oro en las pruebas de fondo y, con 11 en tres Juegos de invierno, se convierte en el más laureado de la historia

Johannes Klaebo celebra su victoria este sábado en la prueba de 50 kilómetros de esquí de fondo de los Juegos Olímpicos de Milán-Cortina.Maddie Meyer (Getty Images)

En el mundo de Johannes Hosflot Klaebo, obsesivo y místico, todo es un asunto de familia.

Más allá de los genes excepcionales, su padre, su madre, su hermano, su hermana, su abuelo, su abuela, todos han puesto un grano para construir al campeón. Y le rodean mientras él, los mofletes colorados, curtidos, tanto viento del norte, del fiordo de Trondheim, de las calles de su Oslo, chocando con su piel suave. Él se mueve el sábado a las 11. Lluvia, luego sol, cinco grados. Gira siete veces por el circuito de 7.150 metros de Val di Fiemme, mezcla de nieve artificial y natural, como a todos les gusta, para ganar la prueba de los 50 kilómetros y su sexta medalla de oro, las seis que componen el programa olímpico de esquí de fondo. Un pleno único que ya había conseguido en los Mundiales del año anterior y repite en los Juegos de Milán-Cortina. Supera el tope de cinco en una sola cita olímpica fijado en cinco oros, todos individuales, por el patinador de velocidad norteamericano Eric Heiden en Lake Placid 80.

Una vez más, el resto de los rivales solo pelea para ser segundo. Al medio día suenan las campanas de todas las iglesias. Dos horas, seis minutos y 44 segundos de esquí. A 2m 32s el kilómetro. A 23,7 kilómetros por hora. Más de 150 gramos de carbohidratos en bebida cada hora. Tres noruegos delante. Detrás de ellos, la nada blanca y árboles sin hojas, el desierto de los tártaros, En el último kilómetro, solo Klaebo. Una cuesta. Una aceleración. El vacío. Cruza la meta y se desploma redondo sobre la nieve. Cede Martin Nyenget, el especialista de la distancia que no ha podido quedarse solo pese a sus aceleraciones toda la prueba. Llega segundo, a más de ocho segundos, un mundo. Tercero, Emil Iversen.

Tal es la superioridad de Klaebo, asumida en el mundo desde que hace 10 años, a los 19, ganara los Mundiales júnior, y reafirmada dos años después, cuando, a los 21 se convirtió en los Juegos de Pieonchang en el campeón olímpico más joven de la historia en esquí. Entonces solo era sprinter, pruebas cortas, de tres minutos, y muy explosivas. Ahora es todo. Sprints, media distancia, larga distancia, relevos, equipo… Llegó a Italia con cinco medallas de oro ya en su historial. Sale con 11, más que ninguno en la historia de los Juegos de Invierno, y aún a 12 de las 21, récord olímpico absoluto del nadador Michael Phelps.

Espectadores, entrenadores, federativos, técnicos. Todos los que le ven desde las gradas o desde los bordes solo citan un nombre cuando le ven pasar. “Es el Pogacar del esquí”, repiten obnubilados por la potencia física, la resistencia, la perfección técnica, la belleza de los movimientos de un muchachote de 1,83 metros, 70 kilos y anchísimas espaldas, músculos de acero, corazón de hierro, resistencia de maratoniano, y una mandíbula amable, no tan cuadrada como la de su admirado Petter Northug, el esquiador que quiso ser. “Imaginaba convertirme en alguien como Petter Northug, tal vez convertirme en el propio Petter Northug, con las medallas colgando del cuello”, escribía hace unos años en el blog que mantiene todos los inviernos cuando entrena en la altitud de Livigno, no muy lejos de los escenarios de su consagración. “Una vez, en el colegio, fingí tener un dolor de estómago muy fuerte para que mamá viniera a recogerme y pudiera ver su carrera en el Campeonato del Mundo por televisión”.

“Es el mejor de la historia, el esquiador que todos querríamos ser”, dice Martí Vigo, un año menor que Klaebo, olímpico en los Juegos de Pieonchang también, después ciclista profesional y ahora director técnico del fondo español. “Y como Tadej Pogacar, hace que su superioridad haga parecer a todos los demás unos mediocres, cuando el nivel en la competición es más alto que nunca”. El mundillo del deporte de resistencia se divierte explicando sus 800 horas de entrenamiento anuales, a un ritmo en el que aún se pueda hablar mientras se impulsa con brazos y piernas, tan liviano, e imaginando los vatios, más de 1.000, que pueda mover Klaebo en los 15 segundos frenéticos en los que acelera en los repechos finales para pulverizar la competencia, y dejarla sumida en un dolor de piernas paralizante, y él sigue, lavando lactato, metabolizando, alimentando las mitocondrias de sus músculos, o un VO2max –cubicaje del motor: clave de la resistencia— de extraterrestre.

Vigo va más allá. “No solo es su potencia y su resistencia lo que le distingue, que, de hecho, no son superiores a las de otros, sino su eficiencia, que nace de su perfeccionismo, de su disciplina y su afán”, explica el técnico que está revolucionando la forma de competir de los fondistas españoles, y de la nueva estrella, Jaume Pueyo. “Al principio solo era el mejor en estilo clásico y en distancias corta. Después fue mejorando en estilo libre, como el patinaje, y en distancias largas. Mantiene los músculos y ha aumentado la resistencia. Y es tan bueno técnicamente, tiene tanta coordinación de las cuatro extremidades, tal sentido del equilibrio, es tan fino esquiando, que gasta menos que ninguno para ir a más velocidad”. Y es capaz de pasar de 20 kilómetros por hora subiendo muros.

Cuando viaja a Noruega, a Vigo le maravilla ver en los parques de Oslo circuitos de esquí de fondo en los que centenares de niños practican todas las tardes después de salir del colegio. Por allí se divertía de niño Klaebo, al que su abuelo regaló su primer par de esquís a los dos años.

Estos meses de invierno, Klaebo es el personaje más admirado de Noruega, pero en el país paraíso del esquí de fondo, de los mitos Daehlie o Bjorndalen, y de atletas excepcionales como Jakob Ingebrigtsen o Karsten Warholm, el recordman mundial de 400m vallas, Klaebo quería más que nada ser Odegaard o Haaland, los futbolistas de oro. Y tenía tanto talento que podría ser ahora titular de la selección noruega. “Me entrenaba a tope para ser futbolista, pero mi madre me hizo ver que un futbolista no solo tiene que ser fuerte, sino también resistente y capaz de correr durante 90 minutos sin parar”, escribe en su blog. “Aunque convertí mi vida en un concentrado de sacrificio, nieve y hielo, esa explicación, curiosamente, me bastó. Me pareció perfectamente lógico, así que me centré en el esquí de fondo. Tenía 15 años. Y mi abuelo también me convenció: en un deporte individual tú eres responsable del éxito y el fracaso”.

Kare Hosflot, su abuelo, no solo le llevaba y traía a los circuitos de Oslo, y más lejos aún, a las pistas del fiordo de Trondheim, el corazón de la especialidad, sino que también le traza desde entonces los planes de entrenamiento y la preparación psicológica, táctica, el arte de ser meticuloso y disciplinado. Y ya tiene 83 años, pero también le encera los largos esquís, parafina en los extremos, cera pegajosa en el centro, para que sobre los raíles del estilo clásico no patinen hacia atrás en las cuestas. Come lo que le ha preparado su padre, su patata, dice, porque se puede usar para muchas cosas. “Mi padre es mi mánager y cocina”, escribe Klaebo, y continúa con el resto del clan que le acompaña en todos los viajes y concentraciones. “Mi hermano fue quien me ayudó cuando empezamos el canal de YouTube y lleva mi comunicación. Él era quien editaba todos los vídeos. Mi hermana era quien los traducía del noruego al inglés. Mi abuela era la que horneaba el pan para llevar a la Copa del Mundo. Y mi madre se encarga de las finanzas”.

La vida interior, el cierto misticismo, la búsqueda de la felicidad en el esfuerzo y en comunión con la naturaleza, lo que él llama ligereza de espíritu, son cosa suya. “La ligereza me la da, en primer lugar, la disciplina en sí misma”, escribe el mejor olímpico de invierno de la historia. “El esquí de fondo siempre había sido mi espejismo, mi momento de paz con el universo. Nunca pensé que llegaría muy lejos. Lo soñaba. Pero era uno de esos sueños lejanos, dulcemente excesivos. Casi infantil. Como los niños que quieren ser astronautas, convertirse en presidentes de los Estados Unidos o en grandes actores: no había ambición en mi deseo, ni motivaciones ocultas. No había ningún plan”.

Tampoco soñaba con ser ciclista, con ser Pogacar de verdad, pero quizás el destino le lleve al Tour de Francia, que ya ha seguido desde el coche del Uno-X, el equipo con el que se entrena cuando sale en bicicleta, y con el que ya ha dejado caer que, quizás, antes de los próximos Juegos de los Alpes franceses, podría debutar en el pelotón. Y querrá ser el mejor también.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Archivado En

_

Últimas noticias

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_