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Seahawks - Patriots, la Super Bowl que evoca a una jugada de hace años que truncó a una dinastía y revivió a la otra

Los Seahawks se citan en la gran final con los Patriots 11 años después de indultarles cuando decidieron pasar en lugar de correr desde la yarda uno y sufrieron una intercepción dramática

Pete Carroll, el entrenador de los Seattle Seahakws que asombraron con quizás la mejor defensa de la historia del fútbol americano, será recordado por una decisión que le explotó en las manos. “Acepto un puñetazo”, dijo un par de horas después de tomarla, el 1 de febrero de 2015. Menos de una yarda separaba a su equipo del touchdown de la victoria ante los New England Patriots en la Super Bowl XLIX con 26 segundos por jugar. Y tenía al mejor running back de la liga, un tren de mercancías llamado Marshawn Lynch, para transitarla y levantar su segundo título seguido. Si había un momento para hacer lo previsto, era ese, pero eligió una jugada de pase que permitió el milagro, el de Malcolm Butler: el novato que no había entrado siquiera en el Draft firmó la primera intercepción de su carrera. Así acabó con una dinastía, la de una defensa que siguió unida, pero no volvió a ganar. Y revivió a otra, la de Tom Brady y Bill Belichick: el quarterback y entrenador que habían ganado tres títulos entre 2001 y 2004 pusieron fin a una década de barbecho y sumaron dos títulos más a aquel milagro en Arizona. Ambas franquicias se citan este domingo en San Francisco en una Super Bowl redonda, la LX.

La intercepción de Butler fue la guinda a uno de los mejores partidos de la historia. Seattle venía de someter a uno de los mejores quarterbacks contemporáneos, Peyton Manning, ninguneado en la Super Bowl anterior por un sangrante 43-8. Fue la cima de la Legion of Boom, la defensa que lideró la liga en anotación durante cuatro años seguidos. En un deporte que engrandece por defecto al quarterback, aquel era el equipo de Russell Wilson, sí, campeón en su segundo año, pero lo era tanto o más de Bobby Wagner, una pesadilla en la caza del pasador, o Richard Sherman, que anulaba semana a semana al mejor receptor del equipo rival. Su cara en la banda era un poema. No en vano estaba a punto de sumar al álbum de víctimas a la más ilustre de todas, Tom Brady, que recogería el título minutos después y se retiraría con más títulos —siete— que cualquier otra franquicia.

Los Patriots habían perdido dos Super Bowls ante los New York Giants con recepciones inverosímiles. Incluso tras voltear el déficit de diez puntos con el que llegaron al último cuarto y ponerse cuatro arriba a dos minutos del final, vieron cómo Jermaine Kearse cazaba el balón en un ejercicio de equilibrismo que requirió cinco toques. Esa acción puso a Seattle con la victoria a tiro. En primer down, a cinco yardas del touchdown, Wilson le dio la pelota a Lynch, que impuso su corpulencia para llevarla dentro de la yarda uno. El reloj se estaba agotando, pero Seattle tenía tres balas más para entrar. El argumento de Carroll para elegir la acción de pase no solo era salirse del guion previsto, sino que el pase, de ser incompleto, hubiera parado el reloj. En cambio, una carrera que no hubiera cruzado la línea de anotación le hubiera obligado a agotar su último tiempo muerto. Lo cierto es que ese comodín le hubiera permitido correr en segundo down, pasar si acaso en el tercero y hacer lo que quisiera en el cuarto. Pero no hubo más. Con el balón en su poder, los Patriots se arrodillaron y todo acabó 28-24.

El Phoenix Stadium de Glendale fue un funeral para los Seahawks. “¿El mejor running back de la liga y en la yarda 1? Ni siquiera era la 1, era media yarda. Nunca lo entenderé, hermano, nunca lo entenderé”, alucinaba el defensor Bruce Irvin, que repetía una y otra vez el apodo de Lynch: Beast Mode. Alguien que llevaba 102 yardas en 24 carreras, especializado precisamente por su tamaño en esas distancias cortas. Más diplomático fue Doug Baldwin, uno de los receptores. “Mi primer pensamiento es que íbamos a correr, pero los entrenadores son los que saben más que nosotros”. El coordinador ofensivo, Darrell Bevell, apuntó al receptor al que iba el balón, Ricardo Lockette, la teórica opción segura al estar defendido por el peor cornerback de los Patriots, por no ser más duro cuando llegó el balón. Irvin, como defensor estelar que fue, elogió la acción de Butler: “¿Has visto cómo ha saltado? Como si supiera que iba ahí”. Ese instante le valió para hacer carrera en la liga hasta 2022.

Los Patriots recuperaron su idilio con lo imposible y remontarían otra Super Bowl perdida en 2018 ante los Falcons: caían 28-3 en el tercer cuarto y ganaron 34-28 en la prórroga. Seattle, que había llegado a aquella Super Bowl de 2015 tras una remontada casi tan inverosímil ante los Packers, siguió siendo un fijo en play-off con Carroll —estuvo 13 años como técnico jefe hasta su salida en 2023—, pero no volvió siquiera a una final de conferencia. Jugaron seis veces postemporada en los siguientes ocho años y nunca ganaron más de un partido. Cuatro de esas seis derrotas llegaron en partidos decididos por una anotación.

Aunque esos finales ya no cayeron de su lado, Seattle se estableció en el lado de los ganadores, pues solo ha sumado más derrotas que victorias una vez en los últimos 14 años. Las 14 victorias y tres derrotas de este curso son el mejor balance de su historia. De nuevo con una defensa imponente y un quarterback solvente, han sido el mejor equipo de su conferencia: evitaron la primera ronda, sometieron a San Francisco y dejaron a cero al ataque de Los Ángeles Rams en el último cuarto para ganar la final de conferencia. Vuelven a la Super Bowl como favoritos, aunque los Patriots esgriman el mismo récord. Su entrenador, Mike Macdonald, intentará al menos acabar el partido sin merecerse un puñetazo.

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