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Zoquetes Trail: así supera una carrera el millar de inscritos sin dar un euro en premios

La fórmula del cariño diario erige a la prueba de Teruel en un referente del calendario nacional: “Nos ganamos su corazón antes de que vengan”

Trail Zoquetes

El cariño cotiza alto en las carreras por montaña. La herramienta del Trail Zoquetes para hacerse un hueco en el calendario nacional para bajar el roscón en la segunda semana de enero ha llevado al corazón de Teruel, a una de tantas comarcas en convalecencia demográfica de Aragón, en 2026 a más de un millar de corredores. La cifra, ya de por sí respetable por el esfuerzo del desplazamiento, es encomiable porque no hay dinero de por medio. Pocos eventos pueden presumir de tanta participación sin un solo euro en premios y sin que los corredores élite reciban una cantidad fija solo por ponerse el dorsal. Es el pequeño milagro de un lugar que ha convertido su curioso nombre, más casual de lo que parece —no es por el apelativo cariñoso, sino porque pasa por una parcela denominada así— en motivo de orgullo para el pueblo de cabecera, Alcorisa, un lugar que ha utilizado el deporte y la naturaleza para exhibir una vitalidad muy por encima de su escaso padrón, de poco más de 3.000 habitantes.

Alcorisa Fondistas, que surgió en 2011 como una excusa para trotar unos kilómetros de madrugada antes de ir al trabajo, hoy tiene una fecha fija del invierno, la temporada baja del trail, un periodo en el que las zonas con altitud rara vez se arriesgan a un hueco en el calendario que pueda chafar la meteorología. Y en el que los atletas profesionales están transitando entre temporadas, bien con deportes cruzados como el esquí de montaña o con los grandes volúmenes propios de una pretemporada. “Inauguramos el calendario y queremos ser el referente en enero. Lo que nosotros queremos transmitir es que cojan ganas para todo el año. Nosotros buscamos atraer a la gente por el corazón, no porque vengan a buscar premios”, subraya el director de carrera, Fernando Mateo.

En la decimotercera edición, Zoquetes ha ofrecido cuatro distancias —de 11, 14, 36 y 22 kilómetros, esta última sirvió para estrenar la Copa de Aragón— distribuidas entre sábado y domingo, pero el monstruo no crecerá más allá del millar de inscritos. Y no tanto por criterios de sostenibilidad ambiental. “Nuestro tope es el comedor, la filosofía de comer todos juntos es obligatoria. Y de ahí no salimos, no queremos vender más dorsales. Es la fiesta, convivir. Por eso les gusta a los élite, que se pegan una charlada con uno y otros porque no se han visto desde hace muchas carreras. Por eso es algo único”.

La carrera es inseparable de Mateo, ganadero y padre de dos hijos de tres y seis meses. Aun así, siempre tiene un segundo para contestar el móvil e interesarse por los corredores. “No te engañará si te digo que cada día tengo 15 conversaciones. Preocupándote por los élite, preguntándoles qué tal aunque estén lesionados. Nos ganamos su corazón antes de que vengan. Es ser cercano y humilde; no es escribirle solo cuando haya ganado un título, sino en las buenas y en las malas. Sin idolatrarles, de tú a tú, son personas normales”. Un esfuerzo tan inmenso que prevé dejarlo el próximo año. “No me gusta estar a medias. Si me meto voy a por todas”. Hace un lustro el evento apenas superaba los 300.

Alcorisa logra un híbrido entre evocar lo propio y acoger lo mejor de lo ajeno. El ejemplo es el homenaje a Rafa Esteruelas, uno de tantos vecinos que sostiene una carrera con unos 200 voluntarios, fallecido en 2025 por cáncer: “Los corredores de montaña nunca mueren, se convierten en parte del paisaje. Ahora, cada vez que sople el viento, sabremos que eres tú”, rezaba el acto antes de que su viuda recogiera una placa sin palabras. Tanto sopló el sábado que volcó en la meta un caldero con 20 litros de aceite para los huevos fritos que dan el cariño gastronómico. Cuando llegaron los senderistas, que abrieron la mañana y se fueron apartando según pasaban los corredores se quedaron sin premio. Jairo, el más joven en completar los 23 kilómetros, con seis años, llevaba con el gancho a su padre.

Otra mezcolanza es la del paso de Semana Santa, jóvenes orgullosos de su tambor conquistado el escenario. Un guiño a la bajada del Calvario, un tramposo empedrado final que conduce hacia el pueblo. Alcorisa no tiene grandes montañas, pero busca las vueltas con lo que tiene, como obligar a los corredores a transitar por debajo un puente, con la luz justa y una caída de dos metros, tras venir disparados por toboganes de cemento. Cuando a ese escenario suben los atletas élite, desde Alain Santamaría —cuarto en la distancia maratón del último Mundial y ganador de los 22 kilómetros del Barranco del Agua del domingo—, Álvaro Osanz —ganador de los 14 y de la combinada con la de 22–, Marc Bernadés, Pablo Ibáñez o viejas glorias como Luis Alberto Hernando o Raúl García Castán—, el broche lo pone la quincena de organizadores. Los corredores, los que agradecen ese mensaje de apoyo cuando las cosas no están saliendo, les aplauden. Porque aquí ellos, pese a sus ritmos endiablados, son un personaje secundario en esta historia. El papel principal es para los proveedores de cariño, los que han convertido una carrera modesta en un referente nacional.

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Sobre la firma

Luis Javier González
Escribo en EL PAÍS desde 2013. Colaborador especializado en rugby y trail. Licenciado en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid y Máster de Periodismo de la Escuela UAM / EL PAÍS.
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