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Blogs / Cultura
El toro, por los cuernos
Por Antonio Lorca

Taurinos y antitaurinos, en la polémica reside la revitalización de la fiesta de los toros

José Marchena, profesor de Historia Contemporánea en la Universidad de Cádiz, publica un libro en el que recoge la permanente y fructífera disputa taurina a lo largo del tiempo

“La permanente polémica entre taurinos y antitaurinos ha robustecido la fiesta de los toros a lo largo del tiempo. Ha sido y sigue siendo un elemento de revitalización. La defensa de la tauromaquia no puede entenderse sin su oposición. La disputa entre defensores y opositores la mantiene viva. Si no fuera así, posiblemente habría muerto. En una palabra, la polémica la ha enriquecido muchísimo”.

Esta es la opinión de José Marchena, (Cádiz, 1962), profesor titular de Historia Contemporánea en la Universidad de su ciudad natal, autor del libro Taurinos y antitaurinos. Historia de una encrucijada, en el que analiza el debate planteado en el mundo de los toros entre una y otra postura a lo largo de siglos.

Pero el autor da un paso más y afirma: “La fiesta de los toros es la seña de identidad cultural más arraigada en nuestro país; desde el siglo XV, en el que se va configurando la nación española como hoy la conocemos, los espectáculos taurinos gozan de gran auge y han seguido vinculados a nuestra realidad. Es un rito, una diversión, una ceremonia, como se le quiera llamar, pero estrechamente vinculado a lo español”.

“La fiesta de los toros es la seña de identidad cultural más arraigada en nuestro país; es un rito estrechamente ligado a lo español”

Curiosamente, el profesor Marchena confiesa que no es aficionado a los toros. “Posiblemente, no me verán en un tendido de una plaza, pero tampoco en una manifestación contra la fiesta. He trabajado este tema con muchísimo respeto y admiración por una fiesta que ha llegado hasta nuestros días y sigue siendo interesante desde la vertiente cultural, social e identitaria”.

El origen del libro, editado por la Universidad de Sevilla con el patrocinio de la Fundación de Estudios Taurinos, se remonta a la tesis doctoral de Marchena, dedicada al estudio de la burguesía durante la Restauración borbónica. “Es la primera vez que tuve contacto con los toros”, explica, “conocí la existencia de la primera sociedad protectora de animales, que se fundó en Cádiz en 1873; comprobé que ya existían ideas antitaurinas en un momento en el que la fiesta gozaba de gran predicamento y estudié a fondo este movimiento”.

Pronto comprendió, asegura, que de ese modo no llegaría a entender nunca el fenómeno de la tauromaquia en toda su amplitud, y, así, lo que en principio se reducía a un análisis sobre la fiesta en el siglo XIX se ha extendido a un concienzudo tratado de 700 páginas en las que se recogen las opiniones favorables y adversas sobre la lidia desde su nacimiento hasta la actualidad. En total, veinte años de su vida profesional dedicados a desentrañar la encrucijada de la polémica inherente a la fiesta de los toros.

“La tauromaquia no se puede entender sin su oposición”, afirma Marchena como primera conclusión de su trabajo. “La defensa y el ataque se establecen desde el principio, y así, frente al florecimiento de la fiesta, la Iglesia, primero, se opone porque entiende que los juegos taurinos son contrarios a la moral cristiana, en el XVIII se argumentaba que no era una actividad productiva, y más adelante, en el XIX y XX surgió la defensa de los animales. Argumentos distintos, pero bien construidos”.

“Posiblemente, no me verán en un tendido de una plaza, pero tampoco en una manifestación contra la fiesta”

Marchena sostiene que esa dicotomía es la clave de la permanencia de la fiesta, y que el interés en mantenerla ha sido similar a su condena. “Aunque pueda resultar paradójico o difícil de entender, ese debate es el que ha robustecido este espectáculo”, añade.

“Para ello, defensores y opositores han renovado sus discursos al hilo de cada etapa histórica”, añade, “de modo que si bien los contrarios no han acabado con la fiesta, sí han conseguido que el espectáculo se adapte en muchas ocasiones a sus planteamientos; lo cierto es que la fiesta ha despertado un interés inusitado en la Iglesia, la política, la intelectualidad y el pueblo en general, y se puede afirmar que si se opina sobre un asunto es porque interesa para bien o para mal”.

José Marchena insiste en que el enfrentamiento entre ambas posturas nunca pasó, en general, del terreno dialéctico. “Lo más característico”, explica, “es que han prevalecido los argumentos de peso, lo que ha permitido que se tuvieran en cuenta las opiniones de unos y otros; y eso ha sucedido en casi todas las etapas, a excepción de la actual, en la que la polarización imperante impide la argumentación”.

Añade Marchena que ha habido grandes polemistas, y entre los defensores cita a periodistas, “vulgarmente conocidos como revisteros”, como José Velázquez y Sánchez (1826-1879), Leopoldo Vázquez (1844-1909), Peña y Goñi (1846-1896), Mariano de Cavia (1855-1920), el Conde de las Navas (1855-1935) y José María de Cossío (1832-1977), director de la enciclopedia ‘Los toros, tratado técnico e histórico’.

En la banda opuesta, el autor destaca la figura de Eugenio Noel (1855-1936), “el atacante más sonoro, que dedicó su vida a luchar contra la fiesta de los toros”, José Navarrete Vela-Hidalgo (1836-1901) y José Vargas Ponce ((1760-1821).

“La tauromaquia es patrimonio cultural y no debe desaparecer, pero debería adaptarse a la modernidad”

Marchena considera a estos polemistas más influyentes que el papa Pío o los reyes que se atrevieron a prohibir la fiesta. “Son importantes, sí, pero se debe tener en cuenta que el toreo de aquella época era elitista y menos popular que en etapas posteriores”.

Los borbones cargan con toda su artillería contra los toros”, añade, “desde el primero, Felipe V, pero es verdad que a lo largo del siglo XIX se hace la vista gorda y en ciudades pequeñas y pueblos se saltan a la torera las prohibiciones reales hasta que Fernando VII crea la Escuela de Tauromaquia de Sevilla y se produce un giro en favor de la fiesta”.

Llegaría después la época dorada del toreo con Joselito y Belmonte como los grandes héroes nacionales, que se frenaría con la Guerra Civil y la dictadura, “un período complicado de reconstrucción de las ganaderías que prácticamente habían desaparecido, y en el que la autoridad política convierte los toros es un elemento identitario y folklórico”.

Con argumentos o no, la polémica persiste y hoy son muchos los que acuden a las plazas de toros y no menos los que se manifiestan contrarios a la fiesta. Entre estos se pone en tela de juicio, incluso, que la tauromaquia sea considerada como patrimonio cultural de este país, como reconoce la ley.

A este respecto, José Marchena lo tiene claro: “Patrimonio cultural sí es, y pienso que no debe desaparecer. Asimismo, creo que debería adaptarse a la modernidad, no sé cómo, pero debería, y siempre desde la dialéctica argumentativa”.

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