“Destructoras de la familia, antipatriotas y masonas”: el club de mujeres que encendió el feminismo en España
Comienza la celebración del centenario del Lyceum Club Femenino, un grupo de escritoras, abogadas, pedagogas y otras intelectuales que lucharon por ser reconocidas ciudadanas de pleno derecho

Apellido, nombre de mujer y dirección; debajo otro: apellido, nombre también de mujer y dirección; en el siguiente renglón, lo mismo. A veces, aparece el apellido del marido, otras se incluye una efe, una be o una te al final de la línea, lo que indica si es fundadora, baja o transeúnte respectivamente. Y así, se conserva un listado de 323 nombres en una libreta que perteneció a la intelectual vizcaína Pilar de Zubiaurre (Garai, 1884-Ciudad de México, 1970). Una de esas agendas de papel de biblia, finísimo y muy delicado, manuscrita con la típica caligrafía femenina de la primera mitad del siglo XX. Esta libreta, en cuya cubierta pone “Lyceum Club asociadas”, es un hito en la conmemoración del centenario de la fundación del Lyceum Club Femenino, cuya celebración comienza este miércoles.
Las mujeres de esa enumeración, sobre todo las impulsoras de esta asociación feminista, fueron calificadas de antipatriotas, masonas y, cómo no, de destructoras de la familia y de la moral por parte de la prensa tradicionalista. El Lyceum Club Femenino, que algunos tildaron de fumadero de opio, comenzó su andadura en noviembre de 1926. Así lo contó María Teresa León, una de sus socias, en sus memorias publicadas en 1970: “Aquella insólita independencia mujeril fue atacada rabiosamente, el caso se llevó a los púlpitos, se agitaron las campanillas políticas para destruir la sublevación de las faldas. El Lyceum Club no era una reunión de abanico y baile, se habían propuesto adelantar el reloj de España”. Parecía claro que esta organización incomodaba a las corrientes conservadoras de los años veinte del siglo XX, en plena dictadura de Primo de Rivera, que temían que las mujeres dejaran sus labores de ángeles del hogar y ridiculizarlas ―creían― era una manera de desactivarlas.

Nada detuvo a las fundadoras de este club, intelectuales referentes de esa época que querían insuflar modernidad y futuro a España. Como decía León: darle cuerda al reloj. María de Maeztu, su primera directora, defendía que para luchar por la emancipación de las mujeres era necesario crear una infraestructura propia para pensar, conocer y crear sin la tutela masculina: la educación y las redes de apoyo como claves para ser reconocidas ciudadanas de pleno derecho. Otra de las pioneras, María Lejárraga, ya había escrito en 1916: “Las mujeres necesitan un rincón con un poco de lumbre, silencio y muchos libros para poder aprender por su cuenta algo de lo mucho que ni la familia ni el Estado se han preocupado en enseñarle”.
Dicho y hecho, en la primera sede de la madrileña calle de las Infantas, en la Casa de las Siete Chimeneas, donde hoy se sitúa el Ministerio de Cultura, se reunieron las figuras ya nombradas y otras como Zenobia Camprubí, Ernestina de Champourncín, Victorina Durán, Victoria Kent, María Martos, Isabel Oyarzábal, Concha Méndez... así hasta medio millar de socias durante sus 10 años de ebullición cultural. Y aquí es donde se explica la importancia de la libreta de Zubiaurre. Tània Balló, comisaria del programa del centenario, recuerda la llamada que recibió del Museo de Bellas Artes de Bilbao en la que le dijeron que la familia de Pilar de Zubiaurre, que había llevado la sección de literatura del Lyceum Club Femenino, tenía algo que le podía interesar: “Es de los momentos más emocionantes de mi vida como investigadora, y he tenido bastantes”. El entusiasmo aumenta al describir su encuentro con la nieta de Zubiaurre, que no hace mucho llegó de México, el país donde se exilió su abuela, para establecerse en el pueblo natal de esta. La agenda permaneció en el exilio junto a su dueña que la conservó como parte de lo que ella era, fundadora del Lyceum, como anclaje a su tierra y a sus ideales, y como parte del legado de esta escritora y pianista y de todas esas mujeres que figuran en la libreta. Este listado llegó para completar los que se conocían, como el de Camprubí, que fue secretaria de la asociación y conservó una relación mecanografiada de 341 nombres, y el de Concha Fagoaga, una de las primeras investigadoras del Lyceum Club Femenino que publicó un censo en 2002. Cruzados los nombres de estas listas, junto con alguno que ha aparecido en otras fuentes, resultan unas 500 socias entre 1926 y 1936. Balló está segura de que “el número seguirá creciendo”.

Arquitectas, traductoras, escritoras, dramaturgas, periodistas, maestras, pedagogas, abogadas... perfiles y sensibilidades diferentes, con disparidad de pensamientos e ideologías pero que luchaban, sobre todo, por un objetivo común: el reconocimiento de la autonomía plena de la mujer. En el ambiente intelectual creado entre las paredes del Lyceum Club se debatieron temas como el del sufragio femenino, que culminó con la aprobación del voto para las mujeres en 1931, año en que se proclamó la Segunda República. El cambio de aires políticos favoreció a esta institución privada, que se financiaba a partir de la cuota de las socias, de la mayor aportación de alguna de ellas y de fiestas benéficas, y que con el nuevo régimen republicano recibió alguna subvención estatal. Esto se sabe gracias a los documentos administrativos, piezas fundamentales para reconstruir y conocer la historia, las actividades y el funcionamiento interno del club. Asuntos a los que aún les quedan grandes lagunas, ya que la desaparición de esta asociación tras la Guerra Civil, perjudicó la conservación de sus actas, informes y otros papeles puramente burocráticos. La búsqueda de esta documentación en distintos archivos de la Administración ha sido uno de los dos objetivos fundamentales en la preparación de la conmemoración del centenario. El otro: el aumento del censo de socias y con ello, el rescate de la memoria y las biografías de las miembros del Lyceum Club Femenino. Y aquí vuelve a constatarse la importancia de la libreta de Zubiaurre, que será una de las piezas que se mostrará en la exposición dedicada a este grupo de mujeres que se podrá visitar entre septiembre y enero en Madrid. Después, según Balló, itinerará.
La efeméride se inaugurará este miércoles en Madrid con una mesa redonda en la que participarán Fagoaga; Balló; Carmen de la Guardia, asesora científica del proyecto; y Ana López Cuadrado, subdirectora general de Archivos Estatales. Quién sabe si se parecerá a aquella charla que en febrero de 1929 impartió Federico García Lorca en el Lyceum, o a la de Rafael Alberti que, en pleno surrealismo, se presentó en el club con una paloma y un galápago para dar su conferencia Palomita y galápago. (No más artríticos). También estuvo invitado Miguel de Unamuno y otros tantos intelectuales y autoridades de la época, muchos mantenían estrechas relaciones con las socias, ya fueran familiares, sentimentales o profesionales. Declinó la invitación, sin embargo, el Nobel de Literatura Jacinto Benavente que manifestó que no le gustaba hablar “a tontas y a locas”.

De tontas y locas no tenían nada, más bien, lo contrario: conocían su realidad y la que las rodeaba. De ahí, que dos de sus proyectos fundamentales fueran la Casa del Niño, una escuela infantil que atendía a hijos de mujeres obreras que no podían hacerse cargo de ellos mientras trabajan. Además de velar por la educación de los pequeños, también lo hacía por su salud, higiene y alimentación. Y la otra gran misión fue el Comité del Libro para el Ciego, en el que participaron unas 70 socias que aprendieron braille y crearon libros para invidentes.
La Guerra Civil detuvo estos proyectos feministas e inclusivos. Cuando acabó el conflicto, en 1939, como las manecillas paradas de un reloj a quien nadie había dado cuerda, la sede del Lyceum Club Femenino ―en la calle de San Marcos― había permanecido intacta, según cuenta Carmen Baroja, quien fuera la encargada de la sección artística, en sus memorias. Desde entonces, no solo se obvió la historia de esta asociación y de estas mujeres; además, se la echó a la cuneta y se enterró. La Falange se incautó de los bienes, la Sección Femenina tomó las riendas y solo compartió con el ideario del Lyceum el ‘femenino’ del nombre. No se supo de las pertenencias del club fundado por María de Maeztu y compañía hasta 2002, cuando en la madrileña casa de pujas Durán se subastó la biblioteca del Club Medina, el nombre que tomó el Lyceum Club durante la dictadura. No se conoce el comprador de aquel conjunto de 6.000 libros, la mitad de ellos posiblemente fueron los que componían la biblioteca del Lyceum, uno de sus bienes más preciados.
El centenario reclama la reivindicación, el reconocimiento y la reconstrucción de la historia de estas mujeres. La celebración pone el foco sobre el pasado del Lyceum Club y alumbra el futuro: la historia que queda por contar; documentos, cuadernos y libros por localizar, estos últimos marcados con doble sello, el del Lyceum y el del Club Medina. Ahora sí, las agujas del reloj ya andan.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.


























































