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Toros
Opinión

La Maestranza, la fiesta de los toros y Morante… víctimas de la politización

La tauromaquia actual, abarrotada de público en Sevilla y Madrid, y más divertida que emocionante, corre el serio peligro de morir de éxito

El torero español Morante de la Puebla espera antes del inicio de una corrida de toros en Sevilla, el pasado Domingo de Resurrección, primer día de la temporada taurina en la plaza de toros de La Maestranza.Marcelo del Pozo (Getty Images)

Lo sucedido el pasado domingo en la plaza de toros de Sevilla —inauguración de la temporada, cartel de no hay billetes, una tarde radiante, un público enfervorizado, una presidencia contaminada, toros anovillados, nula exigencia, trofeos de tómbola pueblerina, pero todo muy divertido y bien regado con gin tonics con hielo y a precio abusivo (“un día es un día, compadre…“)— debiera llamar la atención de los taurinos, si es que aún queda alguno a quien le preocupe el curso de esta fiesta de toros (la Fundación Toro de Lidia, no, que esta no entra en asuntos profesionales…) y el porvenir de la misma.

La corrida del Domingo de Resurrección en La Maestranza fue un éxito de público y de taquilla. Un éxito para el nuevo empresario, José María Garzón, que ha conseguido que Morante de la Puebla se olvide de su retirada y le dé sentido y color a la Feria de Sevilla. Un éxito para la Real Maestranza de Caballería, propietaria del coso, que ha ingresado, como mínimo, el 22% de la facturación bruta en taquilla; y otro laurel para los gobernantes políticos andaluces, que dicen apoyar la fiesta y se sienten como peces en el agua en el burladero del callejón sevillano. Y todo ello adornado con la guinda del rey emérito, quien recibió a las cuadrillas después del festejo, como ya ocurriera en las corridas de la Beneficencia madrileña durante sus años de reinado.

Pero la corrida del Domingo de Resurrección en La Maestranza, uno de los festejos icónicos del año, ha sido un fracaso sin paliativos para la tauromaquia; ha tirado por los suelos la prestigiosa historia de la plaza sevillana, ha constatado que la tradicional afición sevillana, tan sabia y exigente como generosa, ha pasado a mejor vida, y que la efervescencia desaforada de la fiesta en esta ciudad puede ser la antesala de un precipicio inevitable.

Hace años que La Maestranza está desconocida, pero este domingo parecía una plaza extraña, sorprendente y decadente. ¿Por qué esos toros tan mal presentados, anovillados, carentes de fortaleza y de casta, amuermados, tullidos, proyectos de cadáver? ¿Por qué un silencio tan generalizado como conformista? ¿Por qué tantas ovaciones sin sentido? ¿Por qué tantos olés a destiempo? ¿Y esos trofeos tan inoportunos?

Hay quien piensa, y quizá no le falte razón, que todo ello es fruto de la politización que ensucia la tauromaquia desde hace un tiempo.

La izquierda ha hecho una bandera del no a los toros. La extrema los detesta. La otra no sabe si le gustan o no. La polarización política actual y el animalismo han conseguido que lo políticamente correcto y progresista sea lo antitaurino. Y la derecha es ahora más aficionada que los propios toros, y sus políticos hablan como si fueran taurinos de toda la vida cuando, por lo general, no tienen ni idea de lo que hablan. Unos y otros consideran los toros una presa electoral.

Y todo ello tiene un profundo reflejo social. Si la ministra de Trabajo le niega el pan y la sal a los toreros con motivo de la pandemia, y el de Cultura suprime el Premio Nacional de Tauromaquia, vayamos a los toros para fastidiarlos. Y no faltará el apoyo del Partido Popular: por vez primera en la historia, la RTVA retransmitirá este año siete corridas de la Feria de Abril, y Telemadrid ofrecerá en directo por segunda temporada consecutiva la Feria de San Isidro al completo.

No importa que ese nuevo público desconozca los principios básicos del espectáculo. Ya aprenderá… Además, esa nueva hornada de espectadores se ha encontrado con un Dios terrenal y lo ha elevado a los altares: Morante de la Puebla, un genio, uno de los grandes toreros de la historia, que al final de su vida profesional recibe el reconocimiento unánime, y él mismo se sentirá sorprendido de cómo cualquier gesto suyo se convierte en un acontecimiento. También el torero echa leña al fuego con sus brindis y abrazos a representantes de la derecha y extrema derecha.

Diviértanse… Pásenlo bien… ¡Vayan a los toros…!

Y los presidentes de las plazas, elegidos por los políticos, reciben un mensaje: no provoquen problemas, cumplan el reglamento, claro que sí, pero no sean tiquismiquis, y sí generosos con los trofeos, que la gente viene a divertirse y no a pasar un mal rato… Y los presidentes saben que si no cumplen lo mandado, los cesan, Y cumplen, claro que sí.

El resultado final es la corrida del domingo en Sevilla, un espectáculo vergonzoso, impropio de esta plaza, en el que se anula la exigencia, todo se aplaude y se reparten orejas como caramelos en Semana Santa.

El día que ese público jaranero se canse, la fiesta de los toros estará sola y al borde de la desaparición. Entonces, los políticos ya no le encontrarán rédito político y la abandonarán. Aún se está a tiempo de evitar la debacle. Aún se está a tiempo de volver a la autenticidad, a la integridad y a la pureza, que han sido y serán los cimientos de su pervivencia.

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