Josep Piera y el interlocutor ideal
Su personalidad eclipsaba a veces su obra. Una obra única e irrepetible como él mismo. Un autor total, que cultivó casi todos los géneros

A propósito de la celebración del centenario de Carmen Martín Gaite, el año pasado releí una parte importante de su obra. En ese nuevo acercamiento a sus páginas me obsesionó, durante un tiempo, la forma en la que ella necesitaba -y echaba en falta- a su interlocutor, la búsqueda permanente de ese otro tu con quien compartes el yo. Me obsesionó porque hasta ese momento yo no fui consciente de esa necesidad, quizás porque nunca había carecido de ella, y nunca se echa en falta lo que se da por sentado. Fui por primera vez consciente, releyéndola, de la suerte que yo tenía, porque contaba con un interlocutor ideal. Ese era Josep Piera.
A veces, cuando conocemos a los escritores que nos gustan, desearíamos habernos quedado con sus páginas, sin haber llegado a tal experiencia. Otras, en cambio, pasa lo contrario; crece aún más esa obra literaria que tanto respetas porque la persona que has encontrado detrás de su escritura está a la altura humana de sus palabras. Ese era el caso de Josep Piera. Tan exagerado que me atrevería a decir, si es posible, que su personalidad eclipsaba a veces su obra. Una obra única e irrepetible como él mismo. Un autor total, que cultivó casi todos los géneros, desde la poesía al ensayo, pasando por la novela y la biografía. Un autor que por encima de todo se sentía poeta, y un poeta que entendió los versos como una partitura de palabras. Que nos enseñó a mirar. Los paisajes y sus gentes.
A sentirnos mediterráneos. Desde su amada Italia y sus islas griegas hasta su comarca de la Safor, desde donde cada día, y hasta al final, se asombraba en cada atardecer que le brindaba la belleza de su montaña de la Drova, el lugar desde el que escribió algunas de las páginas más altas de la literatura catalana de nuestro siglo. Unas páginas sin las que no se entendería nuestra literatura en su totalidad, porque fue la voz valenciana capaz de articular, desde aquí, el sistema literario en nuestra lengua. Mereció por el conjunto de su obra el Premio de Honor de las Letras Catalanas y el calor entrañable de la fidelidad de sus lectores, generación tras generación.
Se acercó a los clásicos para comprenderse a él mismo y para que nos conociéramos un poco más a nosotros mismos con ellos. Agarró la obra de Ausiàs March y nos ayudó, cogiéndonos de la mano, como un padre, a cruzar con él la calle. A no tenerles miedo a los clásicos, a hacérnoslos comprensibles. Su compromiso cívico con la lengua lo convirtió en un referente. Su forma de entender que una sociedad del bienestar se sustenta de una forma firme cuando los poderes públicos priorizan la cultura con sus ciudadanos lo empujó a articular algunos de los proyectos culturales más grandes del País Valenciano; a configurar una ciudad de Gandia y una comarca de la Safor bajo el cimiento de la literatura. Y de ahí, el milagro de poder vivir tratando con naturalidad lo extraordinario. Cuando pienso que alguien como, gracias a la suerte biográfica de haber nacido aquí, ha podido gozar de tener a un Brines y a un Piera con la cercanía y la intimidad con la que se tienen a unos abuelos, es que algo, en la comarca, ha funcionado bien. Y es gracias a todo ese legado que nos dejan los maestros.
Yo no sé cómo se despiden a las grandes personas que han pasado por nuestras vidas. A las que han sido las más importantes para nosotros. Porque por mucho que a medida que van pasando los años estamos más entrenados, menos nos acostumbramos. Y por mucho que sé que me va a faltar durante todos los días de toda la vida, desde que Pep no está no estoy con la tristeza infinita con la que sé que me encontraré, sino agradecida. Con la plenitud total de haber tenido el privilegio de haber disfrutado tan de cerca tantos años, viajes, horas, recuerdos y palabras. Porque Josep Piera siempre nos quedarán sus páginas. Pero fue, también, el interlocutor soñado para cualquier aprendiz de escritor; aquél que empezó corrigiéndote de adolescente unos versos, tomándose todo el tiempo del mundo y con la seriedad con la que no te tomabas ni a ti misma, y acabó siendo tu otro yo entre este enredo del nosotros.
Àngels Gregori es poeta y gestora cultural
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