Un fenómeno sin precedentes: 450 verracos vetones en el “Salvaje Oeste de Iberia”
Se trata de esculturas talladas en granito que representaban toros, cerdos o jabalíes y que fueron distribuidas por una superficie cercana a los 7.600 kilómetros cuadrados


Dicen los profesores Jesús R. Álvarez Sanchís, Jesús Rodríguez Hernández y Gonzalo Ruiz Zapatero, de la Escuela Superior Politécnica de Ávila y de la Universidad Complutense de Madrid, que desde el año 800 a. C hasta el cambio de era, “Iberia fue el Salvaje Oeste del Mediterráneo durante la Edad del Hierro”. Las tradiciones culturales celtas ocupaban el centro, oeste y norte de la península, mientras que los íberos se extendían por el este y sur. [Este texto es un extracto del boletín semanal sobre arqueología de EL PAÍS, ‘Cuatro piedras’.Para recibir la newsletter, puedes apuntarte aquí].
“En la parte occidental de la Meseta, la gran meseta central, surgió el grupo etnocultural [celta] de los vetones”. Se caracterizaba por vivir en oppida (ciudades fortificadas) con grandes cementerios de cremación para una sociedad relativamente jerárquica que empleaba panoplias guerreras, cerámicas únicas con ornamentación y, sobre todo, cincelaba grandes estatuas de granito. Eran los famosos “verracos que representaban toros, cerdos o jabalíes, que colocaban junto a las puertas de los principales núcleos de población, aunque la mayoría se alzaba en pastos y campos alrededor de los oppida y castros”.
Estas esculturas eran un fenómeno sin precedentes en la Prehistoria Tardía de la Europa templada, donde la escultura en piedra era bastante excepcional. Además, con el paso de los siglos muchos verracos desaparecieron o fueron reutilizados como material de construcción. Ahora, los expertos dan por primera vez una cifra de los verracos que existieron en el centro y oeste peninsular: “450, algunos perdidos, otros documentados en simples referencias escritas y muchos reutilizados en periodos posteriores”.
Los especialistas, que han publicado su trabajo en la revista World Archaeology, bajo el título de The big bull: Stone Sculptures, ceremonial place and monumentality in Late Iron Age central Iberia, admiten que se sabe muy poco sobre las ubicaciones originales, pero sí que fueron tallados en granito siguiendo una tradición escultórica que mantuvo sus características esenciales generación tras generación durante más de cinco siglos.
Fueron distribuidos por una superficie cercana a los 7.600 kilómetros cuadrados. La primera mención histórica que se tiene de ellos es del siglo XIII y habla de un toro que había sobre el puente romano de Salamanca. De los verracos escribieron desde Lope de Vega a Cervantes.
La mayoría de los animales pétreos conocidos —el 80 por ciento— se encontraron en zonas de pastos próximas a asentamientos, a unos 500 o 2.000 metros de distancia de puertas, murallas o zonas cercadas. Se colocaban en lugares muy destacados para hacerlos visibles a más de un kilómetro y medio de distancia.
“Se necesita más información sobre la naturaleza de los paisajes de la Edad del Hierro y la relación entre las estatuas y su posición”, dicen los arqueólogos. “Sin embargo, sus tamaños, formas y relaciones espaciales con las canteras y oppida cercanos nos permiten identificar los verracos como símbolos del surgimiento de valores étnicos y comunitarios”. Es decir, venían a indicar algo así como: “Atención, atención, entra usted en territorio vetón. Aténgase a las consecuencias”.
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