Así se comunicaba España antes del 5G: torres en mitad de la nada y señales ópticas
Las comunicaciones a larga distancia dependían de unas edificaciones aisladas que se comunicaban entre sí con mensajes codificados que requerían de un diccionario para ser descifrados


Mucho antes del 5G, las comunicaciones a larga distancia dependían en España de unas edificaciones aisladas y diseminadas por campos y montañas que se comunicaban entre sí mediante señales ópticas. El operador de la primera torre lanzaba unas señales cifradas que reproducía un segundo operario y que, a su vez, reenviaba a un tercero, y así sucesivamente hasta el final de la línea. Un trabajo terrible que obligaba a estar siempre atento a las torres cercanas y, que muchas veces, obligaba a los operarios a vivir asilados en en mitad de la nada. [Este texto es un extracto del boletín semanal sobre arqueología de EL PAÍS, ‘Cuatro piedras’. Para recibir la newsletter, puedes apuntarte aquí].
Los mensajes siempre estaban codificados y requerían de un diccionario para ser descifrados. Solo los jefes de Telégrafos y los comandantes conocían los contenidos. Los codificaban y descodificaban al principio y final de la línea.
La telegrafía óptica, como se conoció a esta manera de transmitir mensajes, fue concebida por el coronel del Estado Mayor José María Mathé Aragua, que contaba con una gran preparación y trayectoria en comunicaciones telegráficas militares, lo que permitió “a España situarse en el contexto tecnológico a nivel internacional del siglo XIX”, según explica el informe Análisis para una red sistémica arquitectónica: estudio actualizado sobre la línea de telegrafía óptica Madrid-Valencia, publicado en la revista Arqueologia de la Arquitectura.

La red contaba de tres líneas principales: Madrid- Irún, Madrid-Cádiz y Madrid-Barcelona, pasando por Valencia, lo que obligó a erigir centenares de torres, en la actualidad abandonadas, cuando no desaparecidas o gravemente dañadas. Por ejemplo, unir Madrid con Valencia requería de 30 torretas, casi una cada diez kilómetros.
El informe —firmado por Pasquale de-Dato, Yoland Hernández Navarro y Fabio Fatiguso— sostiene que “las torres que aún persisten constituyen un vestigio material de la modernización tecnológica del siglo XIX en el ámbito de las telecomunicaciones y administrativas del Estado liberal isabelino”.
Su concepción respondía a una “lógica jerárquica centralizada ya criterios de eficacia operativa, evidenciando una planificación territorial rigurosa y adaptada a las condiciones topográficas”. La existencia de tres líneas radiales desde Madrid y la homogeneidad del proyecto del coronel Mathé “demuestran la voluntad de construir un sistema nacional unificado de telegrafía óptica, cuyo legado ha quedado parcialmente invisibilizado por su breve recorrido funcional y progresiva desmaterialización”.
Los autores recuerdan que, aunque todas las torres eran muy semejantes, se tuvieron que adaptar a la “disponibilidad de materiales, las técnicas constructivas vernáculas y las condiciones del terreno”. Se trataba de edificios de tres plantas, de base cuadrada con una superficie de ocupación de aproximadamente 32 metros cuadrados, de gran simplicidad distributiva y tipológica.
Los redactores del estudio se quejan de “la falta de un marco normativo específico que regule su restauración. Las intervenciones aisladas han generado casos ejemplares, como las torres adaptadas a fines culturales o pedagógicos, pero también ha dado lugar a transformaciones que comprometen la autenticidad, materialidad y legibilidad del bien”. Y piden que se pongan en valor, “no como una colección de elementos aislados, sino como un entramado coherente de arquitectura, paisaje e historia técnica”.
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