Salvo eso de musulmán el que no bote
El racismo y la xenofobia cotizan al alza en España, mal que nos pese, y el fútbol no se iba a quedar atrás en una carrera que nadie sabe cuándo comenzó ni mucho menos cuándo acabará


No está del todo claro si lo ocurrido en Cornellá-El Prat fue un acto de racismo o de xenofobia, incluso ambos. La xenofobia implicaría que los cánticos entonados por una parte importante de la grada iban dirigidos a los futbolistas egipcios, a los extranjeros, mientras que el racismo también aludiría a la principal estrella de la selección, un Lamine Yamal que ya ha sufrido episodios similares en otros campos de la geografía española, también en las redes sociales. “¿Pero qué selección española es esta? Parece una broma de mal gusto”, escribió el agitador ultra Vito Quiles tras un partido de España en la pasada Eurocopa, comentario que acompañó de una fotografía del futbolista de Rocafonda junto a Nico Williams. Hace apenas dos meses, ese mismo Vito Quiles era contratado por el Partido Popular para amenizar su acto de fin de campaña en las elecciones autonómicas celebradas en Aragón.
Está bien que los cánticos de “musulmán el que no bote” hayan sacudido tantas conciencias en un país que lleva demasiado tiempo conviviendo, en cierta armonía, con este tipo de conductas. El racismo y la xenofobia cotizan al alza en España, mal que nos pese, y el fútbol no se iba a quedar atrás en una carrera que nadie sabe cuándo comenzó ni mucho menos cuándo -ni cómo- acabará. Algunos incluso se sorprenderán de que todo esto haya ocurrido sin Vinicius Jr. sobre el terreno de juego. A fin de cuentas, era él quien provocaba el racismo, un poco como el eucalipto en Galicia, al que se culpa de provocar los incendios. Lo habrán leído, visto y escuchado en todo tipo de formatos. Personas como usted y como yo. De los que llevan a su hijo al colegio y siempre saludan en la escalera: ¿cómo van a ser racistas, o xenófobos, si con los otros negros y extranjeros no se les escapa ni un triste uh?
Ay, caramba: a ver si al final va a resultar que sí somos un país radicalizado. O, al menos, un país donde el odio forma parte del nuevo folclore popular, el mismo que se corea a voz en grito durante los conciertos de Juan Magán o en las discotecas de moda. También en el Congreso de los Diputados, con cierto éxito de crítica y público, por cierto. Un país cuyo fútbol está plagado de gradas de animación abiertamente fascistas, pero donde el único partido que se ha detenido aplicando los protocolos existentes fue uno en el que la afición del Rayo Vallecano se puso a cantar aquello de “eres un nazi” a un futbolista que ha aparecido en fotografías con todo tipo de simbología neonazi. Las diferencias entre ese cántico y el escuchado en RCDE Stadium pueden parecer sutiles, pero alguna debe de haber para que nadie se haya planteado detener el encuentro.
“Salvando eso, ha habido un gran ambiente”, declaró el presidente de la RFEF nada más terminar el partido. Es lo que tiene de bueno el fútbol, supongo. Si le quitas los cánticos racistas, los xenófobos, los insultos al árbitro o al presidente del Gobierno, el lanzamiento de objetos, los saludos fascistas, las batallas campales entre grupos ultras, el machismo y la homofobia, te queda un espectáculo ciertamente impecable, para todos los públicos. Si además hablamos del campo del Espanyol, donde hay que acudir al “salvo eso” con demasiada frecuencia, en lugar de un incidente aislado puede que hasta descubramos un patrón: uno que debería avergonzar a esa mayoría silenciosa que hoy, viendo la que está cayendo, se dedica a responder con la fotografía de un chaval que porta la camiseta de España y una bandera del Barça. Ay, sí. Acabáramos.
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