Talento, poder y dinero en la Roma de Bernini y el papa Urbano VIII
Una muestra en el Palacio Barberini explora la relación entre el maestro del barroco romano y el pontífice, una de las más prolíficas de la historia del arte


Todo artista sabe que escoger el camino de la creación puede llevarte a morir pobre y en el anonimato, pero también es cierto que cuando talento, arte y dinero confluyen, la historia nos regala tesoros únicos. En Roma esa confluencia se dio con frecuencia, pero hubo momentos álgidos, como el siglo XVII, que vio nacer el barroco de la mano, entre otros, del extraordinario escultor Gian Lorenzo Bernini, quien debe su éxito no solo a su genio creativo, sino también al ego y al dinero del papa Urbano VIII.
A la fructífera relación entre ambos está dedicada la exposición Bernini y los Barberini, que puede verse hasta el 14 de junio en el palacio Barberini de Roma. La muestra huye del clásico “grandes éxitos” —el planteamiento museográfico más manido hoy en las instituciones occidentales— y se presenta, en cambio, como una sucesión de pequeñas grandes joyas. A lo largo de seis salas reúne esculturas y retratos en mármol firmados por Bernini, procedentes de colecciones de todo el mundo, como la Fundación Getty de Los Ángeles, la National Gallery de Londres, el Louvre de París o el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid, que ha prestado un San Sebastián realizado por el artista en 1617, con apenas 17 años.
A las obras de Bernini le acompañan piezas de otros grandes escultores de la época, como Giuliano Finelli, François Duquesnoy o varias de su padre, el escultor manierista Pietro Bernini, como Las cuatro estaciones con las que se abre la exposición, y lienzos de coetáneos como Guido Reni que permiten contextualizar mejor aquel momento histórico. La muestra se cierra con una serie de piezas que Bernini hizo en absoluta libertad, tanto en pintura como en escultura, obras que enfadaron a Urbano VIII por no responder a sus exigencias porque Bernini, como demuestran esas obras, era un espíritu libre.

Una de las salas está dedicada al propio palacio Barberini, pieza clave del barroco romano y en cuyo diseño confluyeron los talentos de Bernini y de los otros dos grandes genios de la época, el arquitecto Francesco Borromini y el pintor Pietro da Cortona. El palacio que hoy alberga la exposición fue residencia de Urbano VIII, quien antes de ser coronado por la curia vaticana se llamaba Maffeo Barberini. Este noble pertenecía a una adinerada familia de comerciantes florentinos que, gracias a sus influencias, consiguieron que Maffeo, intelectual, poeta, humanista, jurista y melómano, escalara todos los peldaños de la jerarquía eclesiástica hasta convertirse en Urbano VIII. Su papado duró del 1623 al 1644, todo un hito si se tiene en cuenta que en los cien años anteriores llegaron a sucederse casi veinte papas.
Esta figura fascinante y controvertida, amigo de Galileo Galilei y también responsable de su condena a manos de la Inquisición, intuyó que la habilidad de Bernini para transformar el mármol en esculturas casi vivas también podría contribuir a forjar su propia leyenda. Urbano VIII lo vio trabajar cuando era aún un aprendiz en el taller de su padre y a partir de ese momento comenzó a encargarle obras que, junto a las de Borromini y Pietro da Cortona, contribuirían a que el pontificado de Urbano VIII transformara Roma de forma irreversible. En plena Contrarreforma, con Europa en llamas por la lucha entre catolicismo y protestantismo, el barroco se convirtió en una expresión de poder que permitiría a la familia Barberini quedar inscrita en la historia para siempre.
Bernini primero adquirió fama por ser un excelente retratista, aunque también trabajó con frecuencia como arquitecto y urbanista. Cuando Maffeo Barberini aún era cardenal le encargó múltiples bustos celebratorios de miembros de su familia -hasta entonces los bustos solo se hacían con fines funerarios-, hoy expuestos juntos, pero fue en su papel de Urbano VIII cuando la relación entre ambos daría sus mejores frutos. Barberini, tras ser nombrado Papa, quiso tener su propio Miguel Ángel y vio en Bernini ese potencial. El primer encargo que le dio fue completar la basílica de San Pedro, en cuyo interior el artista dejó una obra magistral, el baldaquino de San Pedro, esa estructura monumental en forma de dosel con columnas de casi treinta metros de alto que preside la basílica vaticana y que cubre la tumba del santo. A su complejo diseño y construcción está dedicada una de las salas de la exposición donde también pueden verse bocetos y dibujos del artista, así como de Borromini, eterno rival de Bernini y figura clave del barroco romano. Sus aportaciones fueron esenciales en la construcción de San Pedro y del propio baldaquino.
Es llamativo descubrir que el elefante que hoy sostiene un obelisco en la plaza de la Minerva en Roma (y al que recientemente le rompieron un colmillo), diseñado por Bernini y conocido como l’elefantino, en realidad había sido concebido para instalarse en el jardín del Palacio Barberini, como atestigua una terracotta del elefante presente en la exposición. No parece haber una explicación sobre por qué no llegó a instalarse ahí, pero lo cierto es que esta obra sirvió como modelo a la que se instalaría en 1666 en el centro de Roma por petición del papa Alessandro VII Chigi.

El ego desmedido de Urbano VIII se refleja bien en la producción escultórica de Bernini, quien realizó al menos ocho bustos en mármol y en bronce del pontífice, un caso casi único en la historia de los retratos papales realizados en escultura. Por primera vez todos ellos pueden verse juntos en una sala que permite apreciar la extraordinaria capacidad del artista como retratista, algo que hasta entonces solo habían sabido hacer los pintores.
Uno de los mejores ejemplos de libertad creativa de Bernini es el busto de Thomas Baker, un inglés de orígenes modestos que se enamoró del busto del rey Carlos I de Inglaterra que Bernini realizó en 1636 (hoy perdido en un incendio) y le ofreció casi el doble de lo que cobró por aquel para que realizara el suyo, algo inédito puesto que los bustos siempre se hacían para mostrar la autoridad de figuras públicas y este tenía fines privados. Mientras trabajaba en él, Urbano VIII supo que Bernini estaba “traicionándole” con un inglés —el Papa solo había dado su permiso para que hiciera el busto del rey Carlos I— y le pidió que lo abandonara, pero él se negó. Hoy es uno de los mejores ejemplos de retrato escultórico, no solo por el movimiento de su abundante melena y la precisión y los detalles de los encajes de su vestimenta, sino por la expresividad del personaje, reflejo de la capacidad de Bernini para dotar de vida propia a toda su obra.
Urbano VIII trató de que Bernini también pintara para él, sin éxito, aunque sí llegó a hacerle un pequeño retrato, presente en la muestra. En general, el artista utilizó la pintura como refugio y nunca se dedicó a ella profesionalmente, pintaba por placer: la exposición presenta autorretratos, medios bustos de ancianos con los que exploraba formas y rostros y otras obras pequeñas.
En cuanto a sus esculturas, todas las hizo por encargo excepto una: la de su amante, Costanza Piccolomini Bonarelli, a la que vemos en la muestra con un gesto apasionado y mostrando el escote. Lo que no se ve es lo que Bernini le hizo después: al descubrir que ella también mantenía una relación con su hermano Luigi, el escultor ordenó a un siervo que destrozara el rostro de Costanza con una cuchilla y luego trató de matar a su hermano. Por si no bastara, Costanza fue obligada a entrar en un convento acusada de adulterio. Urbano VIII acudió al rescate del artista y Gian Lorenzo Bernini nunca fue condenado.

Tras aquel delito, el Papa aún tuvo palabras extraordinarias para él, definiéndole así: “Hombre excepcional, ingenio sublime y nacido por disposición divina y para gloria de Roma, para llevar luz a este siglo”. La excusa del talento, que ha abierto debates recientes entre los méritos de un artista y sus desméritos como ser humano, sigue hoy tan viva como entonces, aunque las Costanzas de hoy tienen más recursos para combatirla. Y eso que, con frecuencia, el poder y el dinero aún pesan más que ellas.
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