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De los ‘tags’ a Banksy, pasando por Basquiat: la calle encerrada en un museo

La Fundación Canal reúne más de 60 obras en la exposición ‘Arte urbano. De los orígenes a Banksy’, un recorrido por la historia y evolución del género

Demetrius solo quería que supieran de su existencia. Por eso llevaba siempre consigo un rotulador en su mano adolescente, para dejar en cualquier rincón de Nueva York su seudónimo y el número de la calle donde vivía. El nombre TAKI 183 apareció en las paredes, estaciones de metro y en los trenes de toda la ciudad. Con esa firma (tag, como se conoce en el medio) nació el grafiti, como una herramienta de visibilidad sin pretensión artística. Pero rápidamente se transformó en un constante debate sobre los límites entre el arte, la legalidad y la autoría. Más de medio siglo después y a miles de kilómetros de las calles neoyorquinas, el nombre de aquel chico de raíces griegas abre la exposición Arte urbano. De los orígenes a Banksy, que reúne más de 60 obras del género. Hoy, en las paredes de la Fundación Canal de Madrid, Demetrius, Taki, sigue existiendo.

No hay duda de que esta corriente nació como una forma de protesta al margen de lo institucional. Por eso, en la presentación de la exposición a los medios este martes, a la comisaria de la muestra, Patrizia Cattaneo, le lanzan una pregunta que se repite: “¿Arte urbano en un museo?”. Ella responde sin titubeos: “Sí, ¿por qué no?”. La exhibición, que abrirá al público del 4 de febrero al 3 de mayo, propone un recorrido por cinco salas que trazan la historia y evolución del género, desde sus orígenes hasta su consolidación global. Y, aunque muchas cosas han cambiado, hay dos constantes que permanecen: la presencia de temas como la desigualdad o la exclusión y la calle como espacio de trabajo. Es precisamente esta última la que abre el debate sobre el destino final de estas obras.

Fue a partir de los años ochenta cuando el arte urbano comenzó a hacerse un hueco en el sistema del arte contemporáneo. Galerías, museos y colecciones empezaron a interesarse en esta práctica que había dejado atrás la simpleza y rapidez de los tags —sin perder su carácter crítico— porque demostraba una enorme potencia estética y conceptual. “De la reivindicación pasó al arte”, explica Cattaneo mientras avanza por las salas. De pronto aparecen trabajos de algunos de los artistas más influyentes y consagrados del género, como Jean-Michel Basquiat, Keith Haring, Invader, OBEY.

Entre las obras destaca el grafiti de Ozmo Tú vales más que muchos gorriones, una pieza que condensa crítica y narración en una torre de seis peldaños. En la base se encuentran obreros y manifestantes, seguidos por la clase ociosa degustando banquetes; más arriba, militares; después, religiosos; encima, políticos; y en la cima, el dinero. La composición incluye la frase: “In art we trust” (En el arte confiamos). Aunque no lo parezca, “todas estas obras nos obligan a reflexionar sobre el mundo de una manera positiva”, señala Cattaneo.

Cuando llegó a Europa, a ciudades de fuerte carga histórica y cultural, el arte urbano incorporó nuevas técnicas y discursos: el uso del esténcil, la intervención monumental o la poesía visual. Las paredes de París, Roma o el muro de Berlín dejaron de ser únicamente espacios de confrontación para convertirse en lugares de diálogo con la arquitectura, la memoria y la identidad colectiva. En este contexto comienzan a resonar también nombres del panorama español, como El Xupet Negre, PichiAvo y SUSO33. Este último acompaña a la comisaria durante el recorrido y se detiene, junto a una treintena de personas, frente a una de sus dos obras expuestas.

¿Vandalismo o arte?

Para SUSO33 la frontera entre arte y vandalismo no es fija sino contextual. Sacar una intervención de la calle y trasladarla al museo implica una transformación inevitable, una “recontextualización”. La obra pierde su sentido original y adquiere otro, condicionado por el nuevo entorno. El artista lo explica a este periódico a partir de una de sus piezas, realizada en un solar donde podía leerse la palabra “ilegal”. Parte de ese mural fue retirada, dejando únicamente la letra i en el espacio original, mientras que el resto —con la palabra “legal”— se expone ahora entre las paredes de la Fundación Canal. “Si la sacas del contexto donde la he creado y la metes en el espacio expositivo, pasa a ser legal”, reflexiona el artista. “Y en la calle queda, de algún modo, desfinanciada”.

Desde sus inicios, el artista madrileño ha trabajado en esa" zona ambigua entre lo legal y lo ilegal", entendiendo el arte urbano como un ejercicio de poesía visual que invita al espectador a formular su propia reflexión. “En el juego está lo divertido sin duda y con respeto”, asegura.

A medida que el recorrido avanza, la exposición despliega una diversidad de lenguajes y de espacios elegidos por los artistas para plasmar su mensaje. La cuestión legal, aunque se va difuminando, nunca termina de desaparecer. Solo se reformula la pregunta: ¿cuándo una intervención es considerada vandalismo y cuándo arte? Para la comisaria de la muestra, la respuesta radica en que la acción del artista no comprometa la “funcionalidad del espacio”. Así lo ejemplifica una intervención en una señal de tránsito, de la que emergen un rostro y unas manos hiperrealistas, a modo de relieve. A pesar de la manipulación, el espectador sigue reconociendo la restricción de paso de vehículos.

El cambio más decisivo llega a partir del año 2000. La calle deja de ser solo un lugar físico y se expande en la pantalla. Internet y las redes sociales multiplican el alcance del arte urbano: las obras ya no existen únicamente en el lugar donde se realizan, sino que se reproducen, se comparten y se reinterpretan, alcanzando una visibilidad internacional inmediata. Tal es el caso de Banksy. “No sería una exposición de arte urbano sin él”, explica la comisaria. Cuando el misterioso artista callejero realiza una nueva obra, “todo el mundo habla de él”. Al final del recorrido, casi como un reservado, decenas de cuadros que reproducen sus trabajos cuelgan de las paredes: la famosa niña soltando un globo o los personajes de Pulp Fiction “disparando” con bananas.

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