Cantar ‘Eres alta y delgada’ para sobrellevar el infierno del campo nazi de Ravensbrück
El proyecto musical de un cuarteto vocal recupera las canciones que entonaban de manera clandestina las españolas deportadas por los nazis a uno de los centros del horror, unas mujeres olvidadas por la historia


“Quien canta sus males espanta”, dice el refrán. Sin embargo, había que tener mucho ánimo para hacerlo en un campo de concentración nazi, aunque fuera en voz baja, de forma clandestina. “Eres alta y delgada/ como tu madre/ Morena salada/ como tu madre”. O la habanera La paloma: “Si a tu ventana llega una paloma/ trátala con cariño que es mi persona”. Fueron dos de las canciones que entonaban las españolas presas en el infierno de Ravensbrück para darse ánimos y mantenerse como “seres pensantes”, decían ellas. Ese episodio apenas conocido de la historia reciente de España, el de las deportadas al horror del sistema carcelario alemán, se quiere recuperar con un proyecto musical que ya ha dado sus frutos en conciertos y con un disco, titulado Olvidadas, del grupo vocal Ensemble Cantaderas.
La necesidad de reconocer el sufrimiento de aquellas mujeres partió, significativamente, de un encargo del Estado alemán de Brandeburgo a Ensemble Cantaderas, formación dedicada a recuperar cancioneros caídos en el olvido de finales del siglo XIX y comienzos del XX, aunque también incluyen música medieval en su repertorio. La formación, que nació hace unos 10 años, está integrada por Ana Arnaz de Hoyos, Paloma Gutiérrez del Arroyo, June Telletxea García y Anne Marie Lablaude.
“Cada tres años, el Ministerio de Cultura de Brandeburgo organiza un concierto de homenaje a las mujeres de un país que estuvieron presas en Ravensbrück. En 2023 le tocó a las españolas”, explica Telletxea por teléfono. La escasa documentación dificulta poder establecer cuántas españolas penaron allí. Gutmaro Gómez Bravo, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad Complutense de Madrid, dice que partiendo de los listados oficiales nazis y según sus últimos estudios, de 2024, la cifra rondaría las 210. “El problema de establecer un número concreto es que las españolas eran detenidas en Francia y muchas daban nombres falsos o estaban casadas con franceses y decían que su nacionalidad era la francesa, y eso era lo que transcribían los alemanes, por lo que probablemente fueran algunas más”, añade Gómez Bravo, autor, junto a Diego Martínez López, de Deportados y olvidados. Los españoles en los campos de concentración nazis (La Esfera de los Libros, 2024).
Cantaderas realizó su propia investigación musical e histórica, que incluyó una estancia de varios días de ensayos en las instalaciones del antiguo campo para dar un concierto, el 23 de septiembre de 2023, en la misma fábrica textil donde las españolas habían sufrido los trabajos forzados. “Yo, que vivo en Berlín, desconocía ese episodio de la historia española. Supuso descubrir la lucha por la supervivencia de aquellas mujeres, su fortaleza y su capacidad para estar unidas, y cómo la música, el canto, las ayudó”, agrega Telletxea.
¿Cuándo podían cantar las presas? Telletxea señala que “como al llegar al campo tenían que pasar una cuarentena, ahí lo hacían”. “Y por los testimonios que recogimos supimos que, por ejemplo, los domingos había menos vigilancia, así que tenían más ocasión”.
En septiembre de 2024 se grabó el CD en ese mismo lugar. Telletxea describe cómo fue ese proceso: “El espacio te condiciona y cambia la percepción de todo. Cuando escuchábamos fragmentos de la grabación me sorprendía el peso que tenía cada pieza, era conmovedor. Te hacía recordar la emoción de estas historias y la sensación de curar heridas”.
El álbum, presentado el pasado mayo en la Institución Libre de Enseñanza, en Madrid, contiene 29 canciones. A las que documentaron que cantaban aquellas mujeres por testimonios directos e indirectos, sumaron cantos de siega, canciones de boda, de cuna... las que sonaban en la España de la época. Las intérpretes de Ensemble Cantaderas usaron sus propias manos como percusión para acompañar sus voces, además de piedras recogidas en el lager, dedales, cucharas y un tambor. Como dice Telletxea, “para aquellas mujeres, cantar era un arma contra el embrutecimiento”. El 3 de julio repitieron actuación en Ravensbrück. Ese día el Gobierno español inauguró una placa en un muro de recuerdo que hay en el campo.
Durante la presentación del disco, la historiadora Amalia Rosado Orquín, autora de Españolas en los campos nazis (Catarata, 2024), ensayo para el que consultó archivos de 14 países, declaró que, además de las torturas, las mujeres sufrían violaciones y eran convertidas en esclavas sexuales. Rosado recordó que les ponían inyecciones para eliminar la menstruación y así poder trabajar todos los días. “Lo conseguían con unas, y con las que no, las hacían pasear desnudas para humillarlas”.
El CD se titula Olvidadas porque, como explican en el magnífico libreto, “las olvidó su país; el régimen franquista declaró a los exiliados apátridas y tuvieron que ser acogidos en Francia”. Además, a muchas de ellas “las olvidaron incluso sus familias por vergüenza, y no se empezó a hablar de los españoles deportados a campos nazis hasta el final de la dictadura”. Como decía Neus Català, la española más conocida de las que sufrió aquel horror, fallecida a los 103 años, en abril de 2019, eran “las olvidadas entre los olvidados”.

Català había huido de Barcelona cuando entraron las tropas franquistas al final de la Guerra Civil y se marchó a Francia, donde se unió a la Resistencia, pero fue arrestada en noviembre de 1943. Torturada por los nazis, fue condenada a trabajos forzados en Ravensbrück. En su libro De la Resistencia y la Deportación. 50 testimonios de mujeres españolas, de 1984, describía cómo fue su llegada a aquel lugar, una impresión que le seguía sobrecogiendo años después: “Con una temperatura de más de veinte bajo cero, a las tres de la madrugada del 3 de febrero de 1944, mil mujeres procedentes de todas las cárceles y campos de Francia llegamos a Ravensbrück [...] con sus calles negras, sus barracas verdinegras, sus techos negros, su cielo de plomo, sus innumerables cuervos atraídos por el olor a carne quemada y a cadaverina de aquellas supliciadas que, sin tregua, día y noche, salían con humareda escalofriante de los cuatro hornos crematorios”.
Esta luchadora recogió, entre otros, el testimonio de Alfonsina Bueno Vela: “Una noche cantaba La paloma; cuando veo llegar a una Aufseherin [guardiana del campo] cierro el pico. ‘Cómo me castigará’, pensé. Pero, asombrada, oí que me dice en español: ‘¡Cante, cante, mujer!’, y le pregunté cómo era que hablaba español y contestó: ‘He venido de la Argentina para ayudar a Hitler. Puede cantar La paloma’. Y yo me decía: ‘Menuda paloma estás hecha tú, ¡pingo!”.
El libreto de Olvidadas recoge revelaciones como la de Antonia Frexedes sobre Josefina González, conocida como La Maña, “a la que le dieron tal paliza que quedó alelada”. “En cuanto oía el más pequeño ruido se ponía a temblar; teníamos que mecerla y cantarla para sosegarla”.
Otro ejemplo de cómo una melodía podía ayudar a mantenerse con vida lo muestra el libro Morir por la libertad, de Eduardo Pons Prades (El Garaje Ediciones, 1995), en el que Ángeles Martínez hablaba sobre María Dolores García Echevarrieta, alias Charlie. “Fue como una madre, ayudándome a sobrevivir en aquel infierno. Una vez, cuando fui condenada a 14 días de celda de castigo, acusada de actividades clandestinas, anduvo junto a mí, sin parar de repetirme: ‘Tu encierro será duro, durísimo, pero debes salir viva. Cuanto te sientas triste, canta. ¡Canta y vivirás!’. Seguí su consejo y así pude soportar el calvario".

¿Quiénes eran estas españolas? En su mayoría, de clase humilde, aunque algunas habían desempeñado cargos durante la II República. Lo que sí compartían era la conciencia política, habían luchado contra el franquismo y luego se habían unido a la Resistencia en Francia contra el avance de Hitler. Català contaba en su libro que “había comunistas, socialistas, mujeres de la burguesía, intelectuales, aunque la mayoría procedía de capas obreras y campesinas”.

También vivió para contarlo Mercedes Núñez Targa, que escribió el libro El valor de la Memoria (Renacimiento, 2016). “Por el camino vemos casitas muy cucas con cortinas almidonadas, con flores, con niños rubios de mofletes como manzanas rojas [...] Aquellas casitas felices son los hogares de nuestros verdugos, los SS del campo; aquellos niños, los hijos de los monstruos”. Núñez se refería también a las cualidades cantoras de las presas: “Polacas, soviéticas y húngaras cantan a coro maravillosamente. Las francesas son un poco más flojitas [...]. El punto fuerte de las españolas es Constanza, que tiene una voz muy fresca y muy bien timbrada”. Ochenta años después, Ensemble Cantaderas intenta que “aquellas olvidadas dejen de estarlo gracias a la música”.
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