La contaminación de las ciudades no se arregla solo cambiando de coche
Algunas intervenciones urbanas destinadas a mejorar la calidad del aire pueden aumentar el valor de la vivienda y provocar el desplazamiento de la población vulnerable a barrios con más emisiones

Durante décadas hemos pensado que la contaminación del tráfico salía principalmente del tubo de escape. Pero esa imagen empieza a quedarse incompleta. Una parte creciente de las partículas contaminantes que respiramos en las ciudades procede también del desgaste de frenos y neumáticos, de la abrasión del asfalto o del polvo que levantan los vehículos al circular.
Esto obliga a replantear cómo abordamos la contaminación urbana. Por ejemplo, electrificar el parque móvil es una medida necesaria para reducir emisiones, pero su eficacia depende de cómo se combine con otras políticas. La evidencia científica muestra que las soluciones más efectivas no son las recetas aisladas, sino las combinaciones de medidas que reducen el tráfico motorizado, refuerzan el transporte público y recuperan espacio urbano para las personas.
En muchas ciudades, además, la calidad del aire sigue el mismo mapa que la desigualdad. Los barrios atravesados por grandes vías de tráfico, con menos zonas verdes y viviendas más expuestas suelen coincidir con los barrios donde viven las familias con menos recursos. Mientras algunos distritos disfrutan de calles más tranquilas y aire relativamente más limpio, otros concentran el tráfico, el ruido y niveles más altos de contaminación. El aire que respiramos no solo depende de las emisiones de una ciudad, también del lugar que ocupamos dentro de ella.
En algunos de estos barrios las concentraciones de contaminantes pueden ser un tercio más altas que en otras zonas de la misma ciudad. No se trata de una coincidencia. Detrás de la mala calidad del aire y del cambio climático se encuentran en gran medida las mismas emisiones, procedentes sobre todo del transporte, la energía (en gran parte la consumida en los hogares) o la industria. Esas emisiones deterioran el aire que respiramos y al mismo tiempo contribuyen al calentamiento del planeta. La forma en la que se concentran dentro de las ciudades tampoco es neutral. Es el resultado de décadas de decisiones urbanísticas, de un modelo de movilidad centrado en el coche y de desigualdades sociales que han ido moldeando el mapa de las ciudades.
Esta realidad configura lo que llamamos una triple vulnerabilidad frente a la contaminación. En primer lugar, las personas con menos recursos están más expuestas a los contaminantes. Además, tienen menos capacidad para evitar esa exposición porque viven con mayor frecuencia cerca de fuentes de contaminación, en viviendas peor acondicionadas o con menos alternativas de movilidad. A todo ello se suma que las consecuencias para su salud suelen ser más graves.
La contaminación del aire no afecta a todo el mundo por igual. Las mismas partículas finas o los mismos niveles de dióxido de nitrógeno pueden tener impactos mucho mayores en personas con enfermedades previas, con menos acceso a atención sanitaria o que viven en condiciones de mayor vulnerabilidad social.
En Europa, la mala calidad del aire sigue siendo uno de los principales riesgos ambientales para la salud. Cada año provoca cientos de miles de muertes prematuras y reduce la esperanza de vida. La exposición prolongada a contaminantes como las partículas finas o el dióxido de nitrógeno está relacionada con enfermedades respiratorias, cardiovasculares y metabólicas, además de problemas en el desarrollo infantil, mayor riesgo de prematuridad y efectos sobre la salud mental. Sus consecuencias tampoco se limitan a la salud. La contaminación incrementa el gasto sanitario, reduce la productividad y deteriora la calidad de vida en las ciudades.
Sabemos, sin embargo, que es posible reducirla. En las ciudades, el tráfico motorizado sigue siendo la principal fuente de emisiones contaminantes. Por eso cada vez más ciudades están apostando por cambios profundos en el diseño urbano y la movilidad: zonas de bajas emisiones, calles escolares sin tráfico, redes seguras para caminar o ir en bicicleta o sistemas de transporte público más eficientes. Estas medidas reducen la contaminación y al mismo tiempo mejoran la salud, fomentan la actividad física y hacen las ciudades más habitables.
Pero estas transformaciones también plantean un reto relacionado con la desigualdad. Algunas intervenciones urbanas destinadas a mejorar la calidad ambiental pueden aumentar el valor de la vivienda y provocar el desplazamiento de población vulnerable. Es lo que se conoce como gentrificación verde, cuando las mejoras ambientales terminan encareciendo el acceso a la vivienda y expulsando a quienes más se beneficiarían de ellas.
Por eso las políticas de movilidad y urbanismo deben incorporar la equidad desde el principio. Reducir la contaminación no puede significar desplazar el problema de unos barrios a otros ni dejar fuera de las soluciones a quienes tienen menos recursos. La transformación de las ciudades solo será sostenible si garantiza transporte público accesible, alternativas de movilidad asequibles y una planificación urbana que reparta de forma justa los beneficios de un aire más limpio.
Europa se encuentra además en un momento decisivo. La nueva Directiva de Calidad del Aire de la Unión Europea fija límites más estrictos para los principales contaminantes y acerca los estándares europeos a las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud. Su aplicación obligará a muchas ciudades a acelerar las medidas para mejorar la calidad del aire.
Cumplir los nuevos límites no debería ser el único objetivo. La oportunidad es mayor y pasa por repensar nuestras ciudades para que sean más saludables, habitables y justas. La cuestión no es solo cuánto aire contaminado respiramos, sino también quién lo respira más y durante cuánto tiempo. Esa realidad depende, en gran medida, de cómo decidamos diseñar nuestras ciudades.
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