Ir al contenido
_
_
_
_

Cómo se mide el mal olor: el reto ciudadano para demostrar el tufo a huevos podridos o a sopa de repollo

El aumento de la sensibilidad social contra la contaminación odorífera en España choca con la falta de regulación

Cómo medir el mal olor

Existen diferentes formas de medir el hedor de forma científica. La primera consiste en llenar una bolsa con el aire que se quiere analizar y llevarlo a alguno de los pocos laboratorios que realizan olfatometría dinámica en España, utilizando narices humanas. En estos centros, un grupo de panelistas o catadores de olores son expuestos al contenido de la bolsa, empezando por una dilución mínima, que se aumenta de forma gradual. El momento en el que al menos la mitad de las narices perciben algo determina el resultado, que da un valor estimado de la cantidad de olor de la muestra.

Como detalla Rosa Arias, ingeniera química que en el pasado trabajó en este tipo de laboratorios antes de crear su propia metodología con la firma Science for Change, este es un procedimiento estandarizado en Europa (norma UNE 13725) y empleado principalmente por empresas para saber, por ejemplo, si el aire que sale de una chimenea o de una balsa de purines cumple los niveles de olor para los que tiene autorización.

Puede incluso complementarse con un modelo matemático que simule cómo se va a propagar esa carga odorífera en los alrededores de la instalación. Sin embargo, este sistema no sirve para evaluar realmente las molestias que ese mismo tufo está ocasionando a los ciudadanos a cierta distancia. “Este método mide cuánto huele una sustancia en el punto de emisión, pero no cómo afecta luego a la gente, pues no te dice nada del tipo de olor”, comenta esta experta, que también entrena narices para aprender a identificar lo que huelen.

Movilización ciudadana

En un momento en el que crece la movilización ciudadana en España contra el olor fétido, la realidad es que no resulta tan sencillo medir este impacto y no existe prácticamente regulación para este tipo de contaminación odorífera, salvo algunas ordenanzas municipales aprobadas por ayuntamientos, no todas muy acertadas.

Para medir la incidencia de un olor pestilente en áreas habitadas se utiliza un segundo sistema, también estandarizado en Europa, que consiste en estudios de campo con gente a la que se paga para ir a oler en determinados puntos, durante 10 minutos, varias veces al día, en un periodo de seis meses o un año.

Según especifica Arias, las personas seleccionadas para este tipo de mediciones, ya sea en laboratorio o en estudios de campo, no requieren de ninguna habilidad olfativa especial. “En realidad casi todo el mundo, cerca del 90% de las personas, tienen un sentido del olfato estándar; solo hay un 5% de casos que tienen anosmia, que es que no huelen o no huelen todos los olores, y un 5% con superosmia, que es que son ultrasensibles al olor, que puede ocurrir también, por ejemplo, cuando las mujeres estamos embarazadas”, comenta la fundadora y consejera delegada de Science for Change. No obstante, aunque se usen narices corrientes, estas sí se pueden calibrar, lo que se efectúa midiendo la sensibilidad de una persona para detectar una sustancia de referencia, n-butanol. De este modo, se consigue determinar el rango olfativo de cualquier individuo para homogeneizar las mediciones.

Este tipo de estudios de campo, que pueden ser caros, resultan interesantes para algunas aplicaciones, pero siguen generando muchas dudas para evaluar el grado de molestia de los ciudadanos ante unas emanaciones fétidas. “Esta gente contratada para tomar mediciones, a veces estudiantes, se planta en un sitio durante 10 minutos, sin fijarse en las condiciones meteorológicas, y simplemente apunta si huele o no huele, para luego sacar valores promedio, pero esto no da una verdadera idea del impacto”, comenta José Cid, director técnico de Socioenginyeria.

Este especialista, que se presenta como inspector certificado de olores ambientales, defiende una metodología distinta. En lugar de muestreos estándar, él tiene en cuenta las condiciones de viento para medir el peor escenario posible y para ello se coloca en la nariz un olfatómetro de campo Nasal Ranger. Se trata de un aparato de tecnología estadounidense que permite oler diferentes diluciones del aire ambiente para graduar a partir de qué proporción se percibe el olor, de forma similar a las mediciones de olfatometría dinámica en laboratorio. No solo se puede decir si huele, sino también cuánto huele.

Este medidor importado de EE UU no está reconocido en Europa y hay expertos como Arias que rechazan su uso. Sin embargo, sí se está empleando en litigios por malos olores en España e incluso hay una ordenanza para regular la contaminación odorífera de la Diputación de Barcelona que valida su uso. “En Europa, sobre todo Holanda y Alemania, son muy reticentes con el olfatómetro de campo, porque tienen sus chiringuitos montados”, defiende Cid, que asegura que sus mediciones se han utilizado ya en 45 juicios en el país, entre ellos, el que terminó el pasado julio con una sentencia histórica del Tribunal Superior de Justicia de Galicia por la contaminación por purines del embalse de As Conchas. Un caso en el que los vecinos afectados, aparte de estar expuestos a peligrosas bacterias, pasan temporadas que no pueden ni abrir las ventanas de sus casas por el olor nauseabundo.

Menor tolerancia

“Cada vez tengo más trabajo, en 2025 se produjo una explosión”, afirma el químico ambiental. “La sociedad tolera menos que antes estas molestias, es un hecho”, incide. “Ocurre tanto en exteriores como en las propias casas, ahora ya hay vecinos que se quejan por el olorcillo de cocina del de abajo”.

A todos estos métodos, hay que añadir el creado por Rosa Arias, basado en ciencia ciudadana. Para la ingeniera química, ni las pruebas de laboratorio ni los muestreos de campo con gente externa sirven para ayudar a afectados, por ello puso en marcha otro sistema en el que solo se requiere las narices de los propios vecinos y una app, para realizar mapas de olor colaborativos. En 2023 consiguió incluso sacar adelante la estandarización en España de su metodología. “La nariz humana es el mejor sensor que existe para medir olores ambientales, nosotros lo que hacemos es entrenar a los ciudadanos para que reconozcan los olores de su entorno y puedan llegar a mapearnos”, incide Arias. En este caso, importa poco que las narices no estén calibradas, lo que se busca es que la suma de todos los olores comunicados por muchos vecinos diferentes, según la propia percepción de cada uno, permita identificar las situaciones de máximo impacto. Una de las localizaciones señaladas de forma reiterada en estos momentos es en Villanueva del Pardillo, en Madrid, supuestamente, por una fábrica de vaporización de levadura de cerveza.

La app utilizada se llama OdourCollect y permite tanto situar un olor en el mapa como clasificarlo con diferentes parámetros, como su tipología, que puede estar relacionada con un gran número de actividades. “Hay muchos olores distintos, dentro de las aguas residuales está el sulfhídrico, que es el típico olor a huevos podridos, en el ámbito industrial hay un montón de olores más químicos, como el de las papeleras o el de sopa de repollo, que son por mercaptanos”, explica la ingeniera química, que asegura que en sus trabajos con ciudadanos en España las instalaciones de residuos y de aguas residuales son las que más aparecen como origen de reclamaciones vecinales.

Paradójicamente, frente al aumento de movilizaciones ciudadanas en España por proyectos de plantas de biometano o biogás, tanto Cid como Arias coinciden en que estas instalaciones pueden reducir el mal olor si están bien hechas. “Yo soy partidario de las plantas de biometano si se hacen bien”, señala el químico ambiental. “Pero tengo la experiencia de una planta magnífica en Tarragona, La Galera, donde el ingeniero no tuvo en cuenta que este gas tiene que estar muy puro y que salía por un pequeño tubito. Mostré que se olía a kilómetros de distancia”, comenta. Una opinión que comparte la fundadora de Science for Change: “Antes lo que teníamos era un montón de emisiones difusas de biogás apestando todo el rato, así que estas plantas no deberían asustar”, señala Arias, “si no tienen un buen tratamiento, ahora lo que puede pasar es que igual a ciertos vecinos les llegue un olor más concentrado, pero sería más fácil eliminar ese olor que antes”.

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Sobre la firma

Clemente Álvarez
Es el coordinador de la sección de Clima y Medio Ambiente de EL PAÍS y está especializado en información ambiental, cambio climático y energía. Ha trabajado para distintos medios en España y EE UU, como Univision, Soitu.es, la Huella en La2 de TVE... Fue también uno de los fundadores de la revista Ballena Blanca.
Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Más información

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_