Un día de furia: el Congreso en ruinas
Con buenas razones, se temía que el nuevo Congreso sería peor que el anterior, especialmente la Cámara de Diputados: fue efectivamente lo que ocurrió el 26 de marzo, llegando a contagiar al Senado de la República

Desde hace años se viene observando en Chile un franco deterioro del debate político, especialmente en el Congreso: multiplicación de comisiones investigadoras sin destino, diputados que pululan cuando las cámaras de televisión se encienden, disfraces, declaraciones rimbombantes y un largo etcétera. Con buenas razones, se temía que el nuevo Congreso que se instaló el 11 de marzo pasado sería peor que el anterior, especialmente la Cámara de Diputados: fue efectivamente lo que ocurrió, llegando a contagiar al Senado de la República, cuya moderación hacía de la cámara alta un espacio distinto, en el que era todavía posible dialogar y llegar a acuerdos sin pasar por performances.
Pues bien, el jueves 26 de marzo fue un día de furia en ambas cámaras: en tan solo 24 horas tuvieron lugar cuatro episodios que retratan por sí solos el crispamiento de la política congresal chilena, su mediocridad, al originarse en congresistas que destacan por su histrionismo y una postura hacia la galería a veces mesiánica.
El primero de estos episodios lo protagonizó el diputado de Renovación Nacional Francisco Orrego, quien se iniciaba en la función legislativa: su debut no podía ser peor. De manera totalmente gratuita al momento de abordar el precio del kerosene doméstico (en un contexto de alzas importantes del precio de las gasolinas), Orrego inicia su intervención declarando su “vergüenza por haber tenido como presidente a Gabriel Boric por haber llegado a hacer su práctica profesional al Estado de Chile”, cuando en realidad “ni la universidad supo terminar”, vergüenza por haber tenido como ministros de hacienda a Mario Marcel y Nicolás Grau, dado el estado de las arcas fiscales que fueron heredadas por el nuevo Gobierno. Es aquí en donde se puede ver la relación entre el histrionismo de Orrego (heredado del programa tóxico Sin Filtros en el que se hizo conocido, así como buena parte de los políticos más jóvenes): el brouhaha con las bancadas de izquierdas fue de tal magnitud que no solo no se entendía la relación de la denuncia rimbombante con el proyecto que se estaba discutiendo, sino que los diputados presentes exigían al presidente de la Cámara Jorge Alessandri llamar al orden al nuevo diputado.
Es allí en donde comienza el segundo episodio. Cuando la diatriba del diputado Orrego arreciaba en intensidad, la diputada frenteamplista Emilia Schneider exigía al presidente de la Cámara “ponerse los pantalones” para llamar al orden, ante lo cual Alessandri (UDI) respondió que le había aplicado una multa a Orrego, no sin antes referirse a los pantalones: “respecto de los pantalones, no hay problema: que los venga a verificar, que están bien puestos”. Otro brouhaha se hizo presente, en medio de gritos y gestos iracundos.
Pocas horas después, en la otra cámara (alta, como se dice), comparecía el ministro de Hacienda Jorge Quiroz con su paquete de medidas para enfrentar la inédita alza del precio de los combustibles definida por el Gobierno, la que impactaba (todo el mundo político estaba de acuerdo con el perímetro del impacto de un meteorito económico) en la clase media y en los grupos más populares. El discurso gubernamental fue inicialmente muy impreciso, al sostener que el alza de los combustibles impactaba a todos por igual, lo que encendió los ánimos entre los senadores: ¿qué duda puede haber que el costo económico y subjetivo no se distribuye por igual entre los chilenos? ¿Es debatible que los chilenos con mayores ingresos tienen más espaldas que los chilenos de clase media y popular para enfrentar esta crisis? Es así como la flamante senadora socialista Daniela Cicardini, tras escuchar el planteamiento del ministro, reaccionó de modo apasionado argumentado acerca de un “sablazo al bolsillo” de los chilenos, para concluir con un “por el bien de Chile, usted, señor ministro de Hacienda, dé un paso al costado. De verdad, renuncie. Renuncie ministro”. La petición no solo era inusual, era francamente absurda: dos semanas en el cargo y ya se le pide la renuncia a un ministro, algo nunca antes visto. La presidenta del Partido Socialista y senadora Paulina Vodanovic, no dudó en dejar sin piso a su colega y compañera, al señalar que “la opinión de la diputada (sic) Cicardini no es compartida por el resto de la bancada”. El bochorno era casi completo: solo faltaba la intervención del diputado socialista Daniel Manoucheri, pareja de la senadora, quien sostuvo muy en serio que “lo positivo sería no que Cicardini se adapte al Senado, sino que el Senado se adapte a la manera en que ella hace polìtica”. Si cada senador sostuviese lo mismo…no habría Senado, solo una montonera.
El último episodio lo protagonizó el senador Ivan Flores, de la Democracia Cristiana, quien también solicitó la renuncia de una ministra, Trinidad Steinert, quien se desempeña como ministra de Seguridad. Tras una polémica en la que la ministra solicitaba el pase a retiro de un alto mando de la Policía de Investigaciones, surgieron rumores y dudas sobre las motivaciones (una rencilla personal) y la legalidad de la petición de pase a retiro. Pues bien, el senador Flores, de personalidad generalmente cauta, sugirió “que se le pida el cargo y la salida a la ministra que ha estado cometiendo un error tras otro error”. Qué duda cabe: este episodio es especialmente grotesco por la conducta de la ministra…pero de allí a solicitarle la renuncia a tan solo dos semanas de haber asumido el cargo es igualmente grotesco.
Todas estas cosas sucedieron en un mismo día, en el mismo lugar, el Congreso de Chile. Estos episodios nos hablan de un poder legislativo decadente, en donde la conducta de sus integrantes lo socavan día tras día.
La restauración del prestigio del Congreso, especialmente de la Cámara de Diputados, es imposible. El mismo dilema se observa en todas partes. La pregunta es cómo poner límites a conductas que están generando una subjetividad anti-parlamentaria en los ciudadanos, de izquierda a derecha. Para lograrlo, es fundamental que los congresistas tomen conciencia de la lógica de burbuja que los consume: esa lógica es estructural, se observa en muchos parlamentos y congresos. Lo que falta es que sus integrantes tomen conciencia del ridículo de sus conductas, y que entiendan que están siendo absorbidos por lógicas de campo que son fatales.
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