El atanor del alma
Para los antiguos griegos, la filosofía comprendía una dimensión terapéutica. Este ideal contribuyó a configurar la concepción filosófica en la Antigüedad; la de entenderla como un modo de vida, y no como una actividad puramente teorética o abstracta

¿Por qué hay escuelas? Porque hay mundo, y el mundo pide atención. Así, también, hay hogar porque la intemperie pide amparo. Hogar y hoguera comparten una raíz etimológica: ambas palabras derivan del latín focus, que se traduce por fuego o fogón. Originariamente, el hogar se refería al lugar físico donde se encendía la lumbre en la casa. En civilizaciones antiguas como Egipto, Grecia y Roma, mantener fuegos prendidos en las casas era una práctica común, necesaria y, en muchos casos, sagrada, que duraba todo el día.
En su ensayo La escuela del alma, Josep María Esquirol nos dice que “hay casa y hay escuela porque, en el amparo y en la atención, cada uno puede hacer camino y madurar, para dar fruto: más casa y más mundo”. Lo humano, señala Esquirol, está constituido por “quien ha de hacer su camino vital en el camino del mundo. Quien ha de formarse y madurar en la proximidad de los demás y en estrecha vecindad con las cosas del mundo”. La filosofía de la proximidad exige atención, y la cosecha sigue una tendencia directamente proporcional: a mayor atención hacia las cosas del mundo, mayor será la maduración del alma.
Palabras como camino, mundo y hogar remiten, ineludiblemente, al pensamiento de Martin Heidegger. El 5 de agosto de 1951, el filósofo alemán pronunció la conferencia Bauen Wohnen Denken (Construir Habitar Pensar) en la ciudad alemana de Darmstadt, en el marco de un coloquio de arquitectura celebrado bajo las ruinas de una Alemania de posguerra desolada por la destrucción de una parte importante de sus ciudades. La instancia, precisamente, buscaba abordar la escasez de viviendas, problemática acuciante de cara a la reconstrucción social, política y moral de dicho país.
Pero más allá de la contingencia, el autor de Ser y Tiempo alertó hacia el final de su ponencia que “la auténtica penuria del habitar” no estaba arraigada en la ausencia de viviendas, puesto que esta emergencia era más antigua que la propiciada por el conflicto bélico. A su juicio, la verdadera penuria consistía, más bien, “en que los mortales siempre tienen que volver a buscar la esencia del habitar, de que tienen que aprender primero a habitar“. Y es esta falta de búsqueda esencial o pérdida del habitar lo que explicaría, a ojos de Heidegger, el sentimiento generalizado de desarraigo que abate el hombre moderno.
Pero eso, habitar es construir: la intemperie del desarraigo pide que construyamos hogar. El construir, en este sentido, es ya el habitar, puesto que ser humano significa: “estar sobre la tierra como mortal, es decir, habitar”. A partir de este enlazamiento, el Heidegger tardío concibió el habitar originario del ser humano sobre lo que él denominó la Cuaternidad (Geviert), concepto que representaría la unidad esencial del mundo. Nombrar esta categoría, dice Hugo Mujica, “es escuchar que el mundo se abre, acontece, en cuatro direcciones, se despliega en el cielo y la tierra, los mortales y los dioses. El seno de estos puntos cardinales es el mundo”. Habitar, por ende, significa preservar esta cuaternidad en su esencia, cuidando la armonía entre estos cuatro elementos.
De esta forma, atendemos a nuestro ser originario (somos, dicho de otra manera), en la medida en que habitamos orientados por estos cuatro ejes. El habitar genuinamente humano, que para Heidegger es poético, es un habitar que tiene lugar desde la tierra, pero bajo el cielo; de cara a la divinidad, pero con los hombres. El “olvido del ser”, que no es sino el gran problema sobre el que gravita la obra de Heidegger, en última instancia remite “al olvido de que construir es ya habitar”. Habitar, dicho en otras palabras, comprende (y exige) una permanencia en la proximidad de las cosas y un preservar que las resguarde. Pero para que esto sea posible, resulta indispensable la atención. De allí la necesidad de escuelas que impulsen el pensar, pues a través del pensamiento el alma se abre a la proximidad del mundo que se despliega ante los párpados.
Para los antiguos griegos, la filosofía comprendía una dimensión terapéutica. En no menor medida, este ideal contribuyó a configurar la concepción filosófica en la Antigüedad; la de entenderla como un modo de vida, y no como una actividad puramente teorética o abstracta. En este sentido, la actividad filosófica sobrepasaba los deslindes del discurso filosófico, el cual, a su vez, tampoco tenía vida autónoma ni realidad independiente. No podemos, comprender (ni aproximarnos) al discurso de Sócrates escindiéndolo de su vida y de su muerte. Esto, porque la filosofía se concebía como un ejercicio espiritual. Una práctica destinada a operar una modificación en el sujeto que la practicaba. El discurso del maestro de filosofía, escribe Pierre Hadot en ¿Qué es la filosofía antigua?, “podía tomar la forma de un ejercicio espiritual, en la medida en que ese discurso era presentado de un modo tal que el discípulo (…) podía progresar espiritualmente y se transformaba en lo interior".
Pocos filósofos de la modernidad han recuperado este sentido transmutador de la praxis filosófica. Me atrevo a aseverar que uno de ellos ha sido Nietzsche. Arthur Drews (1906) sitúa al pensador del superhombre en la estela de los moralistas alemanes que va de Kant a E. von Hartmann, pues su esfuerzo habría estado, a su juicio, en enseñar al hombre su autonomía y, a partir de ella, configurar un cambio interior ¡No por nada su inspiración poética buscaba que nos hagamos llamas de fuego!
Su pretensión, como el mismo Nietzsche le escribió a su amigo Franz Overdeck el 25 de diciembre de 1882, era inventar “el artificio de los alquimistas para transformar todo este fango en oro”. Para ello se sirve de su Zaratustra, cuyos discursos hacen las veces de atanores con los cuales busca transformar las fuerzas negativas, el dolor y las experiencias destructivas en sabiduría, creatividad y afirmación de la vida. Pero para recrear el impulso a la vida y afirmar eternamente el Sí a ella, hemos de estar dispuestos a enfrentar nuestros propios fangos. Ya nos lo dice Zaratustra: “Debes estar preparado para arder en tu propio fuego: ¿cómo podrías renacer sin haberte convertido en cenizas?“.
Sin embargo, pareciera que hoy convertirse en oro no es una prioridad. Antes bien, se prefiere acumularlo, derrocharlo en los fangos internos del desarraigo o enceguecerse por su brillo, así como el Gollum de Tolkien con su Anillo. En último término, es responsabilidad individual impedir que el pantano avance, pues de lo contrario no brotarán frutos maduros. He ahí nuestro desafío: construir hogares y escuelas que cultiven una atención que dote de más mundo al mundo. Un abrir los oídos al canto secreto de su poesía.
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